
| Lección
6: ¿Qué debo hacer para ser salvo?
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En la lista interminable
de preguntas que ha hecho el hombre y que todavía
puede hacer, hay una más importante que
todas las demás: "¿Qué debo
hacer para obtener la vida eterna?"
La vida eterna vale más que todas las riquezas de la tierra ¿Qué ganaría
un hombre si llegara a poseer todo el mundo y luego perdiera su alma?
Si perdemos la morada eterna que nuestro Señor nos fue a preparar,
lo perdemos todo, y más valdría que no hubiéramos
nacido.
La Palabra de Dios afirma que todos somos pecadores:
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Como está escrito:
No hay justo, ni aun uno... Todos pecaron,
y están destituídos de la gloria
de Dios (Romanos 3:10, 23).
Sí, nuestra
condición es desesperada; todos estamos
condenados a muerte eterna. Pero Dios nos ama.
Quiere librarnos de la esclavitud del pecado
y darnos felicidad. Preparó un plan,
el plan de salvación, gracias al cual
todos los hombres pueden salvarse si así lo
desean: |
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Porque de tal
manera amó Dios al mundo, que ha dado
a su Hijo unigénito, para que todo
aquel que en él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna (San Juan 3:16).
Jesucristo, el
Hijo de Dios, se revistió con la naturaleza
humana. Se identificó con los pecadores
y, sin embargo, vivió sin pecado. Finalmente,
llevando en sí la iniquidad del mundo,
murió en la cruz. Es "el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo" (San Juan
1:29). Es el Salvador que reconcilia a las
criaturas con el Padre celestial. Pagó el
rescate exigido por la ley violada. Somos salvados
por su vida sin pecado y por su muerte expiatoria,
y sabemos que "en ningún otro hay salud
(salvación); porque no hay otro nombre
debajo del cielo, dado a los hombres, en que
podamos ser salvos" (Hechos 4:12).
Esta lección
tiene por objeto mostrar que Dios ofrece al
hombre la salvación y qué es
lo que debe hacer para poseerla. En este asunto
intervienen dos partes: Dios y el hombre.
El don de Dios
"La gracia es un
auxilio sobrenatural que Dios nos concede por los
méritos de Jesucristo, para nuestra salvación.
Se llama sobrenatural, porque nadie puede obtenerlo
por sus propias fuerzas". |
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Porque por gracia
sois salvos por la fe; y esto no de vosotros,
pues es don de Dios. No por obras, para que
nadie se gloríe (Efesios 2:8, 9).
"Sin el socorro
de la gracia divina, no podemos concebir ni
ejecutar ninguna cosa útil para la santificación
de nuestras almas. No que seamos suficientes
de nosotros mismos --dice el apóstol--
para pensar algo como de nosotros mismos, sino
que toda nuestra suficiencia es de Dios (2
Corintios 3:5). Porque Dios es el que en vosotros
obra así el querer como el hacer, por
su buena voluntad (Filipenses 2:13). Pero a
fin de que la gracia pueda ayudarnos eficazmente,
tenemos que cooperar con ella, o por lo menos
no debemos resistirla" (Cardenal Gibbons, La
Fe de Nuestros Padres, pág. 290).
Con esto, penetramos
en el dominio de lo sublime. Es un dominio
en el que nos sentimos totalmente extraños.
San Juan resume en tres palabras la más
hermosa, la mayor y la más eterna de
todas las verdades: "Dios es amor" (1 San Juan
4:8).
Sí, Dios
nos ama. ¿Estamos desalentados, afligidos,
desesperados? Recordemos que Dios nos ama.
Nos ama con amor eterno, con amor ilimitado,
con amor constante y sincero. Conoce nuestras
preocupaciones y nuestros dolores; simpatiza
con nuestras debilidades. Nos ama. No podemos
comprender toda la misericordia, la compasión,
la paciencia, la longanimidad y la ternura
que caben en este amor. Ningún amor
humano, ni siquiera el de la madre más
tierna, puede compararse con el amor de nuestro
Padre celestial hacia cada uno de nosotros.
