El Espíritu Santo Parte 2

 

Las escrituras exponen algunos símbolos enlazados al Espíritu Divino y a Su poder que estimo importante considerar en esta segunda parte de mi escrito. Cuando el Señor Jesús fue bautizado, el Espíritu Santo descendió como paloma sobre Él (Mateo 3:16). La paloma es símbolo de la paz y la reconciliación. El señor Jesús es el Salvador reconciliador por excelencia y el Espíritu Santo trae consigo la paz celestial al creyente.

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Amable lector, uno de los símbolos más significativos del Espíritu es el aceite. En los tiempos bíblicos los reyes y sacerdotes eran ungidos con aceite como un acto que reafirmaba la consagración y dedicación a Dios. Por otro lado, la abundancia de aceite en una familia denotaba alegría y prosperidad. Así que la unción con aceite generaba gozo (Salmos 45:7, Hebreos 1:9). Sin embargo, la falta de aceite indicaba pobreza, fracaso, tristeza y destrucción (Joel 1:10). En el relato de las diez vírgenes las doncellas fatuas no ingresaron a las bodas porque carecían de aceite. No contaban con el Espíritu de Dios. El aceite proporciona energía, luz y calor así como el Espíritu Santo nos imparte vigor espiritual, ilumina nuestra mente para comprender mejor la Biblia y nos impele a estar más cerca del cielo. 

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Otro símbolo del Espíritu es el fuego, que en la biblia, casi siempre está asociado con la presencia de Dios. Moisés, en el monte Horeb, se quitó sus sandalias delante del Todopoderoso. La columna de fuego en las noches durante la jornada del pueblo de Israel hacia Canaán y las lenguas de fuego en el día de Pentecostés confirmaron la presencia de Dios. El fuego calienta, derrite, endurece, alumbra y consume. El Espíritu Santo desvanece la frialdad espiritual, derrite el hielo de la indiferencia, fortalece al creyente consumiendo la escoria que corrompe su carácter y le alumbra el sendero correcto que lo conduce a la presencia de Dios. El fuego representa la gloria de Dios y Su presencia Protectora. Dios rodeó con fuego al ejército egipcio para proteger al pueblo de Israel. El fuego señala además, la santidad de Dios y Su eterno poder que son bendiciones que el Espíritu Santo comparte con nosotros.

El símbolo del viento (Juan 3:8) nos traslada a los días de la creación del hombre cuando Dios alentó en el ser humano el don de la vida. El Señor Jesús sopló al participar el Espíritu a Sus discípulos (Juan 20:22). Un viento recio soplaba en el día de pentecostés (Hechos 2); el viento limpia, refresca, revive e imparte energía. Un huracán tiene noventa veces más energía que la bomba de hidrógeno. El viento cuando sopla limpia todo. Recuerdo lo que ocurría cuando mis hermanas barrían el patio delantero de nuestra casa situada al pie de la montaña; ellas aguardaban el momento oportuno cuando soplaba el viento. El patio carecía de césped por lo tanto había que barrerlo bien para que luciera limpio, de modo que para lograrlo, ellas dependían de las ráfagas de viento que descendían de la montaña ya que cuando éste soplaba, limpiaba toda el área frontal de la casa. El Espíritu Santo realiza una obra de limpieza espiritual en nosotros. La palabra de Dios afirma: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

Finalmente la lluvia representa adecuadamente la obra del Espíritu. Las lluvias en los tiempos bíblicos provocaban alegría y se asociaban con las bendiciones Divinas (Joel 2:23). La lluvia se consideraba como un don de Dios y los agricultores israelitas dependían de las lluvias temprana y tardía para sus siembras y cosechas. Los profetas de Israel usaron la metáfora de las lluvias para predecir el derramamiento del poder espiritual en una medida extraordinaria sobre la iglesia.

La Biblia sostiene que el poder del Espíritu Santo descenderá sobre el creyente (Hechos 1:8). La palabra poder se deriva del vocablo griego “dúnamis” que significa dinamita – energía, fuerza. Amigos no se trata de cualquier poder; me refiero al poder de Dios. El poder que energiza, vitaliza, vigoriza y fortifica. El rey David expresó: - No quites de mí Tu Santo Espíritu. La mayor y más urgente necesidad de la iglesia hoy es la presencia del Espíritu Santo y las escrituras confirman que será derramado (Joel 2:28–29). Amables lectores oremos y roguemos a Dios continuamente por el derramamiento del1 Espíritu Santo; es nuestro mayor recurso mientras avanzamos hacia el reino de los cielos.

 

Ángel Rodríguez Medina

Evangelista | La Voz de la Esperanza

 

 
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