
| Lección
7: La radiotelefonía del alma
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Se
dice que cierto día, mientras paseaba
por el campo, Isaac Newton se sentó a
descansar. De repente notó que una manzana
caía al suelo.
No había nada de raro en ello, pero en
la mente del sabio se levantó esta pregunta: "¿Por
qué la manzana, cuando se desprendió del árbol,
cayó al suelo en vez de elevarse?" Las
investigaciones que realizó para resolver
este problema lo llevaron al descubrimiento de
una de las leyes eternas de la naturaleza, a
saber, la de la gravedad, o de la gravitación
universal como se la llama cuando se aplica a
los astros. Es la fuerza de atracción
que mantiene en su lugar, dentro del universo,
a los cuerpos celestes. Si no existiera, nuestro
planeta volaría en pedazos, o daría
saltos en el espacio. Aunque esa ley ha estado
obrando desde la creación del mundo, se
necesitaron milenios para descubrirla y comprenderla.
Existe otra ley aún más poderosa
que la de la gravitación
y que es igualmente universal. Es la ley de la oración. Cuando
aprendemos a aplicarla a nuestra experiencia personal, descubrimos un
poder insospechado que muda las circunstancias, resuelve los problemas
y transforma las vidas.
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Por tanto, os
digo que todo lo que orando pidiereis, creed
que lo recibiréis, y os vendrá (San
Marcos 11:24).
El contacto con
el poder divino
Quien alguna vez
haya tenido ocasión de observar a un maquinista
cuando mueve la palanca reguladora de una locomotora
habrá notado que, a medida que se libera
vapor, es decir que se abre el escape del vapor,
las grandes ruedas de la locomotora comienzan a
girar y adquirir velocidad. ¿Qué sucede? ¿Es
acaso la fuerza del maquinista la que pone al tren
en movimiento? ¿O se debe a la palanca? ¿De
dónde proviene ese poder?
La caldera de la locomotora está llena de vapor sometido a presión,
que sólo espera la ocasión de surgir con fuerza para hacer
girar las pesadas ruedas de la locomotora. No se lo puede ver ni sentir
antes de abrir la válvula correspondiente. Pero esa válvula
tampoco se puede abrir sola. Se necesita la colaboración del maquinista.
Su mano tiene que tocar la palanca.
El universo está lleno del ilimitado poder de Dios. Es invisible,
pero podemos experimentarlo. Cuando cooperamos por medio de la oración,
obra en nuestra vida. Está esperando que lo recibamos. Nos toca
a nosotros colaborar con Dios extendiendo la mano de la fe para alcanzar
la válvula de la oración. Y cuando lo hacemos, las esclusas
del cielo se abren y recibimos bendiciones hasta que sobreabundan.
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Y probadme ahora
en esto, dice Jehová de los ejércitos,
si no os abriré las ventanas de los
cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición
hasta que sobreabunde (Malaquías 3:10).
Una visita a la
sale de máquinas de una central eléctrica
es también muy instructiva. Allí se
ven los enormes generadores. Los operarios
manejan los grandes conmutadores, capaces de
dejar ciudades enteras en la oscuridad o de
poner en movimiento inmensas fábricas.
El poder está allí, pero para
que se manifieste es necesario que se establezca
el contacto por medio de esos conmutadores.
Cuando se establece el contacto surge el poder
y llega al lugar preciso donde se lo necesita,
y el hombre, por débil que sea, adquiere
poder porque está en contacto con esa
fuerza.
El ilimitado poder
de Dios es inmensamente mayor que la gravedad
o la energía eléctrica, pues éstas
son sólo débiles manifestaciones
de "su eterna potencia y divinidad" (Romanos
1:20). Pero a la grandeza de Dios, reflejada
en el universo, el hombre prefirió el
pecado, que lo separó completamente
de la invisible fuerza del Altísimo.
