Los
arduos problemas de la sociedad moderna guardan una íntima
relación con los problemas que se viven en el seno
del hogar. Si hubiera mejores hogares, ¿no cree Ud.
que viviríamos en un mundo mejor? De ahí que la necesidad
más apremiante del momento actual sea la de construir
mejores hogares, donde padres e hijos puedan convivir
en un clima de armonía, y de donde parta una influencia
elevadora para el bien de la humanidad. Esta es la
razón que nos ha movido a preparar este curso por correspondencia,
que hoy ponemos cordialmente en sus manos, con los
mejores deseos para Ud. y sus seres amados.
A lo largo de las diez lecciones del curso iremos
abordando aspectos prácticos y valiosos para la felicidad familiar, tales como
la armonía y la felicidad conyugal, la intimidad del matrimonio, cómo desarrollar
el amor, cómo educar a los hijos, cómo tratar al hijo rebelde, las finanzas de
la casa, la salud de la familia y muchísimos otros temas relativos al quehacer
del hogar. En suma, todos los elementos indispensables para forjar y retener
la dicha del núcleo familiar.
Si Ud. no ha formado aún su hogar, descubrirá en
estas lecciones una orientación práctica que lo conducirá hacia la felicidad.
Y si Ud. ya contrajo matrimonio, le aconsejamos que igualmente estudie este material,
el que luego podrá utilizar cuando necesite ayudar a sus hijos de edad casadera.
La felicidad de toda la vida puede depender apenas
de un acto de elección, cuando un joven le declara su amor a una joven, o cuando
ella lo acepta o rechaza. ¿Es entonces importante saber elegir, o no? En el momento
en que se elige el compañero de la vida, se decide el éxito o el fracaso de dos
vidas, su gozo o su desdicha. Por lo tanto, ¿puede hablarse sensatamente de "amor
ciego", o de que "el matrimonio es una lotería", algo así como
un tiro al aire que con un poco de suerte puede dar en el blanco? Rotundamente,
no. En la elección del futuro cónyuge no se juega "a la buena suerte";
se juega--seriamente--a la felicidad, la aspiración humana más codiciable. Por
lo tanto, corresponde saber cómo actuar.
La antesala del matrimonio
Los jóvenes desean casarse, pero no por eso van a
unir impulsivamente sus destinos a otra persona, sin
haberse
tratado antes y sin saber si podrán convivir con la
otra persona en forma feliz y armoniosa. El casamiento
es un paso suficientemente serio, como para justificar
los mejores preparativos en la combinación de dos corazones
que se entiendan para vivir juntos por el resto de
la vida. Nadie puede entrar bruscamente en el matrimonio
y pretender ser feliz, sin ese previo conocimiento
mutuo que sólo el buen noviazgo es capaz de ofrecer.
Después de iniciada la vida conyugal es casi seguro
que vendrán los hijos. Y si los progenitores, aun antes
de ser esposos, no se conocieron y no lograron armonizar
con amor sus personalidades, ¿qué clase de ambiente
podrían ofrecerles a sus hijos? ¿Podrían ponerse de
acuerdo para educarlos sabiamente?
"¿Por qué quiero casarme ?" Esta es
una pregunta que parece estar de más. Sin embargo, conviene que se la haga quien
planea casarse. Según sea la respuesta, así será el noviazgo y el matrimonio.
Si quien busca esposo (o esposa) sólo piensa en el amor que pueda recibir, o
sólo aspira a una condición económica, social y emocional más favorable, está incapacitándose
para formar un buen hogar. Porque está pensando más en lo que podrá recibir que
en lo que deberá dar. Está interesándose más en su felicidad que en la del ser
amado, y tal actitud mental no encierra amor sino egoísmo.
Para reflexionar
Supongamos
que Ud. ya ha encontrado a la persona con quien desea
unir su vida. Ya son novios. Pero Ud. debe tener la seguridad
de que ha elegido bien, y que el objeto de su elección
será el verdadero amor de su vida. Para ello sería útil
que considere la siguiente lista de preguntas que presenta
el Dr. Haroldo Shryock en su obra
El Secreto de la
Dicha Conyugal.
1. ¿Es mi novio (o mi novia) generalmente alegre,
feliz y optimista? Es muy raro que el matrimonio cambie los rasgos fundamentales
de la personalidad.
2. ¿Puede considerar las cuestiones capaces de
provocar una controvesia, sin entrar en una disputa acalorada?
3. ¿Tiene emociones estables?
4. ¿Son moderadas sus opiniones en asuntos de
política, moralidad y finanzas?
5. ¿Coopera con facilidad con los demás y trabaja
sin roces con sus superiores?
6. ¿Manifiesta benevolencia para con sus inferiores
y se complace en ayudar a los que son menos privilegiados?
7. ¿Puede recibir consejos con buena voluntad?
8. ¿Presta cuidadosa atención a los detalles de
su trabajo diario?
9. ¿Está dispuesto a asumir responsabilidades,
y ha tenido éxito hasta aquí en sus empresas?
10. ¿Manifiesta cariño hacia los niños?
11. ¿Tiene sentimientos religiosos y practica la misma
religión que yo?
12. ¿Lo amo a pesar de sus defectos? No es prudente
suponer que sus defectos desaparecerán después del casamiento.
13. ¿Puedo enorgullecerme de mi novio (o de mi novia)?
Si me siento avergonzado o incómodo en su compañía esto demuestra que no somos
el uno para el otro.
