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¿De manera
que siendo salvo por gracia ya no guarda usted
la ley de Dios?
Tal fue la pregunta que le dirigieron a un
sincero cristiano que creía poder llegar
al cielo por un camino más corto.
--Efectivatemente--respondió--, no
estoy más bajo la ley sino bajo la gracia.
--Pero, ¿qué quiere decir exactamente cuando afirma que
está bajo la gracia?
Después de un momento de reflexión contestó:
--Quiero decir que Jesús me salvó. Desde que lo hizo estoy
bajo la gracia. La ley de Dios fue clavada en la cruz, y yo ya no necesito
guardarla.
--¡Un momento!--exclamó su interlocutor--. Si usted está hoy
bajo la gracia, tiene que haber estado antes bajo la condenación, ¿no
es cierto?
--Es verdad. Yo era un pecador condenado a morir en mis pecados.
--Pero, ¿cómo podía usted estar bajo la condenación
de la ley, si Jesús le puso fin a esa ley 1.900 años antes
de que usted naciera?
--No... no sé--contestó el hombre vacilando--. Todo lo
que sé es que no estoy bajo la ley sino bajo la gracia.
Muy apreciado amigo, el solo hecho de que
tengamos gracia hoy, prueba que también
tenemos ley.
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No se atribuye
pecado no habiendo ley (Romanos 5:13).
Si la ley no existiese,
no habría violación de ella y
por consiguiente no habría pecador.
Y no habiendo pecador, no habría necesidad
de gracia.
La gracia es un
favor inmerecido
La gracia es un favor
inmerecido. Cuando nos beneficiamos con ella, somos
tratados mejor de lo que merecemos. Si el pecado
no existiera, no necesitaríamos gracia.
Nadie puede ser acusado si no ha violado la ley.
Tampoco necesita que se la haga ningún favor.
Si necesitamos la gracia es que una ley ha sido
transgredida. Sólo el transgresor necesita
misericordia y gracia de la penalidad de la ley. |
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El pecado no
se enseñoreará de vosotros;
pues no estáis bajo la ley, sino bajo
la gracia (Romanos 6:14).
El apóstol
San Pablo no dice que la ley no se enseñoreará de
nosotros. Lo que dice es que el pecado no tendrá ya
dominio en nuestra vida. Nos asegura que la
gracia nos libra de la condenación que
merecen los pecadores, es decir, el pecado
no tendrá ya dominio en nuestra vida.
Imaginemos que
un delincuente ha pasado cierto número
de años en una cárcel condenado
a cadena perpetua, y que un día el gobernador
pide al director que la traiga al preso a quien,
una vez en su presencia le dice: "Señor
X, la ley lo condena a cadena perpetua. Ha
contraído una deuda con la sociedad
que jamás podrá pagar. Pero yo,
como gobernador, lo indulto: le concedo la
gracia de cancelar su deuda. Está en
libertad".
Y ahora imaginemos
que el indultado, mientras sale de la oficina
del director, piensa: "De aquí en adelante
ya no estoy más bajo la ley. Estoy bajo
la gracia del gobernador. Puedo matar nuevamente
porque esa gracia anuló la ley que me
prohibe matar. Voy a dar muerte a la primera
persona que encuentre".
Si lo hace, será llevado
a la cárcel, comparecerá en juicio
y se lo declarará culpable de un segundo
homicidio.
Supogamos que el
juez antes de pronunciar la sentencia, se dirige
al acusado y le pregunta si tiene algo que
decir en su defensa, y éste contesta:
--"Señor
juez: no he cometido ningún mal. No
soy culpable de homicidio. Estoy bajo la gracia
del gobernador, que anuló la ley. Por
lo tanto soy inocente".
¿Qué podría
esperarse? ¿Qué el juez aceptara
ese argumento? Todo lo contrario. El juez se
volvería hacia el acusado y le diría
palabras como éstas: "Evidentemente
usted no sabe lo que es gracia. Las leyes de
este estado no pueden ser modificadas por la
gracia del gobernador. Esta puede modificar
su situación con respecto a la ley que
usted había transgredido por su crimen
anterior, pero no lo autoriza a seguir violándola.