La oración es el conmutador que establece
el contacto para que el poder de Dios se posesione
de nuestra vida y podamos así cumplir
lo que la humanidad débil y pecaminosa
jamás podría hacer. Hablando
de la potencia de Dios, nuestro Señor
dijo: |
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Toda potestad
me es dada en el cielo y en la tierra (San
Mateo 28:18).
Dios desea que
su poder llene plenamente nuestra vida y realice
en ella las obras de gracia que de otra manera
no podrían ser realizadas. El apóstol
San Pablo nos aconseja que mantengamos constantemente
ese contacto, pues dice: |
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Orad sin cesar
(1 Tesalonicenses 5:17).
¿Qué es
orar?
Alguien ha dicho: "Orar
es abrir nuestro corazón a Dios como a un
amigo". La oración es comunión con
el cielo. Es una conversación entre Dios
y el hombre. Orar es ponerse en contacto con el
poder de Dios.
¿Cómo puedo orar sin cesar? ¿Debo estar siempre
de rodillas? ¿Es necesario que, sin interrupción, mis labios
murmuren ciertas frases de adoración o peticiones? De ninguna
manera. Pero sin duda debemos disponer de momentos particulares consagrados
a la oración, y, además, en el transcurso del día,
en diversas circunstancias, nuestro corazón puede elevarse a Dios,
tal vez durante una caminata solitaria, o en medio de la multitud, o
en el taller, en la fábrica o la oficina mientras trabajamos.
Esas cortas plegarias nos mantendrán en comunión con la
Fuente de poder que nos ayudará a cada hora del día.
Un cristiano escribió una vez: "La oración equivale a
llevar a la fuente el cántaro vacío para llenarlo". La
oración es el eslabón que nos vincula con el cielo; es
el santo y seña del corazón humilde que se aproxima a la
Majestad divina.
Algunos piensan que no pueden orar porque no saben cómo hablar
con Dios; no saben qué decir. No necesitamos un libro de oraciones
para hablar con nuestro Padre celestial. Supongamos que un amigo viniera
a hacernos una visita y se pusiera a leer un discurso en alta voz para
manifestarnos lo que desea en vez de decírnoslo sencillamente.
En tal caso le diríamos: "¡Por favor, deja ese libro y háblame!
Quiero saber lo que piensas y no lo que dice el libro".
La oración es una conversación de corazón a corazón
con Dios. Si el joven corteja a su novia leyéndole hermosos pasajes
de algún libro, ¿cuánto tiempo duraría el
idilio? O si, una vez casados, siguiesen comunicándose por medio
de un libro, ¿cuánto tiempo duraría el matrimonio?
No nos portamos así con los que amamos, ¿no es cierto?
Nuestro Señor dijo:
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Y orando, no
seáis prolijos, como los gentiles;
que piensan que por su parlería serán
oídos. No os hagáis, pues,
semejantes a ellos; porque vuestro Padre
sabe de qué cosas tenéis necesidad,
antes que vosotros le pidáis (San
Mateo 6:7, 8).
Antes que nos presentemos
ante él, Dios sabe todo lo que necesitamos.
No es necesario que se lo repitamos sin cesar. |
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Oh, Jehová,
tu me has examinado y conocido. Tú has
conocido mi sentarme y mi levantarme, has
entendido desde lejos mis pensamientos. Mi
senda y mi acostarme has rodeado, y estás
impuesto en todos mis caminos. Pues aún
no está la palabra en mi lengua, y
he aquí, oh Jehová, tú la
sabes toda (Salmo 139:1-4).
La urgencia de
nuestra necesidad y nuestra sinceridad al presentarnos
delante de Dios bastan para que él nos
responda.
Dios oye más
a nuestro corazón que a nuestros labios
cuando oramos. Nuestras palabras son tenidas
mucho menos en cuenta que la sinceridad de
nuestros sentimientos. |
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Jehová mira
no lo que el hombre mira; pues que el hombre
mira lo que está delante de sus ojos,
más Jehová mira el corazón
(1 Samuel 16:7).
