La Conversión de Mi Abuela

Hace unos días estuve en la casa de mi madre y recordando memorias de nuestra familia, ella me contó la hermosa conversión de su mamá, mi abuela. Aunque ya la había escuchado numerosas veces, no dejó de tocar la fibras más intimas de mi ser. Quise incluir este testimonio exactamente como mi madre lo contó:

“Esta es la historia de una bella joven que amaba a Dios sobre todas las cosas y adoraba a la virgen María, de quien era devota. Su prometido, un joven cristiano, sincero, conocedor de la palabra de Dios y profundo defensor de las verdades bíblicas, era motivo de gran preocupación para su futura suegra, considerándolo un peligro para la fe católica de su hija. El día de la boda, la madre de Matilde la hizo jurar por la virgen y todos los santos que jamás se apartaría de la fe que ella le había inculcado desde niña. Matilde juró que nunca haría tal cosa, pero el que era ahora su esposo, Luis, permanecía firme a las verdades irrefutables que había descubierto en la palabra de Dios, transformando su vida. Su mayor anhelo era que su amada también las conociera y aceptara, pero Matilde se negaba rotundamente. ¿Cómo cometería yo tal pecado faltando al juramento que le hice a mi madre? -Se decía a si misma-.

“No se trata de cambiar de religión, le dijo Luis, sino de conocer toda la voluntad de Dios expresada en su Santo Libro”. Así pasaron los días, semanas y meses, y Matilde se mantenía firme en su posición, hasta que a los dos años, cierta noche acostados en su cama matrimonial, Luis le hace una pregunta que cambiaría el rumbo de su vida para siempre. Matilde, le dijo: ¿Qué crees tú que es la virgen María? A lo que ella respondió rápidamente: ¡la madre de Dios!Lamento decirte que estas en un error, porque Dios, no tiene madre. Si así fuera, no sería Dios. El es eterno, existió siempre dese el principio, aunque sea un misterio que no podamos comprender. La bienaventurada virgen María, fue madre de Jesús hombre, por virtud y obra del Espíritu Santo. 

Esa respuesta la sacudió grandemente, despertando su entendimiento. Comenzó a leer las escrituras, a escondidas, sintiendo la necesidad de averiguar por sus propios medios, las verdades ocultas en el Santo Libro. ¡Y vaya que si las descubrió! Verdades que nunca se imaginó que existían y que ella las había desobedecido, por ignorarlas. Pero nadie debe saber que yo ya sé todas estas cosas, se decía a sí misma. Debo seguir siendo fiel al juramento que le hice a mi madre. Y así fue como Matilde continuó yendo a la iglesia, venerando a los santos, arrodillándose ante ellos y rogándoles su protección, hasta que cierto día cuando se encontraba arrodillada frente a uno de los altares del viacrucis, que consiste en un conjunto de 14 estaciones que representan la pasión de Cristo, y que los fieles recorren una por una rezando, una retumbante voz la sorprende, diciéndole: ¡Matilde! ¡Matilde! ¿Qué haces ahí postrada ante una imagen que no ve, no oye y no puede ayudarte? ¡Levántate y sal!

Ella se levantó rápidamente y miró para todos lados, pero nadie le hablaba. Seguramente son ideas mías, pensó, así que volvió a arrodillarse y siguió rezando; pero nuevamente esa voz resonante, le volvió a repetir la misma pregunta. Sorprendida, Matilde se para y mira para todos lados, pero nadie le hablaba. Vuelve a arrodillarse y continúa sus rezos, pero la voz insistente la vuelve a llamar por tercera vez: ¡Matilde! ¿Qué haces ahí postrada ante una imagen que no ve, no oye y no puede ayudarte? Cuando tu ya sabes bien, que el segundo mandamiento de la ley de Dios, que se encuentra en Éxodo 20 dice:

“No te harás imagen de ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso…

¡Levántate y sal! Matilde se acordó del mandamiento que había leído en la Santa Biblia. Se levantó presto y al ver que no había nadie físicamente visible que le hablara, se dio cuenta que era la voz del Espíritu Santo, que la llamaba al arrepentimiento. Salió rápidamente del templo, fue a su casa en busca de su esposo Luis, quien ignoraba todo lo sucedido, escuchaba a su esposa que le decía: “Quiero bautizarme lo antes posible, con el bautismo que Jesús nos dejó como ejemplo, el cual significa la muerte del pecado y la resurrección a nueva vida, que quiero comenzar a vivirla cuanto antes”.

Luis la escuchaba atónito, y con los ojos bañados en lágrimas, apenas comenzaba a procesar lo que estaba oyendo. ¡Este es un milagro del poder de Dios! -Exclamó-Esa mujer, fue mi madre, un ejemplo de amor, fidelidad, fe, honestidad, valor, generosidad, rectitud y cristianismo. Ella fue mi inspiración y mi guía fiel hasta su muerte. Por eso espero ansiosa, muy pronto, al sonido de la final trompeta, cuando los sepulcros se abran en la segunda venida de Cristo, volverla a ver y en un abrazo de amor, decirle: ¡Gracias mamá, por haber guiado mis pasos hacia la eternidad, por el sendero de la verdad!” - Nila E. Grieve, 09/19/2015

Estoy seguro que habrá entre los lectores muchas personas que tendrán su testimonio personal sobre este tópico y especialmente lo que Cristo ha hecho en tu vida.

Pastor Omar E. Grieve - Director de La Voz de la Esperanza