Con
esta lección llegamos al fin de nuestro curso. En los
temas ya tratados hemos expuesto los elementos básicos
para la formación de un hogar feliz. Nuestra intención
fue
brindar un material práctico y provechoso para toda la familiatanto padres
como hijosincluyendo a quienes aún no han formado su propio
hogar.
Hemos señalado la posesión de un hogar feliz como
la meta máxima que puedan alcanzar los miembros de una
familia. Sin embargo, ¿puede una persona alcanzar felicidad plena,
por más que posea un hogar bien establecido? ¿No existe acaso en el hombre normal
un ansia de una dicha mayor y perdurable? Sí, todos la tenemos. Continuamente
soñamos con un mundo mejor, con
una vida más grata, sin dolor, ni chascos, ni maldad. Si alguna vez se produjera
tal clase de vida, entonces sí todos los hogares
gozarían de una alegría sin límite.
Ansias del hogar
En cumplimiento de sus deberes profesionales, un
joven padre debió realizar su primer viaje al extranjero, donde
permaneció por espacio de un mes. Al cabo de ese tiempo el deseo de regresar
al hogar era irresistible. Soñaba con el momento dichoso de volver a ver a su
esposa y a sus hijos, especialmente a la hijita nacida
en los días de su ausencia. Por fin llegó el día. Unas pocas horas de vuelo,
y en el aeropuerto se encontraría con su querida familia. Las formalidades de
rigor parecían interminables:
certificado de vacuna, policía, aduana. ¿Cómo estarían
sus amados? ¿Sobre todo, cómo sería la nena? Por fin llegó el anhelado
momento de la reunión. ¡Abrazos,
besos, emociones! ¡Que sensación más dichosa: estar todos nuevamente en casa,
mientras el papá sostenía en sus
brazos a su hermosa hijita recién nacida!
Como este buen padre ansiaba llegar a su hogar,
existe
en el corazón humano el íntimo anhelo de llegar a un destino feliz, a lo que
podría llamar el hogar imperecedero, o el reino eterno que Dios ha prometido
a sus hijos. Y tan arraigado está este sentimiento universal, que de millones
de corazones brota cada día
la expresión del Padrenuestro: "Venga tu reino". Es decir, el cristiano
no sólo cree en el futuro establecimiento de un hogar perfecto e inmarcesible
sino que también ruega al Altísimo que lo establezca
en breve.
Cada vez que observamos la maldad de nuestro
tiempo;
cada vez que el vicio, la corrupción y el egoísmo hacen naufragar la felicidad
humana, vuelve a agitarse en el alma ese noble anhelo de vivir una vida mejor
en un mundo mejor.
Una casa en rebelión
En las páginas bíblicas del Génesis
leemos que en un principio Dios creó perfecto al hombre. Lo hizo a su divina
imagen y semejanza. No había en él nada de objetable.
Junto a Eva, Adán disfrutaba de dicha plena en el hogar que el Creador
les había dado. Allí todo era armonía y perfección. Y mientras ambos siguieran
las instrucciones del Hacedor, retendrían
su condición de pureza y felicidad.
Pero el hombre, que había sido creado con libre
albedrío, con capacidad para elegir y decidir por sí mismo, desgraciadamente
escogió el mal camino. Desobedeció las indicaciones precisas de soportar
las inexorables consecuencias de
su caída. Y hasta hoy, tantos siglos más tarde, el hombre
continúa incurriendo en rebelión contra el Creador. Todos, por las tendencias
heredadas y la influencia del ambiente circundante,
seguimos repitiendoen mayor o menor gradola desobediencia de la
primera pareja humana.
Adán y Eva estaban llamados a vivir eternamente,
sin dolor ni enfermedad. Tal era el propósito de Dios para ellos. Pero debido
a su caída, pronto debieron soportar el debilitamiento
moral y físico, que a la postre los llevó a la muerte. Y esta misma es la suerte
actual de todos los vivientes.
Nuestro mundo se ha convertido en una extraña
combinación de hospital, lazareto, cárcel, campo de batalla
y cementerio. La belleza y perfección originales de nuestro planeta
había dado paso a tanta bajeza y perversión, que hoy no sabemos
cómo remediar este cáncer moral que nos aflige. Y a todo este cuadro descorazonador
se suma la indeleble rúbrica de la muerte, como el fin ineludible del hombre.
Ante esta realidad, aun
los mejores hogares ven empañada su felicidad si no poseen la esperanza de que
finalmente el mal desaparecerá y el bien nuevamente reinará en la tierra.
La suprema esperanza
No hay razón para desmayar. La maldad humana y sus consecuencias
están llamadas a desaparecer. Una dorada esperanza se cierne sobre la tierra.
El propio Creador, dolorido con el actual orden de
cosas, nos promete "cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la
justicia" (2 S. Pedro 3:13). Un hogar perfecto, de dicha suprema: tal
es la gloriosa perspectiva que nos presenta Dios.
Sí, a pesar de todo, nuestro destino no es morir,
sino VIVIR. ¡Y vivir eternamente en un hogar! Y para asegurarnos tan luminoso
destino,
Dios vino al mundo en la persona de Jesucristo. "De tal manera amó Dios
al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel
que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (S. Juan 3:16). La
presencia de Jesús entre los hombres fue y sigue siendo la mayor
garantía de que Dios cumplirá su promesa de darnos un hogar imperecedero. El
nacimiento milagroso del niño de Belén fue
la clara manifestación de que Dios acudía en auxilio del hombre desvalido, con
el propósito de redimirlo para darle un nuevo
Edén. Y con su vida inmaculada, durante 33 años el Hijo de
Dios señaló "el camino" de retorno a la perfección
original.
