
| Lección
19: Nacer de nuevo
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¡Quisiera
morir y terminar de una vez con mi vida de maldad!
--exclamó un pobre hombre después
de contarle a un amigo su triste historia.
--Nada ganarías --le dijo éste--
porque tarde o temprano tendrás
que comparecer en el juicio.
--Eso es lo que me preocupa --añadió el
pecador--. Pensar que uno deba vivir
angustiado por el pecado, luego morir
y finalmente tener que resucitar para
responder por su vida pasada...
--Pero --le dijo su amigo--, ¿estarías
dispuesto a morir ahora si pudieras renacer
como un hombre nuevo, libre de la tortura
moral, y del castigo final del pecado?
--¡Oh, sería maravilloso!
--exclamó el interrogado.
--Eso es perfectamente posible, amigo.
Lo han experimentado millones de desdichados.
También tú puedes morir
ahora para renacer a una vida nueva --afirmó su
amigo.
--¿Será posible? ¡No
puedo comprenderlo! ¡Explícamelo!
--rogó el pecador.
Pues bien, es precisamente la grandiosa
realidad del nuevo nacimiento, mencionada
en el diálogo que antecede, lo
que trataremos de explicar en esta lección,
estimado alumno.
Nacido dos veces
Sólo de
una manera puede librarse el pecador de su conflicto
moral y de su condenación. La muerte no
es la solución del problema. Lo que él
anhela es vida, una vida llena de paz y perdón.
Alguien debe librarlo de la opresión y
condenación del pecado. Debe tener la
oportunidad de comenzar de nuevo una vida mejor. |
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Lo que es nacido
de la carne, carne es; y lo que es nacido
del Espíritu, espíritu es (San
Juan 3:6). |
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...la carne
y la sangre no pueden heredar el reino de
Dios... (1 Corintios 15:50).
De manera que,
si hemos nacido sólo una vez ("de la
carne", es decir, físicamente), jamás
tendremos vida eterna, puesto que todos nacemos
pecadores por naturaleza y por lo tanto condenados
a muerte. |
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Por cuanto todos
pecaron, y están destituidos de la
gloria de Dios (Romanos 3:23).
La "muerte" mencionada
en el último versículo transcripto
no es sólo la muerte física,
natural que termina con la presente vida, sino
también y especialmente la "segunda
muerte" (Apocalipsis 20:6), la cual sufrirán
los malos en el día final con una total
destrucción de su ser: "espíritu,
alma y cuerpo". |
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La paga del
pecado es muerte... (Romanos 6:23)
El bautismo es
el símbolo bíblico de la muerte,
sepultura y resurrección de nuestro
Señor Jesucristo.
Al nacer heredamos
algo del temperamento y la personalidad y ciertos
rasgos de carácter de nuestros antepasados.
En este mundo de pecado no estaremos jamás
completamente libres de esa herencia. Además,
crecemos en un ambiente que influye sobre nosotros.
Esta naturaleza pecaminosa, heredada y acentuada
por el ambiente, está condenada a muerte.
Sí; "la paga del pecado es muerte".
¿Qué es
el nuevo nacimiento?
Uno de los ciudadanos
más sabios de Jerusalén buscó una
noche a nuestro Señor para dirigirle precisamente
esa pregunta. Parece que Nicodemo nunca antes había
oído hablar del nuevo nacimiento. Entonces
nuestro Señor le explicó: |
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De cierto, de
cierto te digo, que el que no naciere de
agua y del Espíritu, no puede entrar
en el reino de Dios (San Juan 3:5).
La expresión "nacido
de agua" evidentemente se aplica al bautismo,
mientras que "nacido del Espíritu" significa
ese cambio completo del carácter y la
personalidad que produce el Espíritu
Santo en el corazón del creyente. En
la vida de aquel que nació de nuevo,
los dos bautismos son experiencias vitales.
El bautismo de agua es visible y exterior,
pero simboliza la transformación interior
del carácter. Por eso la orden del Señor
a sus discípulos es predicar y bautizar. |
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Por tanto, id
y doctrinad a todos los Gentiles, bautizándolos
en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo (San Mateo 28:19).
¿Por qué hay
que ser bautizado?
El bautismo es un
voto público de que nos unimos con Cristo
mediante vínculos espirituales. Manifestamos
así que morimos al pecado y sepultamos nuestra
vida pecaminosa y nuestra antigua naturaleza. Confesamos
delante de Dios y de los hombres que hemos aceptado
a Jesucristo como nuestro Salvador y que hemos
renunciado a nuestros pecados pasados. |
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Cualquiera,
pues, que me confesare delante de los hombres,
le confesare yo también delante de
mí Padre que está en los cielos
(San Mateo 10:32).
