
| Lección
9: La ley de libertad
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¿Se preguntó usted
alguna vez qué pasaría con nuestro
mundo si se pudieran cambiar las leyes de la
naturaleza? Imaginemos lo que sucedería,
por ejemplo, si dejara de funcionar la ley de
la gravitación universal. Desapareceríamos
lanzados al espacio. ¿Y qué ocurriría
si esta fuerza se duplicase o triplicase? Ni
siquiera podríamos alzar una mano. Y si
quisiéramos ponernos de pie, tampoco podríamos,
porque la presión nos aplastaría.
La razón nos dice que desde la creación del universo deben
haber existido leyes eternas y principios inmutables pare regir todas
las cosas creadas, animadas e inanimadas ya se trate del sol, la luna,
las estrellas, los planetas o hasta las cosas más pequeñas
de la creación. La ciencia ha descubierto que el átomo
es una de la cosas más perfectamente equilibradas en el universo.
Así, en su infinita pequeñez obedece fielmente las leyes
que gobierna su existencia invisible. El más mínimo cambio
de cualquiera de estas leyes físicas significaría el desastre
de nuestro mundo, y aun del universo.
Una perfección
inmutable
Si es verdad que
nuestro mundo es imperfecto, por el contrario
el sistema estelar es maravillosamente perfecto.
El astrónomo, el hombre de ciencia,
viven admirados de la perfección del
universo. Dios es su autor. Y como él
es perfecto, su obra, sus leyes, también
los son.
El bienestar eterno del universo requiere
un Creador que, habiendo formulado leyes perfectas
y eternas para su gobierno, no las modifique
nunca. Dios es ese Ser inmutable. Sus leyes
son eternas. El pone en contraste su propia
naturaleza inmutable con la variable naturaleza
humana cuando dice:
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Yo Jehová,
no me mudo (Malaquías 3:6).
Y el apóstol
Santiago realza este aspecto de la naturaleza
divina cuando aclara: |
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Toda buena dádiva
y todo don perfecto es de lo alto, que desciende
del Padre de las luces, en el cual no hay
mudanza, ni sombra de variación (Santiago
1:17).
Si Dios variara
aunque fuera en lo más mínimo,
dejaría de ser perfecto. Si sus leyes
físicas o morales, variaran en lo más
mínimo, también dejarían
de ser perfectas. En tal caso, la anarquía
reemplazaría a la ley y al orden. Eso
es precisamente lo que ha ocurrido en nuestro
planeta, donde el pecado, es decir, la rebelión
contra la ley de Dios, ha chocado con la voluntad
del Altísimo.
La Palabra de Dios
dice:
¿Quién
quisiera que Dios cambiara de naturaleza? |
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El que no ama,
no conoce a Dios; porque Dios es amor (1
San Juan 4:8).
¿Quién
quisiera odio en lugar de amor? ¿Quién
quisiera incertidumbre en vez de seguridad?
Nadie, por supuesto. Es a ese Dios de amor,
de perfección inalterable, a quien debemos
nuestra existencia.
La ley moral de
Dios también es perfecta
Nuestro Dios perfecto
no podría promulgar leyes morales que no
fuesen perfectas: |
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La ley de Jehová es
perfecta, que vuelve el alma (Salmo 19:7).
Es tan irrazonable
creer que la ley moral, reflejo del carácter
de Dios, puede ser cambiada, como lo sería
suponer que se pueden modificar las leyes de
la naturaleza. En el pasaje citado y en los
versículos que siguen se dice de la
ley de Dios que es "perfecta", "que vuelve
(o convierte) el alma", "que hace sabio al
pequeño", "que es recta". La naturaleza
y el carácter de Dios se revelan en
sus preceptos. Sólo un corazón
henchido de amor inmutable y eterno puede producir
un código de leyes tan perfecto y que
propende tan admirablemente al bienestar y
la felicidad de sus criaturas. |
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Las obras de
sus manos son verdad y juicio: fieles son
todos sus mandamientos; afirmados por siglo
de siglo, hechos en verdad y en rectitud
(Salmo 111:7).