Importa mucho que
sepamos esto: Dios no se complace en torturar
a sus criaturas en aplastarlas con exigencias
inflexibles. Por el contrario, procura con
todo empeño sustraerlos a la sentencia
de muerte que pesa sobre ellas sin por ello
claudicar de su justicia. Dios nos ama y desea
salvarnos. En su amor desea ardientemente que
nadie perezca sino que todos puedan vivir felices
y libres. |
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En esto se mostró el
amor de Dios para con nosotros, en que Dios
envió a su Hijo unigénito al
mundo, para que vivamos por él (1
San Juan 4:9).
Pero si ha de oír
la voz de Dios, el hombre debe sentir la necesidad
de ser salvo. Debe admitir la realidad de la
afirmación bíblica: "Engañoso
es el corazón más que todas las
cosas, y perverso" (Jeremías 17:9),
y que es hijo "de ira" (Efesios 2:3) y que
está separado de Dios. Es necesario
que reconozca que por sus propias fuerzas no
puede librarse del pecado. Pero, al mismo tiempo,
tiene que recibir la revelación del
amor de Dios, por los medios especiales de
que se vale la Providencia para llevarlo a
descubrir, por un lado las perfecciones divinas
y por otro su indignidad.
Entonces, agobiado
bajo el peso de su culpabilidad, se humilla
y de todo corazón se arrepiente y suplica
a Dios --cuyo amor insondable comienza a entreverse--
que lo libre del mal.
¿Qué debo
hacer?
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Oído
esto, fueron compungidos de corazón,
y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles:
Varones hermanos, ¿qué haremos?
Y Pedro les dice: Arrepentíos, y bautícese
cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo
para perdón de los pecados; y recibiréis
el don del Espíritu Santo (Hechos
2;37, 38). |
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El que encubre
sus pecados, no prosperará: más
el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia
(Proverbios 28:13).
Dios presenta tres
condiciones pare perdonar: el arrepentimiento,
la confesión de nuestros pecados y la
aceptación de nuestro Señor
como Salvador personal.
El arrepentimiento
supone un pesar sincero y auténtico
por haber pecado. Es un movimiento que nos
impulse a desviarnos de todo lo que conocemos
como malo. El verdadero arrepentimiento es
producido por la potencia convincente del Espíritu
Santo (San Juan 16:8). Es un don gratuito de
Dios a toda alma que quiera recibirlo (Hechos
5:32). El Espíritu Santo es quien produce
esta convicción y este arrepentimiento
en todos los corazones que se entregan a su
influencia.
El verdadero arrepentimiento
nos inducirá a confesar nuestros pecados
a Dios para recibir su perdón. Así halló David
el perdón de sus pecados: |
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Confesaré,
dije, contra mi mis rebeliones a Jehová y
tú perdonaste la maldad de mi pecado
(Salmo 32:5). |
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Por tanto, si
trajeres tu presente al altar, y allí te
acordares de que tu hermano tiene algo contra
ti, deja allí tu presente delante
del altar, y vete, vuelve primero en amistad
con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu
presente. Concíliate con tu adversario
presto, entretanto que estás con él
en el camino (San Mateo 5:23-25).
Nuestra confesión
a Dios debe ser bien definida. Debemos reconocer
y especificar los pecados y faltas que hemos
cometido. En relación con nuestra confesión
a Dios, y según lo demuestran los textos
que acabamos de citar, si sabemos que hemos
ofendido a alguno en palabras o acciones, debemos
buscarlo y confesarle humildemente nuestra
falta hacia él y solicitar su perdón.
El apóstol Santiago nos recomienda: "Confesaos
vuestras faltas unos a otros, y rogad los unos
por los otros', (Santiago 5:16). Es posible
que nos hayamos apropiado de bienes que no
nos pertenecían. Debemos entonces restituirlos
(Ezequiel 33:1 5).
Cuando se acepta
al Señor Jesucristo como Salvador, se
realice este milagro: |
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De cierto, de
cierto os digo: El que oye mi palabra, y
cree al que me ha enviado, tiene vida eterna;
y no vendrá a condenación,
mas pasó de muerte a vida (San Juan
5:24).