Al salir del agua,
resucitamos simbólicamente para comenzar
una vida nueva, dirigida por el Espíritu
Santo. |
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¿O no
sabéis que todos los que somos bautizados
en Cristo Jesús, somos bautizados
en su muerte? Porque somos sepultados juntamente
con él a muerte por el bautismo, para
que como Cristo resucitó de los muertos
por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en novedad de vida (Romanos
6:3, 4).
El bautismo es
un rito recordativo, ordenado por Jesús
mismo antes de su ascensión. Es una
confesión pública de que Jesús
ocupó nuestro lugar para pagar por nosotros
la deuda producida por nuestro pecado. Por
medio del bautismo confesamos que, como hijos
recién nacidos en la familia de Dios,
somos incapaces de vivir como Jesús
y que, por lo tanto, dependemos de su poder
para cambiar nuestra naturaleza pecaminosa
y vivir la nueva vida que hemos emprendido.
Al resucitar de la tumba líquida --que
no es otra cosa que el bautismo--, damos testimonio
de que Jesús resucitó para vivir
su vida en nosotros. |
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Con Cristo estoy
juntamente crucificado, y vivo, no ya yo,
mas Cristo vive en mí. Y lo que ahora
vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo
de Dios, el cual me amó, y se entregó a
sí mismo por mí (Gálatas
2:20).
¿Por qué se
bautiza por inmersión?
El bautismo mecionado
por nuestro Señor en el Evangelio según
San Juan 3:3-5 implica el fin de la vida pecaminosa.
La muerte exige una sepultura. La palabra misma
bautizar significa "sumergir" o "poner debajo del
agua". Si el bautismo conmemora la muerte y resurrección
de nuestro Señor, es razonable aceptar que,
así como Cristo fue puesto en la tumba por
manos cariñosas, nosotros también
seamos sepultados en el agua, para que el símbolo
sea perfecto. Cuando un hombre muere, no se lo
sepulta esparciendo un puñado de tierra
sobre él.
Nuestro Señor ordenó el
bautismo de agua para simbolizar nuestra
ruptura completa con el pecado. Morimos
al pecado y es sepultada nuestra naturaleza
carnal. Por medio del bautismo declaramos
tener fe plena en que el Cristo crucificado
fue sepultado en nuestro favor. ¿Cómo
podría la aspersión, o rociamiento,
reemplazar el símbolo ordenado por
Cristo?
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Porque somos
sepultados juntamente con él a muerte
por el bautismo, para que como Cristo resucitó de
los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en novedad de vida (Romanos
6:4).
Nuestro Señor
fue bautizado al principio de su ministerio
terrenal. Su precursor, Juan el Bautista, bautizaba
por inmersión, en el Jordán,
a todos los que acudían a él
y se arrepentían de sus pecados. Se
necesitaba mucha agua para celebrar ese rito. |
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Y bautizaba
también Juan en Enón junto
a Salim, porque había allí muchas
aguas; y venían, y eran bautizados
(San Juan 3:23). |
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Y Jesús,
después que fue bautizado, subió luego
del agua; y los cielos le fueron abiertos,
y vio al Espíritu de Dios que descendía
como paloma, y venía sobre él
(San Mateo 3:16).
Después
de la resurreción de Jesús, los
discípulos continuaron bautizando a
los que se arrepentían de sus pecados.
El día de Pentecostés, San Pedro,
inspirado por el Espíritu de Dios, invitó a
los hombres a arrepentirse y bautizarse, como
lo había ordenado nuestro Señor
antes de su ascención. |
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Arrepentíos,
y bautícese cada uno de vosotros en
el nombre de Jesucristo para perdón
de los pecados; y recibiréis el don
del Espíritu Santo (Hechos 2:38).
Más tarde,
conducido por el Espíritu de Dios, Felipe
se dirigió hacia un lugar desierto,
donde encontró a un funcionario etíope
que leía las Escrituras mientras viajaba.
Felipe se unió al lector, y ese día,
después de estudiar con él las
Escrituras, lo bautizó. Si hubiese bastado
rociarlo con un poco de agua, Felipe podría
haber usado la que ese funcionario llevaba
en su cántaro. Pero en cambio, esperó hasta
encontrar un lugar con abundancia de agua. |
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Y yendo por
el camino, llegaron a una cierta agua, y
dijo el eunuco: He aquí agua ¿qué impide
que yo sea bautizado? Y mandó parar
el carro, y descendieron ambos al agua...
(Hechos 8:36,38).
Por lo demás
la historia de la Iglesia demuestra que los
apóstoles bautizaban por inmersión.
La misma Iglesia certifica el hecho de que
el bautismo por inmersión se practicó hasta
el siglo XII de nuestra era. Veamos algunos
testimonios:
"Durante varios
siglos después de establecerse el cristianismo,
el bautismo se administraba habitualmente por
inmersión; pero desde el siglo XII,
la práctica de bautizar por infusión
(rociamiento o aspersión) prevaleció en
la Iglesia Católica, por ofrecer menos
inconvenientes que el bautismo por inmersión" (Cardenal
Gibbons, Faith of our Fathers --La Fe
de Nuestros Padres-- págs. 304, 305).