Obedecer a la
ley de Dios equivale a ser libre
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Mas el que mire
atentamente en la perfecta fe, la de la libertad,
y persevere en ella, no siendo oidor olvidadizo,
sino hacedor de la obra, este tal será bienaventurado
en su hecho (Santiago 1:25).
¡Cuesta creer
que mientras la autoridad civil reconoce que
la obediencia a la ley es sinónimo de
libertad, haya quienes enseñen que obedecer
a la ley de Dios es una esclavitud! ¡Hablan
de un cristianismo sin ley como si se pudiese
concebir un cristiano sin fe!
Pensemos un poco: ¿Quién
es el esclavo? ¿El individuo que no
puede vivir sin drogas heroicas o el que nunca
las use? No hay duda al respecto, el que las
use. ¿Quién es libre? ¿El
que obedece a la ley o el que la transgrede?
El que la obedece. ¿De qué libertad
dispone el criminal? El que viola la ley pierde
su libertad: va a la cárcel.
En cambio, el hombre
que guarda la ley es libre. El apóstol
Santiago llama al decálogo "la perfecta
ley, que es la de la libertad" (Santiago 1:25).
Nos dice también que los violadores
de esa ley comparecerán en juicio y
serán juzgados por los principios de
ella. |
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Si en verdad
cumplís vosotros la ley real, conforme
a la Escritura: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo, bien haréis. Mas
si hacéis acepción de personas,
cometéis pecado, y sois reconvenidos
de la ley como transgresores. Porque cualquiera
que hubiere guardado toda la ley, y ofendiere
en un punto, es hecho culpado de todos. Porque
el que dijo: No cometerás adulterio,
también ha dicho; No matarás.
Ahora bien, si no hubieres cometido adulterio,
pero hubieres matado, ya eres hecho transgresor
de la ley. Así hablad, y así obrad,
como los que habéis de ser juzgados
por la ley de libertad (Santiago 2:8-12).
Una eterna ley
de amor
Cuando Dios creó al
hombre, le concedió una naturaleza inmaculada.
No había pecado en él. Todo lo que
lo rodeaba era perfecto. Sin embargo, siendo el
Señor un Dios de amor, en el deseo de que
sus criaturas le obedecieran por amor y no por
temor, les dio libertad para elegir entre el bien
y el mal. En el primer libro de la Sagrada Escritura
leemos que el hombre eligió el mal. Se volvió pecador.
Dejó de ser perfecto. La desobediencia y
la rebelión ocupan el lugar de la obediencia
inspirada en el amor. El espíritu del hombre
se contaminó. Su corazón se volvió impuro. |
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Porque habiendo
conocido a Dios, no le glorificaron como
a Dios, ni dieron gracias; antes se desvanecieron
en sus discursos, y el necio corazón
de ellos fue entenebrecido (Romanos 1:21).
La eterna ley de
Dios, escrita en un principio en el corazón
del hombre, se fue borrando a medida que transcurrían
los siglos de pecado.
Hay quienes creen
que no había ley antes del Sinaí.
En realidad se menciona su existencia cuatrocientos
años antes de esa fecha. Abrahán
vivió 125 años antes que el pueblo
hebreo fuera esclavizado en Egipto, y he aquí lo
que leemos con respecto a él: |
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Por cuanto oyó Abrahán
mi voz, y guardó mi precepto, mis
mandamientos, mis estatutos y mis leyes (Génesis
26:5).
Hablando por inspiración
divina, David nos asegura que los patriarcas
conocían la ley de Dios antes de que
existiera la nación judía. Y
sabían que esta ley es eterna. |
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Acordóse
para siempre de su alianza; de la palabra
que mandó para mil generaciones, la
cual concertó con Abrahán;
y de su juramento a Isaac. Y establecióla
a Jacob por decreto, a Israel por pacto sempiterno
(Salmo 105:8-10).