Con su segundo crimen no sólo violó usted
la ley, sino que también canceló la
gracia del gobernador. Tendrá usted
que pagar su crimen".
Es obvio que la
gracia perdona la violación de la ley,
pero no la anula. Ni siquiera la modifica.
Dos tronos: el
de la gracia y el de la gloria
Cuando Adán
y Eva comieron del fruto del árbol, transgredieron
la ley de Dios al apropiarse de lo que se les había
prohibido. Desobedecieron a Dios. La gracia de
Dios les fue concedida después que hubieron
desobedecido. Se habían entregado a Satanás
y habían llegado a ser sus esclavos. Su
desobediencia les quitó el derecho de vivir
en el huerto de Edén y de comer del árbol
de la vida. Pero se presentó ante ellos
el futuro Salvador y les anunció su gracia.
He aquí su promesa: |
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Y enemistad
pondré entre ti y la mujer, y entre
tu simiente y la simiente suya; ésta
te herirá en la cabeza, y tu le herirás
en el calcañar (Génesis 3:15).
Por la gracia de
Dios, estos transgresores de su santa ley podían
escapar al castigo merecido aceptando la promesa
de este versículo. Leemos: |
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La gracia de
Dios que trae salvación a todos los
hombres, se manifestó (Tito 2:11).
La gracia de Dios
se manifestó para todos los hombres.
Abarca a los que vivieron antes de Cristo y
después de él. Ha estado siempre
a disposición de todos. |
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Según
el intento suyo y gracia, la cual nos es
dada en Cristo Jesús antes de los
tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9).
Leemos que Noé y
Lot estaban bajo la gracia (Génesis
6:8; 19:19). Se nos dice de Moisés que
estaba bajo la gracia (Exodo 33:17). Jeremías
declara que los israelitas estaban bajo la
gracia de Dios mientras erraban por el desierto
(Jeremías 31:1,2). David comprendía
la verdad de la salvación por gracia
(Salmo 84:11). Mil años antes de Cristo,
Salomón declaró: |
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El escarnecerá a
los escarnecedores y a los humildes dará gracia
(Proverbios 3:34).
Por la fe, todos
los que vivieron en la época del Antiguo
Testamento podrían recibir la gracia
de Dios, que había sido prometida a
Adán y Eva y a todos sus hijos. El plan
de salvación era para la antigua iglesia
tanto como lo es para la moderna. Esa gracia
se manifestó plenamente en el nacimiento
del Hijo de Dios en Belén, y fue sellada
en la cruz del Calvario. La fe en la gracia
de Dios, antes de la cruz, la hacía
accesible a todos. Nuestra fe en la gracia
revelada hace que nosotros, los que vivimos
de este lado de la cruz, participemos de ella
con todos los hijos de Dios que tuvieron fe.
Juan el Bautista declaró: |
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Pues de su plenitud
recibimos todos, gracia sobre gracia (San
Juan 1:16, versión Nácar-Colunga).
Después
que nuestro Salvador hubo sellado su gracia
en la cruz y probado en presencia de un gran
número de testigos que había
resucitado de los muertos, ascendió al
cielo para se nuestro Sumo Potífice
ante el trono de la gracia. |
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Por tanto, teniendo
un gran Ponífice, que penetró los
cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos
nuestra profesión. Porque no tenemos
un Pontífice que no se pueda compadecer
de nuestras flaquezas; mas tentado en todo
según nuestra semejanza, pero sin
pecado. Lleguémonos pues confiadamente
al trono de la gracia, para alcanzar misericordia,
y hallar gracia para el oportuno socorro
(Hebreos 4:14-17).
Cuando la obra
de la gracia haya terminado y hayan sido redimidos
todos los que quieran aceptarla, nuestro Señor
se sentará en el trono de su gloria.
El trono de gloria reemplazará al "trono
de la gracia" al producirse la "restauración
de todas las cosas". |
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Cuando el Hijo
del hombre venga en su gloria, y todos los
santos ángeles con él, entonces
se sentará sobre el trono de su gloria
(San Mateo 25:31).