El Cardenal Pulio,
del siglo XII, explica así el bautismo
de su época:
"Cuando el candidato
es sumergido al agua, se sugiere la muerte
de Cristo, mientras está cubierto de
agua, se recuerda la sepultura de Cristo; cuando
sale del agua, se proclama la resurreción
de Cristo" (Cardenal Pulio --Siglo XII--, Patrología
Latina, tomo CL, pág. 315).
El cambio al bautismo
por aspersión o rociamiento se hizo
después en contraposición con
la enseñanza de las Sagradas Escrituras.
Pero la aspersión no es un símbolo
adecuado para expresar nuestra muerte al pecado
así como echar un puñado de tierra
sobre un cadáver no significaría
darle sepultura.
Si queremos ser
admitidos un día en la tierra prometida,
tenemos que practicar el bautismo como Cristo
nos lo dio. Nadie puede ser sepultado con
Cristo por el bautismo si éste se administra
por aspersión.
La consagración
de nuestros hijos
En ningún
lugar de la Santa Palabra se menciona el bautismo
de los niños. El hecho mismo de que Dios
hizo de hombre un ser libre requiere que cada persona
decida libremente si quiere aceptar a Cristo o
rechazarlo. |
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Y (si) estuvieren
en medio de ella Noé, Daniel, y Job,
vivo yo, dice el Señor Jehová,
no librarán hijo, hija; ellos por
su justicia librarán su vida (Ezequiel
14:20).
Sería imposible
expresarse más claramente. Ni el padre,
ni la madre pueden con un acto, o aun toda
una vida de bondad, salvar a sus hijos. Pueden
enseñarlos en que consiste su deber,
pero los hijos deben decidir y obrar por sí mismos.
En el capítulo 28 del Evangelio según
San Mateo, Cristo nos dice que antes de ser
bautizados debemos aprender a guardar todo
lo que él ordenó (versículos
19 y 10 ). No se puede enseñar los mandamientos
de Dios a un bebé. Por eso el bautismo
de los infantes carece de valor. Si al llegar
a la edad de la compresión deciden bautizarse,
estará cumpliendo entonces el mandato
de nuestro Señor. Pero si al llegar
a esa edad resuelven apartarse de Dios, se
perderán por más que se los haya
bautizado en la infancia.
Algunos aseguran
que, si un niño muere sin ser bautizado,
no puede ir al cielo. Esa no es la enseñanza
de Cristo, ni de los apóstoles. En ninguna
parte nos presentan las Escrituras Santas el
caso de un niño bautizado. Tampoco nos
dice que los niños pequeños se
condenarán si no ha sido bautizados.
¿Qué edad
tenía nuestro Señor Jesucristo
en ocasión de su bautismo? Los evangelio,
la historia eclesiástica y catecismo
concuerdan en decirnos que tenía unos
30 años, y que fue bautizado, no en
una pila, sino en el río Jordán.
No nacemos cristianos: llegamos a serlo. No
se debe bautizar a quien aún no se da
cuenta de lo que pasa. Los padres tienen la
responsabilidad de criar a sus hijos en el
temor a Dios. Deben enseñarles fielmente
las verdades de la Palabra y darles sin cesar
el ejemplo de una vida consagrada. Pero cuando
se trata del bautismo, la decisión debe
ser tomada por el joven o la joven.
Leemos que las
madres traían sus hijitos al Señor
par que los bendijese. Los discípulos
procuraban impedir que los acercasen a Jesús,
pero él dijo: |
|
Dejad a los
niños, y no les impidáis venir
a mí; por que de los tales es el reino
de los cielos. Y habiendo puesto sobre ellos
las manos, partió de allí (San
Mateo 19:14,15).
Jesús bendijo
a los niños, pero no los bautizó.
La verdadera Iglesia de Jesucristo también
bendice a los niños pero no los bautiza
hasta que llegan a una edad en que libremente
resuelven hacerlo.
La salvación
de los niños depende en gran medida
de la experiencia de sus padres. ¡Con
qué cuidado debiéramos enseñar
a nuestros hijitos a fin de que nuestra influencia
no perjudique jamás su desarrollo espiritual!
Si la muerte arrebata a estos pequeñuelos
del lado de sus padres cristianos, Dios se
los devolverá en la vida futura. |
|
...y tu pleito
yo le pleiteare, y yo salvaré a tus
hijos (Isaías 49:25).
¿Que importancia
tiene el bautismo?
A una pregunta de
Nicodemo, nuestro Señor contestó: |
|
De cierto, de
cierto te digo, que el que no naciere de
agua y del Espíritu, no puede entrar
en el reino de Dios (San Juan 3:5).