Todo ser humano,
por naturaleza, está condenado a muerte
por la ley de Dios, porque todos pecaron. "Cualquiera
que hace pecado, traspasa también la
ley; pues el pecado es transgresión
de la ley" (1 San Juan 3:4). Pero Cristo murió en
la cruz en nuestro lugar, y desde el momento
en que lo recibimos como nuestro Salvador personal
pasamos de muerte a vida, dejamos de estar
bajo la sentencia de muerte pronunciada por
la ley de Dios y entramos en la vida eterna
recibida por la fe en Cristo.
¿Cómo
puedo saberlo?
¿Cómo
puedo saber que mis pecados han sido perdonados? |
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Si confesamos
nuestros pecados, él es fiel y justo
para que nos perdone nuestros pecados, y
nos limpie de toda maldad (1 San Juan 1:9).
Sabemos que nuestros
pecados han sido perdonados cuando hemos cumplido
las tres condiciones exigidas: el arrepentimiento,
la confesión especifica a Dios de la
falta, y la fe en Jesucristo como nuestro Salvador
personal. Una vez que hemos cumplido con estas
condiciones, podemos confiar en las promesas
de Dios. Nuestros pecados están perdonados
y podemos agradecer al Señor ese perdón
completo y gratuito.
Cuando hacemos
nuestra parte, Dios siempre hace la suya. Tan
ciertamente como que hemos confesado nuestros
pecados, Dios nos ha perdonado. Cuando nos
postramos delante de Dios para confesar nuestras
faltas, debemos, una vez hecho, agradecer a
Dios por habernos perdonado.
No basta una confesión
de labios. Debe haber ciertos sentimientos
que inspirar dicha confesión:
a) Dolor por el
pecado cometido: "Por tanto denunciaré mi
maldad; congojaréme por mi pecado" (Salmo
38:18).
b) Arrepentimiento: "Y Pedro les dice: Arrepentíos, y bautícese
cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón
de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos
2:38).
c) La voluntad de renunciar al pecado: "El que encubre sus pecados,
no prosperará: mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia" (Proverbios
28:13).
d) La resolución de reparar el mal cometido: "Habla a los hijos
de Israel: El hombre o la mujer que cometiere alguno de los pecados
de los hombres, haciendo prevaricación contra Jehová,
y delinquiere aquella persona; confesarán su pecado que cometieron,
y compensarán su ofensa enteramente, y añadirán
su quinto sobre ello, y lo darán a aquél contra quien
pecaron" (Números 5:6, 7).
"Y diciendo yo al impío: De cierto morirás; si él
se volviere de su pecado, e hiciere juicio y justicia, si el impío
restituyere la prenda, devolviere lo que hubiere robado, caminare en
las ordenanzas de la vida, no haciendo iniquidad, vivirá ciertamente
y no morirá" (Ezequiel 33:14, 15).
e) Estar dispuesto a perdonar a quienes nos hayan ofendido: "Porque
si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también
a vosotros vuestro Padre celestial. Mas si no perdonareis a los hombres
sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (San
Mateo 6:14, 15).
¿Cómo
y a quién debemos confesar nuestros pecados?
Si he pecado contra
mi Dios, y contra mi hermano, ¿qué debo
hacer, según nuestro Señor Jesucristo
y sus santos apóstoles? El apóstol
Santiago declara: |
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Confesaos vuestras
faltas unos a otros, y rogad los unos por
los otros, pare que seáis sanos (Santiago
5:16).
Los unos por los
otros... ¿He calumniado a mi hermano? ¿Le
defraudé? Mi deber es ir a él
y decirle: "Hermano, pequé contra ti
Lo lamento. ¿Quieres perdonarme?" No
sería lógico ni justo que le
pagáramos a la compañía
de teléfonos nuestra cuenta con la zapatería.
El mismo principio debe obrar en la confesión
de nuestras faltas. No debemos confesarle a
Pedro nuestra ofensa a Juan. Y si mi pecado
concierne solamente a Dios, en el secreto de
mi cámara diré:
Padre celestial,
pequé contra ti. Perdóname en el
nombre de mi Salvador.
La admirable oración
de nuestro Señor pone en nuestros labios
estas palabras: |
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Perdónanos
nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores (San Mateo
6:12).
