Un Mandamiento Nuevo

 

Hay mucha gente en esta sociedad moderna que no está habituada a las actividades religiosas; prefieren acudir a eventos seculares y disfrutar de diversas distracciones, pero es muy escaso el tiempo que le dedican a la iglesia. ¿Dónde localizaremos la deficiencia, en la gente o en la iglesia? Debiera reiterar que la tarea primordial de la iglesia consiste en conquistar a la gente para el reino de Dios, sin embargo esta empresa resultará casi imposible a menos que cuente con ocho rasgos vitales que harán de ella una iglesia cristiana saludable.

Primeramente los cultos, eventos y programas que una iglesia saludable organice para sus miembros y visitas deben ser inspiradores. La iglesia se empeñará en practicar constantemente la evangelización; su liderazgo siempre ha de ser activo y capacitador. Su ambiente espiritual será notablemente ferviente. Por otro lado, todos sus dones espirituales estarán en acción continua. Una iglesia saludable posee una estructura sólida y a la vez, funcional. Ejerce asiduamente el ministerio de grupos pequeños y lo más importante de una iglesia cristiana saludable es que obedece felizmente el mandamiento nuevo.

Amable lector, en la Biblia el Señor Jesús declara: -“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34). Te has preguntado alguna vez, ¿qué hay de nuevo en el mandamiento nuevo? El Señor Jesús mencionó que los dos grandes mandamientos de la ley son un sumario del código divino que propone el amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:36-39). El mandamiento enuncia: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”; pero el mandamiento nuevo especifica que hay que amar como Jesús amó. El rasgo más importante de una iglesia saludable es la presencia constante del amor de Cristo en medio de todos sus miembros. La práctica de firmes y definidas relaciones afectivas entre todos los asistentes de la iglesia la vivifica emocional y espiritualmente (I Juan 4:7,8). El amor de Dios en el corazón es la tarjeta de identidad de cada cristiano. Es imposible ser cristiano si no se ama. La escritora Elena de White enseñaba que el argumento más fuerte en favor del evangelio de Jesucristo es un cristiano amoroso, cortés y bondadoso. Entonces, la meta del creyente cristiano es la de amar como el Señor amó; y ¿cómo amó Jesús?

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Respondo esta pregunta señalando que el Salvador amó, ama y siempre amará incondicionalmente. Cristo, conociendo que Judas lo traicionaría, se inclinó humildemente delante de él para lavarle sus pies. El apóstol Pedro negó a Jesús tres veces en medio de los muros del auténtico sonido del cántico del gallo, sin embargo, el Señor se anticipó a prometerle que oraría por él y lo restauraría. Los discípulos dormían en el huerto de Getsemaní en lugar de orar con el maestro. Abandonaron a Cristo en el momento cuando Él más los necesitaba, pero el redentor, después de Su resurrección, les envió un mensaje con Su ángel de que se encontraría con ellos en Galilea. Los romanos y los judíos castigaron a Jesús atrozmente durante todo el proceso judicial y particularmente cuando lo crucificaron; pero a pesar de todo aquel acerbo e implacable suplicio, el amado Mesías rogaba al Dios eterno: -“Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Hoy los hombres y las mujeres continúan traicionando al Salvador. Lo niegan y lo aborrecen en todo momento. Se complacen en maltratarlo con sus palabras soeces y actos perversos. Prefieren los placeres efímeros que este mundo ofrece y se deleitan en toda clase de inmundicia, sin embargo el amor de Cristo se mantiene fiel, puro e inalterable. Amable lector, así es como nos ama Jesús; con un amor incondicional, inmensurable y eterno. La escritura dice: -“Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo diciendo: con amor eterno te he amado por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3). La extensión de Su misericordia se puede apreciar incuestionablemente el día cuando Cristo murió en la cruz del calvario. En esa ocasión la gracia divina satisfizo las demandas de la ley eterna. La inmutable ley de Dios exigía la muerte definitiva del hombre que la transgredió, pero Jesús, el regalo de Dios, se identificó con el pecado, venciéndolo por completo y hoy, Su victoria es nuestra. “Al que no conoció pecadopor nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). ¡Cuan maravilloso es el amor de Jesús. En verdad Su amor por nosotros es puro, fiel e imperecedero.

Está claro que para amar como Jesús amó es imprescindible que Él asuma el control de nuestra vida y cuando eso suceda, amaremos como Él; además, nos deleitaremos en guardar Sus mandamientos. En la Biblia leemos: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:10). A propósito, la evidencia indiscutible de que amamos al Señor Jesús es la obediencia a Su santa palabra, particularmente, los diez mandamientos de la ley divina. Así lo manifestó cuando dijo: -“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

Amable lector, demuestre su amor a Dios obedeciendo sus mandamientos. Las escrituras confirman que el Señor hará un pacto con nosotros: -“Mas éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33). Recuerde que la ley de Dios es el carácter de Cristo expresado en palabras. Cristo es santo; la ley es santa, Él es la verdad y los mandamientos son verdaderos; Cristo es fiel y la ley es fiel; Él es eterno y Su ley es eterna. Entonces encomiende su vida al Señor Jesucristo, confíe en Él y procure cumplir con el mandamiento nuevo que propone obedecer como Jesús obedeció y  amar a sus semejantes como Él le ama. ¡Que Dios le bendiga y le guarde!

 

 

 
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