Por tanto, amigo
que lee estas líneas, puede usted acudir
con toda confianza al Señor Jesús,
tal cual es, en la condición en que
se encuentre, no importa cuál sea. Si
el pecado le ha separado de Dios, restablezca
el contacto por medio de la oración.
Nuestro buen Padre celestial aguarda el regreso
de su hijo pródigo y abrirá ampliamente
sus brazos de amor para recibirle. Hay descanso
y paz para el que ore. Hablemos a Dios como
a la persona a quien más amamos. Es
nuestro Padre y nuestro Amigo. ¿Por
qué no confiar en él?
¿Cómo
orar?
Debemos dirigir nuestras
oraciones a nuestro Padre celestial. Al enseñarnos
a orar, nuestro Señor dijo: |
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Vosotros, pues,
oraréis así: Padre nuestro
que estás en los cielos (San Mateo
6:9).
También nos
enseñó a dirigir nuestras oraciones
al Padre en su nombre: |
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De cierto, de
cierto os digo, que todo cuanto pidiereis
al Padre en mi nombre, os lo dará (San
Juan 16:23).
Dios es amor. Desea
que, cuando oramos, le digamos que lo amamos.
Debemos ser agradecidos y revelar verdadero
aprecio por lo que ha hecho por nosotros, ya
sea que oremos en privado o en público. |
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Mas tú,
cuando oras, entra en tu cámara, y
cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en
secreto; y tu Padre que ve en secreto, te
recompensará en público (San
Mateo 6:6).
Hay en nuestra
vida y en nuestro corazón muchas cosas
que no podemos mencionar ni siquiera a nuestros
amigos más íntimos. Pero no necesitamos
observar la misma reserva con el Hijo de Dios.
Podemos y debemos abrirle nuestro corazón
cuando oramos a él en privado. El sabe
y comprende todo lo que experimentamos. Nuestro
gozo, nuestro amor por él, los deseos
de nuestro corazón, nuestras debilidades,
nuestros pecados, todo lo abarca su comprensión,
porque sabe todo lo que nos concierne. Simpatiza
con nosotros cuando estamos soportando una
prueba aura o sufriendo tribulación.
Y también se regocija con nuestra felicidad. |
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Porque no tenemos
un Pontífice que no se pueda compadecer
de nuestras flaquezas; mas tentado en todo
según nuestra semejanza, pero sin
pecado (Hebreos 4:15).
¿Nos domina
el temor? Oremos. Ninguna preocupación
puede ser demasiado insignificante para que
no la presentemos a Dios. Contémosle
en oración todos los problemas que nos
causan pesadumbre. Tales oraciones nos introducirán
en el círculo de su misericordia, donde
su gracia está a nuestra disposición
hasta más allá del limite extremo
de nuestras necesidades.
¿Es necesario
tener una habitación especial para orar?
El pensamiento expresado por nuestro Señor
es que podemos comunicarnos mejor con Dios
cuando nos aislamos de los demás. El
Maestro se retiraba a menudo aparte para orar.
Pero la oración privada no se limita
a una cámara secreta. La oración
es una conversación del corazón,
de manera que, cuando sea necesario, podemos
orar aun sin mover los labios. Desde el silencio
del alma los deseos de nuestro corazón
pueden dirigirse al cielo. Dondequiera que
nos encontremos podemos elevar una corta oración
hacia el oído atento de Dios.
La oración
en el hogar:
El primer hogar,
que se estableció en el huerto de Edén,
era un lugar de oración. Cuando, después
de la caída, Dios enseñó a
nuestros primeros padres a ofrecer un cordero
por su pecado, también les enseñó a
orar. El hogar vino a ser la primera iglesia.
Durante los primeros siglos solía reunirse
toda la familia para la oración cotidiana.
Esta costumbre se ha denominado el "culto de
familia". Mañana y noche, los padres
tienen la oportunidad de reunirse con sus hijos
para consagrar algunos instantes a la oración
y al estudio de la Santa Palabra. |
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Y estas palabras
que yo te mando hoy, estarán sobre
tu corazón: y las repetirás
a tus hijos, y hablarás de ellas estando
en tu casa, y andando por el camino, y al
acostarte, y cuando te levantes (Deuteronomio
6:6, 7).