Cuando los fariseos
legalistas acusaban a nuestro Señor
de querer cambiar la ley de Dios, él
negó enérgicamente esa acusación
y declaró que los cielos y la tierra
pasarían antes de que uno solo de sus
mandamientos fuese cambiado. Notemos que el
Señor, en quien no hay sombra de variación,
asevera que no caerá ni una jota ni
un tilde de su ley. |
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No penséis
que he venido para abrogar la ley o los profetas:
no he venido para abrogar, sino a cumplir.
Porque de cierto os digo, que hasta que perezca
el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde
perecerá de la ley, hasta que todas
las cosas sean hechas. De manera que cualquiera
que infringiere uno de estos mandamientos
muy pequeños, y así enseñare
a los hombres, muy pequeño será llamado,
en el reino de los cielos. Mas cualquiera
que hiciere y enseñare, éste
será llamado grande en el reino de
los cielos (San Mateo 5:17-19).
Además,
advirtió a los creyentes de su tiempo
que, si no obedecían a la ley mejor
que los fariseos, no entrarían en el
reino de los cielos. |
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Porque os digo,
que si vuestra justicia no fuere mayor que
la de los escribas, y de los fariseos, no
entraréis en el reino de los cielos
(San Mateo 5:20).
El profeta Isaías,
por su parte, añade: |
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Y la tierra
se inficionó bajo sus moradores; porque
traspasaron las leyes, falsearon el derecho,
rompieron el pacto sempiterno (Isaías
24:5).
Este versículo
se aplica a las horas finales de la historia.
La maldición de Dios caerá sobre
un mundo transgresor de la ley y quebrantador
de la alianza eterna. Los violadores de la
ley que vivieren en los últimos días,
tampoco entrarán en el reino de los
cielos.
Nuestro Señor,
el gran libertador
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Jesucristo es
el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (Hebreos
13:8).
La Escritura enseña
claramente que Jesús, el hijo del Dios
eterno, participó en la creación
del mundo. |
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En estos postreros
días nos ha hablado por el Hijo, el
cual constituyó heredero de todo,
por el cual así mismo hizo el universo
(Hebreos 1:2).
Además, es
el autor de las leyes que gobiernan el mundo: |
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Porque por él
fueron creadas todas las cosas que están
en los cielos, y que están en la tierra,
visibles e invisibles; sean tronos, sean
dominios, sean principados, sean potestades;
todo fue creado por él y para él
(Colosénses 1:16).
El Hijo de Dios
ha sido siempre el puente entre el cielo y
la tierra. Se comunicó con la primera
pareja en el huerto de Edén. Al entrar
el pecado, les dio la promesa de un Redentor.
Se reveló a Enoc, a Noé, a Abrahán,
Isaac y Jacob. Se manifestó al antiguo
Israel cuando erraba en el desierto. Y siempre
ha sido y sigue siendo el mediador entre los
hombres y Dios. |
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En toda angustia
de ellos él fue angustiado, y el ángel
de su faz los salvó. En su amor y
en su clemencia los redimió, y los
trajo, y los levantó todos los días
del siglo (Isaías 63:9). |
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Porque bebían
de la piedra espiritual que los seguía,
y la piedra era Cristo (1 Corintios 10:4). |
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Porque ciertamente
Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo
a sí (2 Corintios 5:19).
La obediencia
inspirada en el amor
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Daré mis
leyes en el alma de ellos, y sobre el corazón
de ellos las escribiré; y seré a
ellos por Dios, y ellos me serán a
mi por pueblo (Hebreos 8:10).
La promesa de Génesis
3:15 era: "Enemistad pondré". Es decir,
Dios pondría odio hacia el pecado en
el corazón del hombre. Nuestro Señor
siempre procuró enseñarle al
hombre que su ley "es espiritual" (Romanos
7:14). Para que produzca efecto tiene que estar
en el corazón. Debe ser obedecida por
amor. El obedecerla debe ser un gozo, no una
carga. (1 San Juan 5:3). Dios es amor; por
eso, toda obediencia a Dios y a su ley debe
tener por móvil el amor. |
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Si me amáis,
guardad mis mandamientos (San Juan 1 4:1
5).