Pero si su vida nos asombra, su muerte nos conmueve
sobremanera. Y es
en esa hora culminante de su crucifixión cuando revela su infinita medida de
amor y de sacrificio en nuestro favor. La muerte que nosotros
merecíamosa causa de nuestras maldadesla sufrió voluntariamente él.
Sólo su amor divino hacia nosotros puede explicar tal demostración de renunciamiento.
Por eso todavía la cruz permanece como símbolo indiscutido del amor insondable
de Dios.
Vislumbres del hogar perenne
Poco antes de que Jesús ascendiera de regreso
a su trono celestial, declaró: "No se turbe vuestro corazón;
creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay;
si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.
Y si me fuere y os aparejare
lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros
también estéis" (S. Juan 14:1-3).
Con estas palabras, unidas a las muchas otras
expresadas
por él mismo, Jesús revela su firme propósito de prepararnos "moradas" y
un "lugar" en su reino. Y añade que regresará a la tierra para llevarnos
con él (si somos fieles y justos), a fin de que podamos habitar en sus mansiones
de gloria. Entonces realizaremos
el viaje espacial más espectacular de la historia, y "asícomo dice
San Pabloestaremos siempre con el Señor" (1 Tesalonicenses 4:17).
Frente a semejante perspectiva, surge naturalmente
la pregunta: ¿Cuándo ocurrirá esto y cuándo regresará Jesús? Esta es exactamente
la pregunta que una vez le formularon
los discípulos al Maestro. Y su respuesta la encontramos registrada
en el capítulo 24 de San Mateo y en otros pasajes de los Evangelios.
Allí Jesús habla de las señales anunciadoras de su segunda venida
a la tierra, "con poder y gran gloria". Es decir, de los hechos que
ocurrirían inmediatamente antes de su retorno. Y
lo asombroso es que dichas "señales" se están cumpliendo en nuestros
propios días, delante de nuestros ojos. Exactamente
como el Maestro lo había predicho.
Esto nos indica 1) que la promesa del regreso
es
verdadera, y 2) que estamos apenas a un paso del día feliz cuando la promesa
se cumplirá. Echemos una mirada al mundo en sus aspectos
moral, social, político, religioso y económico. Y la crisis que observemos nos
dirá en lenguaje elocuente que "un poquito, y
el que ha de venir vendrá, y no tardará" (Hebreos 10:37).
Sí, estamos cerca del hogar imperecedero. Lo creamos
o lo dudemos, el Señor volverá. Y cuando entremos en ese hogar, descubriremos
que allí todo es perfecto. Las bellezas serán tantas y tan sublimes que pensando
en ellas una vez San Pablo declaró: "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó,
ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los
que le aman" (1 Corintios
2:9). Allí no sólo desaparecerán la angustia, la enfermedad y la muerte, sino
que los redimidos volverán a reunirse con sus seres amados separados por la muerte,
para vivir unidos por siempre jamás. Padres, madres, hermanos, hermanas, hijos,
volverán a estar juntos
en medio de una felicidad inextinguible.
Comprobaremos que ese hogar es real, material,
tangible.
No es la nube flotante ocupada por ángeles tocando el arpa, con
que la imaginación humana a menudo representa la patria de los salvados. No,
el hogar imperecedero tendrá suelo firme: calles de oro y fundamentos de piedras
preciosas. Sus moradores "edificarán casas, y morarán
en ellas; plantarán viñas y comerán el fruto de ellas" (Isaías 65:21). Y
en las dilatadas praderas de la tierra nueva no
habrá desierto, ni animales feroces, ni plagas, ni espinas, ni hojas secas
que hablen de muerte. Un jardín eternamente florido y una
mansión de gloria nos esperan en breve. ¿Quién podrá despreciar un obsequio
de tal magnitud?
¿Estamos preparados?
Nuestro hogar aquí en la tierra no es más que el aula donde aprendemos a preparamos
para el otro hogar: el imperecedero,
el celestial. La vida, la muerte, la resurrección y la pronta venida del Salvador
nos aseguran la herencia de dicho hogar, si confiamos en Dios y le obedecemos.
De ahí que San Pedro nos aconseja: "Oh amados, estando en espera de estas
cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles,
en paz" (2 S. Pedro 3:14)
¿Hacia donde va mi hogar?
¿Existe entre los miembros de mi familia el deseo de morar
en el hogar imperecedero?
¿Valoro lo que Dios hizo y sigue haciendo para
asegurarnos
dicho hogar?
¿Inculco en mis hijos el amor y la obediencia
a Dios,
como la mejor manera de prepararse para el hogar celestial?
¿Reconozco que Jesús volverá pronto a
la tierra? ¿Se prepara mi familia para la llegada de ese día?
¿Vivo "sin mancha e irreprensible" delante
de Dios y de los
hombres? ¿Qué puedo esperar de este mundo si no me preparo para el mundo mejor
que Dios prometió?
Cuando llegue la hora final de la historia humana
y se abran las puertas
del hogar perenne, se cumplirán estas palabras:
"El gran conflicto ha terminado. Ya no hay
más
pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma
pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De Aquel que todo
lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda
la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el
mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza
sin mácula y en júbilo
perfecto, que Dios es amor" (E. G. White,
El Conflicto de los Siglos,
pág.
737).