El Señor
Jesús creció en un hogar donde
se observaban rigurosamente esas instrucciones.
Los hogares serán más felices,
las relaciones más dulces y los afectos
más puros donde la oración reúna
a los miembros de la familia. La oración
elevará en derredor de la familia como
una muralla de protección contra los
males de la vida. Apreciado amigo, ¿se
detiene usted un momento para orar con aquellos
a quienes ama? Si no es así, ¿por
qué no reúne al fin del día
a su familia para la oración antes de
entregarse al reposo? Entonces sus amados recibirán
las bendiciones que encierra la siguiente promesa: |
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Porque donde
están dos o tres congregados en mi
nombre, allí estoy en medio de ellos
(San Mateo 18:20).
La oración
que Dios oye
Para ser oídos
por nuestro Padre celestial debemos:
a) Orar de acuerdo con la voluntad de Dios.
Sí, debemos pedir en armonía con
la voluntad de Dios. Una oración tal siempre
será oída.
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Y esta es la
confianza que tenemos en él, que si
demandaremos alguna cosa conforme voluntad,
el nos oye (1 San Juan 5:14).
Las únicas
oraciones que Dios puede contestar son aquellas
que no son dictadas por el egoísmo,
es decir, las oraciones altruístas,
generosas, llenas de amor al prójimo. |
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Pedís,
y no recibís, porque pedís
mal, para gastar en vuestros deleites (Santiago
4:3).
Asegurémonos
de lo que es en realidad la voluntad de Dios
para nosotros. ¿Cómo podremos
saberlo? A fin de orar según la voluntad
de Dios es necesario que seamos diligentes
en el estudio de la Palabra divina, la Biblia.
Ella nos promete que tales oraciones llevarán
el sello de la aprobación del Espíritu
Santo.
San Pablo nos dice
que el Espíritu de Dios anhela de tal
manera ver que nuestras oraciones sean contestadas,
que ruega a Dios cuando nosotros oramos. No
sólo ruega por nosotros, sino que, como
conoce la voluntad de Dios respecto de nosotros,
hace suyas nuestras oraciones y las presenta
a Dios de manera que conmueven el gran corazón
del Padre. Si hemos pedido algo que no es conforme
a la voluntad de Dios, el Espíritu Santo
lo elimina de nuestra petición. Cuando
no pedimos lo que debiéramos, este poder
divino, como un gran amplificador, presenta
nuestras necesidades a Dios con fuerza indecible. ¿No
resulta maravillosamente consolador saber que
el Espíritu Santo presenta nuestras
oraciones a Dios, que nuestro Señor
intercede por nuestra causa basándose
en sus méritos, y que nuestro buen Padre
celestial nos trata con ternura? |
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El Espíritu
ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos
de pedir como conviene, no lo sabemos; sino
que el mismo Espíritu pide por nosotros
con gemidos indecibles. Mas el que escudriña
los corazones, sabe cuál es el intento
del Espíritu, porque conforme a la
voluntad de Dios, demanda por los santos
(Romanos 8:26, 27).
b) Orar con
fe
Un joven que estaba pasando por aflicciones fue
un día a ver a un creyente y le dijo: "No
creo en Dios, pero si usted cree en él,
ruéguele por mí". Es necesario
que tengamos confianza en Aquel a quien dirigimos
nuestras peticiones. Digamos a nuestro vecino
que tenemos confianza en él, y tengámosla,
veremos cuánto beneficio nos reportará esa
confianza. Creamos en Dios y veremos que su poder
infinito nos bendecirá. Las Santas Escrituras
dicen: |
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Sin fe es imposible
agradar a Dios; porque es menester que el
que a Dios se allega, crea que existe, y
que es galardonador de los que le buscan
(Hebreos 11:6).
c) Reconocer
nuestra necesidad
Nada pedimos a quienes nos rodean cuando nos
hallamos en la abundancia. Los corazones satisfechos
de sí mismos sienten muy rara vez su necesidad
de Dios. El promete sus bendiciones a quienes
sienten verdadera necesidad de su poder. |
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Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de justicia:
porque ellos serán hartos (San Mateo
5:6).
d) Abandonar
el pecado
¿
Hemos quemado alguna vez el fusible de la luz
en nuestra casa? Todo funcionaba bien, pero el
corto circuito nos dejó en la obscuridad.