Podríamos
considerar al bautismo como la ceremonia de
adopción en la familia de Dios. El Espíritu
transforma la vida; el agua simboliza la purificación
del pecado. Esta agua no posee en sí misma
poder de salvar; sólo representa lo
que realiza en nuestra vida la sangre de Cristo. |
|
...así como
Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a
sí mismo por ella, para santificarla
limpiándola en el lavacro del agua
por la palabra. Para presentársela
gloriosa para sí, una iglesia que
no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante;
sino que fuese santa y sin mancha (Efesios
5:25-27).
Es evidente que
por medio del bautismo renunciamos públicamente
al pecado y confesamos que hemos nacido de
nuevo en la familia de Dios.
Al bautizarnos,
somos reconocidos por los hombres y los ángeles
como miembros de la familia de la fe. De extranjeros
que éramos, llegamos a ser ciudadanos
del reino de Dios. |
|
Así que,
no sois extranjeros ni advenedizos, sino
juntamente ciudadanos con los santos, y domésticos
de Dios. Edificados sobre el fundamento de
los apóstoles y profetas, siendo la
principal piedra del ángulo Jesucristo
mismo (Efesios 2:19, 20).
Este acto nos hace
miembros del cuerpo espiritual de Cristo (Efesios
5:31). San Pedro dice: |
|
Mas vosotros
sois linaje escogido, real sacerdocio, gente
santa, pueblo adquirido, para que anunciéis
las virtudes de aquel que os ha llamado de
las tinieblas a su luz admirable (1 San Pedro
2:9).
El bautismo cumple
una orden de Cristo consignada por el Nuevo
Testamento.
¿No basta
el bautismo del Espíritu?
Jesucristo no es
un amigo secreto de nosotros, que por temor o por
vergüenza trata de ocultar su amistad. Lejos
de ello, públicamente confesó su
amor por cada uno de nosotros al morir en nuestro
lugar en la cruz del Calvario. ¿Podemos
ocultar nuestros sentimientos hacia él siendo
que él lo dio todo, públicamente,
por nosotros? Nuestro Señor dijo: |
|
Porque el que
se avergonzare de mí y de mis palabras,
de este tal el Hijo del hombre se avergonzará cuando
viniere en su gloria, y en la del Padre,
y de los santos ángeles (San Lucas
9:26).
El bautismo es
la confesión pública del cambio
producido en el corazón como resultado
de la obra realizada por el Espíritu
Santo. Si éste cumple su obra de gracia
en nuestro corazón ¿es necesario
que recibamos el bautismo "de agua"? He aquí lo
que responde nuestro Señor: |
|
Pero cuando
viniere aquel Espíritu de verdad, él
os guiará a toda verdad... (San Juan
16:13).
El Espíritu
viene a nosotros para que toda la verdad sea
parte de nuestra experiencia. El bautismo es
una verdad vital de la Palabra de Dios, y la
obra del Espíritu no será completa
mientras no nos haya inducido a confesar nuestra
fe en Jesús por medio del bautismo. |
|
Hasta que todos
lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento
del Hijo de Dios, a un varón perfecto,
a la medida de la edad de la plenitud de
Cristo (Efesios 4:13).
¿Están
perdidos los que no han sido bautizados?
¿Qué diremos
del ladrón de la cruz? No estaba bautizado
y, sin embargo, nuestro Señor le prometió un
lugar en su reino.
El bautismo consta de dos partes: una
invisible por medio de la cual el Espíritu
Santo nos da el arrepentimiento, nos induce
a la confesión y nos impulsa a renunciar
públicamente al pecado; otra visible:
el bautismo de agua.
El ladrón en la cruz demostró que
su corazón había cedido a
las instancias del Espíritu al arrepentimiento
y la confesión. Le resultaba humanamente
imposible descender de la cruz para ser
sumergido en agua en prueba de su conversión.
Pero hizo lo que podía dentro de
las circunstancias: confesó su fe
en el poder de Cristo para recibir la salvación.
Y nuestro Señor aceptó esta
confesión. Dios nunca nos pide lo
imposible. Puede ser que una persona muy
enferma no pueda bautizarse en señal
de su fe, pero, como el ladrón en
la cruz, aun los enfermos graves pueden
confesar a Jesús con sus labios
(Romanos 10:9). Y Dios, que lee los corazones,
aceptará esa confesión hecha
con fe.
¿Sigue usted plenamente a nuestro
Señor Jesucristo? ¿Inició usted
la vida nueva en Cristo confesando su nombre
por medio del bautismo? Si no lo ha hecho
todavía, ¿no es verdad que
desearía hacerlo? Nos ponemos a
sus gratas órdenes para ayudarle
a cumplir este elevado propósito.
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La Voz de la Esperanza
Derechos reservados |
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