La raza humana
se incorpora de nuevo a la familia de Dios
por medio de la gracia del Señor. El
hombre perdió la gloria de Dios cuando
pecó, pero el Padre en su misericorida
ofreció su gracia para devolver al hombre
la pureza y la perfección y hacer de él
su hijo santo. La gracia se manifestó cuando
entró el pecado. Cuanto mayor el pecado,
más necesaria es la gracia. |
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Cuando el pecado
creció, sobrepujó la gracia
(Romanos 5:20).
Más gracia,
más obediencia
Cierta persona llegó de
visita a cierta ciudad. Estacionó su automóvil
y se fue a pasear. Cuando volvió, encontró debajo
del limpiaparabrisas un papelito en el quel se
le informaba que debía pagar una multa.
Había dejado estacionado su automóvil
más tiempo del que permitía la ley.
Fue a ver a la persona encargada de esos asuntos
y le explicó que siendo forastero en la
gran ciudad no conocía sus leyes. Pidió que
se lo indultase. El oficial encargado de la circulación
lo interrogó un momento y le dijo:
--Usted violó las leyes de tránsito. No puedo romper esta
citación. La voy a archivar. Pasaré por alto su infracción
por esta vez. Pero si incurre en otra falta, no sólo tendrá que
pagar multa por segunda vez, sino también por la primera.
El viajero estaba bajo la gracia, pero comprendía perfectamente
que las violaciones que cometeria en el futuro anularían la gracia
y duplicarían la sanción.
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Así nosotros,
como ayudadores juntamente con él,
os exhortamos también a que no recibáis
en vano la gracia de Dios (2 Corintios 6:1).
Existe el peligro
de que abusemos de la gracia de Dios. ¿De
qué manera? Al tratar de servirnos de
ella como excusa para seguir pecando. En tal
caso la grcia no nos beneficiará
¿Oyó usted
la historia de aquel preso a quien el gobernador
quería indultar? El decreto estaba listo.
Se lo entregaron al capellán, quien
debía dárselo al indultado. Este
fue a la cárcel. Tuvo una larga conversación
con el presidiario y finalmente le preguntó: "¿Qué haría
usted si el gobernador lo indultase?" Una chispa
de odio brilló en la mirada del preso.
Con expresión dura dijo: "Iría
inmediatamente a buscar al hombre cuyo testimonio
me condenó y arreglaría cuentas
con él." Luego agregó: "Esto
no sería todo: iría buscar al
juez y le metería una bala en la cabeza".
Huelga decir que
el capellán salió de la cárcel
con el indulto en el bolsillo. Fue a ver al
gobernador y le contó lo sucedido. Este
quemó el documento. El condenado tenía
el corazón lleno de odio y no se le
podía conceder la gracia mientras no
quisiera apartarse de sus crímenes.
Seguía bajo la condenación del
pecado. |
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Gracia sea con
todos los que aman a nuestro Señor
Jesucristo en sinceridad (Efesios 6:24).
La gracia se concede
a todos los que aman sinceramente a Dios. Probamos
nuestra sinceridad por nuestras acciones y
no necesariamente por nuestras afirmaciones. |
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Si me amáis,
guardad mis mandamientos (San Juan 14:15). |
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Mas sed hacedores
de la palabra, y no tan solamente oidores,
engañándoos a vosotros mismos.
Porque si alguno oye la palabra, y no la
pone por obra, este tal es semejante al hombre
que considera en un espejo su rostro natural.
Porque se consideró a sí mismo,
y se fue, y luego se olvidó qué tal
era. Mas el que mira atentamente en la perfecta
ley, la de la libertad, y persevera en ella,
no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor
de la obra, este tal será bienaventurado
en su hecho (Santiago 1:22-25).
