Tú, Yo, y La Oveja Perdida

Decía el profeta Isaías, en el capítulo cincuenta y tres y versículo seis de su libro, que todos nosotros —los seres humanos—, nos hemos descarriado como ovejas. Resulta, entonces, oportuno y provechoso revisitar aquella conocida parábola del Maestro sobre la oveja perdida. ¿Por qué se alejó del rebaño? ¿Lo hizo deliberadamente? ¿Por liviandad? ¿Buscando pastos lejanos? ¿Acaso por libertad? Seguramente había soñado con ella, con olvidarse del rebaño, del aprisco, verse libre de la mirada protectora del pastor, ir a donde quisiera y cuando quisiera. ¡Al fin, sentirse libre! 

Cuando comprendió que estaba sola, completamente sola en la noche, en medio de la nada, se sintió angustiada: que si el precipicio... que si el lobo... ¿Era esto la libertad que ella tanto había ansiado? ¿Era esto liberarse del pastor? Quiso volver a la seguridad de su querido aprisco, pero no sabía cómo. Estaba perdida. El pastor, que la había echado de menos, salió a buscarla y poco tiempo después estaba junto a ella, levantándola con emoción y cariño para cargarla sobre sus hombros y llevarla de vuelta a la seguridad del aprisco. ¡Cuán intenso y profundo el gozo del pastor! ¡Había encontrado a su oveja, la había rescatado del peligro de la muerte, la había restituido al redil! ¡Ahora eran de nuevo cien y no noventa y nueve! 

La oveja de la parábola eres tú, soy yo, amigo, amiga de La Voz. Sí, somos todos los seres humanos. Con razón, el profeta Isaías decía: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).Somos la oveja que se apartó del pastor atraída por pastos que parecían verdes y lozanos, por toda clase de tentaciones, por la abundancia de alimentos. Y nos alejamos del Señor creyendo que de esa manera alcanzaríamos la verdadera libertad. Como la oveja de la parábola, creímos haber mejorado nuestra situación y obtenido lo que considerábamos la felicidad. 

Pero poco a poco la vida fue imponiendo su tremenda realidad. Fue-ron apareciendo circunstancias con las que no contábamos. Lo que parecía oro resultó oropel, chapa, latón dorado, y nada más. Y supimos de la soledad y del vacío. Como la oveja, conocimos las tinieblas en toda su trágica densidad. Por orgullo, seguimos aparentan-do una alegría que no sentíamos, una seguridad que nos hacía temblar de miedo por dentro. Por inercia seguimos marchando, pero sin esperanza de llegar a ninguna parte. ¿Es esa todavía tu situación? ¿Te sientes como la oveja de la parábola? Si es así, abandona cualquier posición falsa que hayas sostenido hasta ahora. Jesús es el buen Pastor que te busca. Responde a su amoroso llamamiento. Él mismo dijo: “Yo soy el buen pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas” (S. Juan 10:11). 

Y eso es precisamente lo que ha hecho por ti y por mí. Dejó el cielo — llamémoslo el aprisco celestial— y vino a este lugar lleno de peligros para buscarte, para buscarme. Para hacer posible tu salvación, la mía y la de todo aquel que la aceptara, entregó su vida en el Calvario y murió en nuestro lugar. Ya ves que lo afrontó todo: persecución y muerte. De manera que, cuando él dice que es el buen pastor y que el buen pastor su vida da por las ovejas, no está teorizando; está diciendo exactamente lo que él ha hecho. 

Dice una inspirada escritora cristiana: “Como un pastor conoce sus ovejas, así el divino Pastor conoce su rebaño, esparcido por el mundo. . . Cada alma es tan plenamente conocida por Jesús como si fuera la única por la cual el Salvador murió. Las penas de cada uno conmueven su corazón. El clamor de auxilio penetra en su oído. Él vino para atraer a todos los hombres a sí. Los invita: “Seguidme” y su Espíritu obra en sus corazones. . . Jesús conoce quienes son. Sabe también quiénes oyen alegremente su llamamiento y están listos para colocarse bajo su cui-dado pastoral” (El Deseado de todas las gentes, p. 445). 

Amigo, amiga de La Voz, ya es hora de que escuches la voz del buen Pastor. ¿Qué es lo que te alejó de él? No importa lo que haya sido. Dejemos eso. El caso es que si quisieras hablar con absoluta honradez, a corazón des-cubierto, ¿verdad que dirías que no eres feliz y que tu vida necesita algo que no tiene, que sientes una intensa sed de altura, de Dios? No tengas temor alguno. Vuelve al redil, y serás feliz. Te encontrarás con tu Maestro y tu vida alcanzará una plenitud que de otra manera no logrará jamás. Te invito a abrirle al Señor tu corazón, dejando a un lado todo prejuicio o temor. Él te espera con amor. No demores. Reconoce su voz que tiernamente te invita a seguirlo.

 

Pastor Omar Grieve,

Director y Orador de La Voz de la Esperanza