EL DON DE LA INMORTALIDAD

Uno de los tópicos más controversiales en el mundo religioso moderno es el tema de la inmortalidad del alma. Millones de creyentes sostienen que la inmortalidad es concedida al hombre en el momento de su deceso. A través de los siglos muchos cristianos han creído que cuando alguien fallece, se traslada de inmediato al mundo espiritual y conforme a su conducta aquí en la tierra, si la persona fue buena, entra por supuesto al cielo, a la gloria; pero si fue mala y perversa es recibida por el mismo diablo en el infierno. Debo reiterar que la palabra de Dios no cuenta con ninguna referencia que afirme que los justos reciben el don de la inmortalidad al morir y los impíos por su parte, el castigo del infierno de fuego. Las escrituras declaran que los muertos nada saben; que permanecen en estado de inconsciencia, inactivos y durmiendo hasta el día de la resurrección (Eclesiastés 9: 5 – 6, Job 14: 10 – 12,   1 Tesalonicenses 4: 14). El primero que promovió la inmortalidad fue Satanás cuando en el jardín del Edén, le sugirió a Eva que si comía de la fruta prohibida, no moriría (Génesis 3: 4). Este concepto se fortaleció durante el transcurso del tiempo hasta tornarse en una creencia pagana particularmente relevante cuya popularidad e influencia captaron la atención del cristianismo moderno.

El Ser Supremo, nuestro Dios, es inmortal; Él es la fuente de vida;  (1 Timoteo 1: 17, 6: 16 – 17). De paso, la palabra inmortalidad procede de la palabra griega ‘atanasia’ que significa sin muerte; de modo que se aplica perfectamente a Dios, quien es el único que posee inmortalidad, y jamás, al hombre. La Biblia enseña en Ezequiel 18: 4 que el alma es mortal. Hay más de mil seiscientas referencias bíblicas a la palabra alma y ninguna de ellas señala que el alma sea inmortal. Por otro lado, una de las verdades más hermosas de la Biblia es que muy pronto Dios nos otorgará el don de la inmortalidad. Este don precioso se confirmó cuando el Señor Jesús derrotó la muerte el día de Su resurrección. Amigos y amigas, la tumba que ocupó Jesús está vacía. Esta verdad es, indiscutiblemente, reconfortante y alentadora para el creyente cristiano.

En el año 59 d. C. el apóstol Pablo escribió a los cristianos de Corinto las siguientes palabras: He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?

(1 Corintios 15:51-55). Amable lector, Cristo derrotó la muerte y Su victoria hoy, es nuestra. Muy pronto se cumplirá la hermosa promesa de la esperanza bienaventurada cuando se manifieste nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo (Tito 2: 13). En ese día los hijos de Dios serán transformados; los muertos en Cristo resucitarán con cuerpos santos e inmortales. Dios se deleitará en hacer nuevas todas las cosas.  (Apocalipsis 21: 4 – 5). ¿Has reflexionado cuidadosamente en esta gran verdad? Un cielo nuevo, una tierra nueva, un cuerpo renovado por el poder de Dios con todos sus miembros nuevos.

En Mayo del año 2016 escribí un artículo para nuestra página, alusivo al regreso de Cristo, en el cual mencionaba el testimonio de Sara de la Paz, quien refiriéndose a la muerte de su hermana señalaba que había cerrado sus ojos para no abrirlos más. Esta declaración motivó a uno de nuestros lectores a escribir: -Su publicación tiene un pequeño error y es cuando se refiere a la hermana de Sara al decir: "cerró sus ojos para no abrirlos más", yo habría escrito "por ahora", o algo similar. Con todo respeto me dirijo a nuestro amigo lector para reiterarle que los ojos que abrirán los redimidos cuando el Señor Jesús regrese, no son aquellos manchados por el pecados y envejecidos por el tiempo; serán ojos nuevos e inmortales que se deleitarán en contemplar la gloria de Dios por toda la eternidad. El apóstol Juan declaró con toda certeza: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Gracias al Señor Jesús recuperaremos la semejanza Divina; seremos como es Él. Inmortales, santos, felices, hermosos y puros, llenos de amor y paz. Es mi oración hoy, que juntos acudamos a Cristo para que Su gracia salvadora nos sostenga hasta el día glorioso de Su aparición.

 

Ángel Rodríguez Medina

Director de Evangelismo

La Voz de la Esperanza

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