Nuestro amor a Dios
debe ser tan grande que podamos exclamar: |
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El hacer tu
voluntad, Dios mío, hazme agradado;
y tu ley está en medio de mis entrañas
(Salmo 40:8).
Por eso San Pablo
dice: |
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El amor de Cristo
nos constriñe (2 Corintios 5:14). |
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La caridad (el
amor) no hace mal al prójimo: así que,
el cumplimento de la ley es la caridad (el
amor) (Romanos 13:10).
Repetimos: únicamente
la obediencia inspirada en el amor a Dios puede
cumplir los requerimientos de la ley eterna.
La obediencia basada en el temor no tiene ningún
valor. Por lo mismo, una obediencia basada
en el egoísmo es inútil, porque
el amor, y sólo el amor es la esencia
de los mandamientos inmutables de Dios.
Cuando el joven
rico le preguntó a Cristo qué debía
hacer para heredar la vida eterna, nuestro
Señor le respondió: "Guarda los
mandamientos" (San Mateo 19:16-19). Pero si
leemos detenidamente los pasajes citados notaremos
que se refería a algo más que
a la obediencia exterior. La observancia de
la ley implica amor, pues el fundamento y el
motivo de la ley es el amor. |
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Amarás
al Señor tu Dios de todo tu corazón,
y de toda tu alma, y de toda tu mente. Este
es el primero y grande mandamiento. Y el
segundo es semejante a éste: Amarás
a tu prójimo como a ti mismo (San
Mateo 22:37-39).
Hay quienes suponen
que ésta es una doctrina del Nuevo Testamento
solamente, es decir, que el antiguo Israel
nada sabía de la obediencia por amor.
Nada más inexacto; leamos estas palabras
del Antiguo Testamento: |
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Amarás
a tu prójimo como a ti mismo: Yo Jehová (Levítico
19:18). |
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Y amarás
a Jehová tu Dios de todo tu corazón,
y de toda tu alma, y con todo tu poder (Deuteronomio
6:5).
Cuando un hombre
sirve y obedece a Dios porque lo ama, experimenta
un gozo constante. Su ley, que parecía
tan difícil de guardar, llega a ser
una ley de libertad, y es agradable obedecerla.
Cuando servimos a Dios con corazones henchidos
de amor, nuestra obediencia no es sólo
externa: surge de lo más profundo del
ser.
La ley ceremonial
Mientras los israelitas
eran esclavos en Egipto, se contaminaron del paganismo
que los rodeaba y olvidaron gran parte del conocimiento
de Dios, heredado de los patriarcas. Por eso, cuando
salieron de Egipto, el Señor vio que era
necesario repetir oralmente y por escrito los principios
de su ley eterna. Esa es la razón por la
cual Dios proclamó desde la cumbre del Sinaí la
ley, que ya estaba en el corazón de Adán,
en el principio, y a la que también Abrahán
obedeció. (Génesis 26:5). En medio
de una escena de majestad aterradora, Dios mismo
promulgó los Diez Mandamientos en presencia
de un pueblo que casi los había olvidado
por completo.
No sólo se habían olvidado de la ley moral de Dios, sino
también de muchos detalles importantes concernientes al plan de
salvación. Dios tuvo que recordárselos de una manera sencilla,
clara y, sin embargo, atractiva e interesante, para producir una impresión
profunda en el corazón de todos. Por eso Dios ordenó a
Moisés la construcción del tabernáculo, y le dio órdenes
con respecto a los servicios religiosos o ritos que allí se celebraban,
por medio de los cuales se enseñaban cada día al pueblo
de Israel, con anticipación, las grandes verdades referentes al
ministerio y a la muerte de Jesucristo, el Mesías que había
de venir.
Creemos que es necesario presentar ahora un asunto que tiene mucha relación
con el tema que estamos mencionando y que debe ser atendido para tener
un panorama completo.
Todas estas detalladas instrucciones fueron escritas en un libro y dadas
al pueblo y se las reconoció como leyes ceremoniales y ordenanzas
rituales (Deuteronomio 31:24-26).