Unicamente el que
fue ofendido puede perdonar la ofensa. Los
apóstoles Santiago, San Juan y San Mateo
concuerdan en esta cuestión, y sabemos
que el Espíritu Santo de Dios los inspiró.
Los creyentes,
como seres humanos, son susceptibles de ofenderse
unos a otros, de herirse el uno al otro, de
pecar el uno contra el otro; pero deben confesarse
mutuamente sus faltas, luego confesarlas a
Dios e implorar su perdón por los méritos
de nuestro Señor Jesucristo.
Recordemos la historia
de Simón el Mago, que se cuenta en el
libro de Los Hechos. Estuvo dispuesto a entregar
una gran suma de dinero pare recibir el Espíritu
Santo con el fin de realizar por su medio milagros
y prodigios. Dijo a los apóstoles: |
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Dadme también
a mí esta potestad, que a cualquiera
que pusiere las manos encima,reciba el Espíritu
Santo (Hechos 8:19).
Pero el apóstol
San Pedro lo reprendió diciéndole: |
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Arrepiéntete
pues de esta maldad, y ruega a Dios, si quizás
te será perdonado el pensamiento de
tu corazón (Hechos 8:22).
Notemos que San
Pedro no invitó a Simón a que
se confesara a él, sino que le dijo: "Ruega
a Dios". Es que San Pedro sabia, como lo sabemos
nosotros, que: |
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Hay un Dios,
asimismo un mediador entre Dios y los hombres,
Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5).
De regreso en
la familia de Dios
Llegar a ser cristiano
no es tan complicado como Satanás quisiera
hacernos creer. Nuestro Señor dijo: |
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De cierto os
digo, que si no os volviereis, y fuereis
como niños, no entraréis en
el reino de Dios (San Mateo 18:3).
La filosofía,
la teología o la ciencia no pueden transformar
a nadie en cristiano. Lo único que puede
realizar este milagro es una fe sencilla y
plena en nuestro Señor, la misma fe
que los hijos tienen en sus padres. Sin esta
confianza perfecta, sin esta disposición
de seguir a Cristo doquiera nos conduzca, no
podremos entrar en el cielo. Pero esta fe sencilla
y esta obediencia gozosa están al alcance
de todos.
Nuestro Señor
ilustró, en la parábola del hijo
pródigo, la acogida que da nuestro Padre
celestial al pecador arrepentido. Recordamos
que el joven pródigo dejó de
sentirse a gusto en la casa paterna y se fue
no importándole que así quebrantaba
el corazón de su padre. Pronto había
disipado su dinero y perdido sus amigos y lo
encontramos cuidando cerdos. Leamos la conmovedora
historia, tal como la cuenta San Lucas en el
capítulo 15 de su Evangelio, versículos
11 al 16: |
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Un hombre tenía
dos hijos; y el menor de ellos dijo a su
padre: Padre, dame la parte de la hacienda
que me pertenece: y les repartió la
hacienda. Y no muchos días después,
juntándolo todo el hijo menor, partió lejos
a una provincia apartada; y allí desperdició su
hacienda viviendo perdidamente. Y cuando
todo lo hubo malgastado, vino una grande
hambre en aquella provincia, y comenzóle
a faltar. Y fue y se llegó a uno de
los ciudadanos de aquella tierra, el cual
le envió a su hacienda para que apacentase
los puercos. Y deseaba henchir su vientre
de las algarobas que comían los puercos;
mas nadie se las daba (San Lucas 15:11-16).
Cuando el hijo
pródigo se vio forzado a reconocer que
había fracasado, tomó una decisión: |
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Me levantaré,
e iré a mi padre, y le diré:
Padre he pecado contra el cielo, y contra
tí (San Lucas 15:18).
Durante mucho tiempo
el padre había aguardado el retorno
de su hijo. Pero un día, de regreso
a la casa y aunque todavía lejos, "violo
su padre". Este corrió al encuentro
del hijo y lo estrechó en sus brazos.
No empleó tiempo para contar los años
perdidos, el dinero dilapidado, y ni siquiera
le preguntó adónde había
ido ni lo que había hecho. Lo importante
para él era que su hijo había
regresado. Y cuando el joven comenzó a
confesar su indignidad, el padre le ahorró el
fin del relato. Y sin más, ordenó que
se le vistiese con el manto más hermoso
a fin de que supiese cuánto lo amaba
y cuán feliz lo hacía su regreso.