Nuestro Señor,
y más tarde San Pablo, tuvieron que
luchar constantemente con las creencias erróneas
de los religiosos de su tiempo, quienes sostenían
que los pecadores pueden guardar los Diez Mandamientos
externamente y ganar el cielo mediante sus
buenas obras. Los dirigentes mal informados
ponían su confianza en los ritos. El
amor fundado en la obediencia, no cabía
en el servicio que prestaban. Por eso Dios
no podía aceptarlo. Para salvarse, confiaban
en lo que podían hacer. Al hablar de
esa religión falsa, el apóstol
San Pablo declara: |
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Por las obras
de la ley ninguna carne se justificará delante
de él; porque por la ley es el conocimiento
del pecado (Romanos 3:20).
San Pablo no nos
dice aquí que la ley ha caducado. Declara,
por el contrario, que tiene por fin definir
el pecado. Nos condena, cuando hacemos lo malo.
Si no existiera, no habría norma para
la justicia ni el carácter. No sabríamos
qué es pecado. Todo lo que haríamos
sería teóricamente bueno. Tomar
el nombre de Dios en vano sería tan
bueno como leer la Biblia. La ley nos muestra
el pecado y nos dice en qué fallamos.
¿Cómo
pues podemos salvarnos de la condenación
que resulta de la desobediencia a la ley moral? |
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Siendo justificados
gratuitamente por su gracia, por la redención
que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).
Nuestro Señor
vivió una vida perfecta, y nos enseñó que
cuando el Espíritu Santo se posesiona
de nuestro corazón podemos vivir sin
pecado. La muerte de Cristo nos da la seguridad
de que podemos recibir la gracia de Cristo
para llegar a formar parte otra vez de la familia
de Dios.
Si se pudiera cambiar
la ley moral, nuestro Señor no habría
muerto por nuestros pecados. Pero esa ley es
un reflejo del perfecto carácter de
Dios, que es inmutable, de manera que nuestra
redención podrá obtenerse únicamente
por medio de Aquel que la pagó: Jesucristo.
Nuestra salvación
puede compararse a un bote, que sería
la gracia de Dios. Si queremos llegar a la
orilla de la salvación, ante todo tenemos
que subir a él. Pero irá a la
deriva si no empleamos los dos remos: la fe
y las obras. Necesitamos remar con el remo
de la fe y también con el de las obras. |
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Así también
la fe, si no tuviere obras, es muerta en
sí misma (Santiago 2:17). |
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¿Luego
deshacemos la ley por la fe? En ninguna manera;
antes establecemos la ley (Romanos 3:31). |
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Antes anuncié...,
que se arrepintiesen y se convirtiesen a
Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento
(Hechos 26:20).
Cuanto más
gracia recibamos, más perfectamente
obedeceremos. La ley de Dios no cambia: es
eterna e inmutable. Pero la gracia de Dios
que nos trajo salvación no ha cambiado.
Nos puso en armonía con los principios
morales de la ley de Dios. Por medio de la
gracia, el amor domina nuestra vida y obedecemos
la ley de Dios. Una gracia infinita porduce
un amor infinito y una obediencia plena, a
la ley de amor, que es eterna. |
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¿Pues
qué? ¿Pecaremos, porque no
estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?
En ninguna manera (Romanos 6:15). |
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No reine, pues
el pecado en vuestro cuerpo mortal, para
que le obedezcáis en sus concupiscencias
(Romanos 6:12). |
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Porque lo que
era imposible a la ley... Dios, enviando
a su Hijo... condenó al pecado...
para que la justicia de la ley fuese complida
en nosotros, que no andamos conforme a la
carne, mas conforme al Espíritu (Romanos
8:3,4).
La gracia es la
misericordia de Dios concedida a un pecador
indigno. El pecador no la merece. Pero "de
tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo unigénito, para que todo
aquel que en él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna" (San Juan 3:16).
¿Desea usted
estar bajo la gracia de Dios? Entonces permítale
que aumente su amor y le ayude a obedecer la
ley. La ley y la gracia obran en armonía
a fin de prepararnos para el cielo. Apreciado
amigo, roguemos a Dios que nos dé de
esta gracia purificadora que nos permitirá vivir
en plena armonía con la ley de Dios. |
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La Voz
de la Esperanza
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