Por medio de estas leyes ceremoniales Dios se propuso enseñar
a los hombres cómo podían recibir el perdón de sus
pecados. Tal como la maestra se vale de grabados, cuadros y dibujos para
ilustrar sus lecciones, así también el Señor se
ciñó del sistema de ritos y ceremonias pare ilustrar al
hombre las grandes verdades del plan de salvación.
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Lo cual era
figura de aquel tiempo presente, en el cual
se ofrecían presentes y sacrificios
que no podían hacer perfecto, cuanto
a la conciencia, al que servia con ellos;
consistiendo sólo en viandas y en
bebidas, y en diversos lavamientos, y ordenanzas
acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo
de la corrección (Hebreos 9:9, 10).
A menudo, antes
de ejecutar un plan urbano se hace un modelo
o maqueta del mismo, una miniatura, que da
una idea anticipada de la obra. Del mismo modo
las leyes ceremoniales fueron el modelo en
miniatura que Dios ofreció para dar
una vislumbre del plan de salvación.
Cuando este fue revelado en toda su magnitud
en la vida, el sacrificio, la muerte y la resurrección
de Jesucristo, "el tiempo de la corrección",
dicho modelo quedó descartado. Cristo,
reemplazó la representación,
que se hacía de su sacrificio mediante
el de animales. El símbolo desapareció eclipsado
por la gloriosa realidad, "el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo" (San Juan 1:29).
Los ritos, ceremonias,
lavamientos, y sacrificios que formaban parte
del ritual hebreo dejaron de tener validez
cuando nuestro Señor Jesucristo, expirando
en la cruz dijo: "Consumado es". Desde entonces
no son necesarias esas ceremonias y ritos que
prefiguraban a Cristo como Cordero de Dios.
Ahora el hombre alcanza la salvación
por Cristo.
La cruz se levantó como
un monumento de la eterna ley de amor, del
amor de Dios, demostrado y puesto en acción
por el Dios-hombre, Jesucristo. En el Calvario
se pusieron en evidencia a la vez el amor de
Dios y la perpetuidad e inmutabilidad de la
ley de libertad. Nuestro Señor pudo
decir que su obediencia podía libertar
de la esclavitud del pecado a todo aquel que
acudiera a él con fe.
El apóstol
Pablo, al mencionar esto dice: |
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De manera que
la ley nuestro ayo (maestro, guía)
fue para llevarnos a Cristo, para que fuésemos
justificados por la fe (Gálatas 3:24).
En otras palabras,
la ley en el sentido amplio de la palabra es
el medio por el cual somos guiados a Cristo.
Al reconocer nuestra pecaminosidad señalada
por la ley, el hombre levanta sus ojos y ve
a Cristo clavado en la cruz del Calvario y
dispuesto a justificarnos por la fe en su sacrificio.
Conclusión
Apreciado alumno:
Dios nos dice que debemos estar crucificados a
la mundanalidad. Nos dice que debemos estar crucificados
al pecado, que es la transgresión de la
ley moral. Pero en ninguna parte de su Palabra
nos dice que debemos estar crucificados a la ley
real, a la ley de la libertad, a los principios
morales de los Diez Mandamientos.
La alianza de fe hecha con Adán (Génesis 3:15) y renovada
varias veces en el Antiguo Testamento (Hebreos 11) prometía que
Dios pondrá un espíritu de obediencia a la ley moral en
los corazones de sus hijos. La época actual es la que fue predicha
por los profetas cuando la ley moral sería grabada como nunca
antes en el corazón de los creyentes. Es una época cuando
los hombres, impulsados por un ardiente amor a Dios y a sus semejantes,
obedecerán gozosamente a la voluntad de Dios revelada en su ley.
Dirán, llenos de gozo: "He guardado los mandamientos de mi Padre" (San
Juan 15:10).
Apreciado alumno: rogamos al cielo que la llama del amor a Dios se encienda
con toda fuerza en su corazón, que usted se sienta irresistiblemente
impulsado a obedecer su santa ley, la ley de la libertad.
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La Voz
de la Esperanza
Derechos reservados |
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