De esta manera acoge Dios a sus hijos extraviados
cuando regresan a la morada celestial.
En cuanto un pecador
enmienda sus caminos y dirige sus pasos hacia
el Salvador, es acogido en el cielo. Es verdad
que se presenta con harapos, en una condición
de completa desnudez espiritual, pero cuando
reconoce su miseria y necesidad, nuestro Señor
se adelanta para recibirlo. Cubre al pecador
culpable con el manto de justicia. Nuestro
Padre Celestial se siente aún más
deseoso de perdonarnos y de darnos la bienvenida
entre los redimidos que el padre del pródigo
de recibir a su hijo descarriado.
Dios nos ha justificado.
El pasado ha quedado borrado. Nuestro admirable
Salvador nos libró de la maldición
del pecado y de la condenación de la
ley. ¿Qué haremos con el presente
y con el porvenir?
Debemos llevar
los frutos de una vida nueva. El viejo hombre
que estaba en nosotros ha muerto. La nueva
criatura va creciendo, se desarrolla y lleva
los frutos del Espíritu. |
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Más el
fruto del Espíritu es: caridad, gozo,
paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza: contra tales cosas
no hay ley (Gálatas 5:22,23).
El proceso de la
santificación debe seguir a la justificación
de nuestro pasado. Se efectúa mediante
el Espíritu Santo. Mientras que la justificación
es obra de un momento, la santificación
es gradual. Comienza con la conversión
del pecador, pero debe proseguir, y de hecho
abarca toda la vida del creyente. Según
las Santas Escrituras, la santificación
comprende tres factores:
a)
Renunciar al pecado
b) Consagrarse a Dios
c) Obedecer a Dios
Al perdonarnos
los pecados, Dios no nos dispensa de la obediencia
a su ley. Como lo hace notar la Palabra de
Dios, "no los oidores de la ley son justos
para con Dios, mas los hacedores de la ley
serán justificados" (Romanos 2:13).
Obedeceremos la
ley de Dios, no para ser salvos, sino porque
somos salvos por el sacrificio de nuestra Salvador.
Apreciado amigo, ¿no
siente usted que esta nueva vida a la que Dios
lo llama es exactamente lo que usted desea? ¡Cuán
importante es aceptarle hoy! Y es muy fácil.
Escuche lo que la Palabra de Dios le dice sobre
el particular: |
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Dos hombres
subieron al templo a orar: el uno fariseo,
el otro publicano. El fariseo en pie, oraba
consigo de esta manera: Dios, te doy gracias,
que no soy como los otros hombres, ladrones,
injustos, adúlteros, ni aun como este
publicano; ayuno dos veces a la semana, doy
diezmos de todo lo que poseo. Mas el publicano
estando lejos, no quería ni aun alzar
los ojos al cielo, sino que hería
su pecho, diciendo: Dios, sé propicio
a mí pecador. Os digo que éste
descendió a su casa justificado antes
que el otro; porque culaquiera que se ensalza,
será humillado; y el que se humilla,
será ensalzado (San Lucas 18:10-14).
En las siguientes
lecciones se irán presentado los distintos
pasos que usted debe seguir para alcanzar la
santificación. A primera vista ésto
parece difícil o tal vez imposible de
alcanzar, pero mediante la ayuda divina y el
estudio de la Palabra inspirada verá que
es posible y fácil.
¿Desea usted
obtener la paz con Dios hoy mismo? Eleve entonces
a Dios su oración humilde y sincera,
y esta paz será suya. Acéptela
con una fe sencilla, infantil, y dé gracias
al Señor porque se la dio. Apártese
de sus pecados, y Dios le dará fuerzas
para resistir la tentación. |
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No os ha tomado
tentación, sino humana: mas fiel es
Dios, que no os dejará ser tentados
más de lo que podéis llevar;
antes dará juntamente con la tentación
la salida, para que podáis aguantar
(1 Corintios 10:13). |
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La Voz
de la Esperanza
Derechos reservados |
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