El pecado también provoca un corto circuito
que interrumpe nuestra conexión con Dios. |
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Si en mi corazón
hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor
no me oyera (Salmo 66:18).
Pecar es desobedecer
la ley de Dios.
El pecado nos separa de la generosidad de Dios.
Debemos apartarnos de él. |
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El que encubre
sus pecados, no prosperará: mas el
que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia
(Proverbios 28:13).
¿Qué pediremos
en oración?
a) El perdón
de nuestros pecados.
En primer lugar debiéramos pedir el perdón
de nuestros pecados. Nuestro Señor nos enseñó a
orar diciendo: "Perdónanos nuestras deudas" (San
Mateo 6:12). Una confesión sincera a Dios
irá siempre acompañada de un perdón
completo. |
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Si confesamos
nuestros pecados, él es fiel y justo
para que nos perdone nuestros pecados, y
nos limpie de toda maldad (1 San Juan 1:9).
b) Más
fe |
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Creo, ayuda
mi incredulidad (San Marcos 9:24).
c) Sabiduría
y fuerza para conocer y hacer la voluntad de
Dios. |
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Si alguno de
vosotros tiene falta de sabiduría,
demándela a Dios, el cual da a todos
abundantemente, y no zahiere; y le será dada
(Santiago 1:5).
d) Por nuestras
necesidades materiales.
Debiéramos reconocer cuán completamente
dependemos de Dios para todo lo que necesitamos
y pedirle constantemente que nos provea lo que
es necesario. |
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Danos hoy nuestro
pan cotidiano (San Mateo 6:11).
e) Por la curación
de los enfermos. |
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La oración
de fe salvará al enfermo, y el Señor
lo levantará; y si estuviere en pecados,
le serán perdonados (Santiago 5:15).
f) Por la recepción
del Espíritu
Debemos orar a Dios que nos conceda el Espíritu
Santo. La Santa Biblia presenta este don bajo
el símbolo de lluvias que nos serán
enviadas para fertilizar nuestra vida. |
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Pedid a Jehova
lluvia en la sazón tardía:
Jehová hará relámpagos,
y os daré lluvia abundante, y hierba
en el campo a cada uno (Zacarías 10:1).
g) En toda circunstancia.
Las preocupaciones de los hijos de Dios no son
nunca demasiado insignificantes para merecer
la atención del Padre celestial. |
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No os afanéis
por cosa alguna, sino que, en todas las circunstancias,
por medio de la oración y la plegaria,
con acciones de gracias, dense a conocer
vuestras peticiones a Dios (Filipenses 4:6
VM).
Oración
es sinónimo de victoria
Un hombre profundamente
creyente en Dios, estaba a punto de morir. Uno
de sus amigos lo visitó y, al cabo de un
momento, el enfermo dijo: "Debiéramos orar".
El visitante invitó al enfermo a orar primero. "Dios
mío --dijo--, recuerdo cómo me has
guiado a lo largo del camino". Luego, en su plegaria,
abrió su corazón a Dios.
Al recordar el incidente, el visitante dijo: "No me atrevía a
mover la mano en la oscuridad, por temor a tocar a Dios". ¡Tan
maravillosa había sido la oración del moribundo!
Apreciado amigo, esta lección acerca de la oración permanecerá incompleta
mientras usted no haya experimentado en su vida que orar es mantenerse
en presencia de Dios, es ponernos nosotros, nuestra vida, nuestro espíritu
y nuestro corazón, en contacto con el Ser Divino.
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La Voz
de la Esperanza
Derechos reservados |
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