Y el Dr. H. Shryock termina diciendo: "Si se puede
responder afirmativamente a las preguntas que anteceden, resulta clara la conclusión
de que el novio (o novia) posee cualidades favorables para alcanzar la adaptación
conyugal satisfactoria".
Hacia la felicidad conyugal
Con
el propósito de asegurar un noviazgo bien encaminado
que abra las puertas de una dulce vida matrimonial, a
las preguntas precedentes convendrá añadir el análisis
de los siguientes aspectos prácticos relacionados con
la felicidad de los novios.
El amor. El amor verdadero no es pasión,
ni caprichos, ni celos, ni egoísmo, ni excitación carnal. Es el dulce sentimiento
del corazón que se expresa con pureza y que busca la felicidad del ser amado. El
afecto genuino implica comprensión, tolerancia, ternura, bondad, abnegación y
espíritu servicial. Tal es la actitud que puede unir dos corazones sin que nada
los separe, porque se trata de un amor estable, maduro y responsable, en el cual
se puede confiar. Si este es el sentimiento que prevalece entre los novios, y
se lo sigue alimentando cada día, el matrimonio brindará la mayor felicidad que
los seres puedan descubrir sobre la sierra. Pero si tal amor esta ausente, la
dicha no podrá surgir por mas dinero o presiones familiares que existan.
Amistad franca. Héctor y Marcela se hallaban
en feliz viaje de bodas. La noche era apacible, y ambos avanzaban en su automóvil
rumbo a una hermosa ciudad balnearia. "¿Te imaginas cuando estemos de vuelta
en nuestro propio hogar? ¡Qué hermoso será entonces saborear los platos preparados
por ti y vestir la ropa lavada y planchada con tus manos!" Así le comentaba
Héctor a su amada, quien algo molesta le contestó: "No, mi querido. Creo
que estás equivocado. Los trabajos de la casa no se han hecho para mí. Deberemos
conseguir a alguien para que los haga". ¡Qué novedad tan desagradable para
el flamante esposo! Pero, ¿cómo ? ¿No habían hablado durante su noviazgo sobre
qué clase de vida habría de hacer cada uno después de casados? ¡Qué poca franqueza
para hablar y para darse a conocer! Resultado: chasco, desilusión, traición. El
noviazgo exige que cada una de las partes se exprese con total sinceridad. De
lo contrario, lo que se pretende encubrir pronto saldrá a la luz, cuando el estado
matrimonial ya no permita continuar con disimulos.
Afinidad. A menudo se afirma: "Los
polos opuestos se atraen". Pero esta ley física no rige en los dominios
del corazón. Dos seres pueden entenderse, amarse y ser felices en el matrimonio
cuando poseen un grado mínimo de afinidad en la cultura, los gustos, el temperamento,
los ideales y los sentimientos religiosos. Y es un error suponer que esta clase
de afinidad se logra con el tiempo, luego del casamiento. Sí, con el tiempo se
cultiva y perfecciona, pero siempre sobre la base de la afinidad que existia
previamente.
Aquí cabe una palabra acerca de los matrimonios
formados por esposos de creencias religiosas diferentes. La realidad de los hechos
indica que la afinidad religiosa entre los contrayentes es factor de primer orden
para la obtención de la armonía conyugal.
Madurez. La falta de madurez es causa frecuente
de naufragios conyugales. Los novios que carezcan de madurez emocional, física
y mental (tal vez debido a su poca edad), no estarán en condiciones de establecer
un buen hogar, a menos que maduren mientras prolonguen su noviazgo por más tiempo
de lo prudencial y aconsejable. Pero idealmente un noviazgo no debería extenderse
más allá de los dos años. Esta es la razón por la cual nunca es sabio comenzarlo
a edad prematura, so pena de que la propia inmadurez eche a perder la felicidad
de los novios, y hasta desvanezca los sueños de la unión matrimonial.
Los padres. "Ellos son de otra época. ¿Qué me
podrán aconsejar acerca de mi noviazgo? ¿Ha dicho Ud. palabras como éstas acerca
de sus padres? Sí, es verdad, ellos pertenecen a otra generación. Quizá no han
tenido mucha instrucción, pero han vivído más años y eso es bastante. Aún con
su aparente incomprensión de la juventud actual, los padres pueden ofrecer un
consejo sabio al hijo que lo solicita frente a la gran decisión de su vida. El
buen hijo busca y aprecia la opinión de sus progenitores. Y los padres inteligentes
harán y dirán lo mejor para la felicidad de sus hijos.
El trato prenupcial. Hoy, cuando las relaciones
premaritales son tan comunes y socialmente aceptadas, es necesario adoptar una
norma de conducta mas elevada. La unión matrimonial es de carácter sagrado, y
ha de iniciarse sin que el noviazgo deje secuelas traumatizantes sobre la conciencia
de los contrayentes. Muchos de los matrimonios desavenidos y problemáticos podrían
señalar como causa de su desdicha las relaciones íntimas practicadas durante
el noviazgo. ¡Cuántos casamientos deben producirse apurada y obligadamente por
esta razón! Los novios más dichosos son aquellos que han sabido esperar, para
llegar a ser los "dos en una carne" tan sólo en el estado matrimonial.
Mucho por decir
Con
lo dicho, ni remotamente pretendemos haber agotado el
tema. Pero lo tratado quizá haya sido suficiente para
insinuar cómo formar un noviazgo basado en un amor auténtico,
acompañado de felicidad y buen criterio. Hemos dicho
que el noviazgo es la antesala del matrimonio y del hogar.
Por lo tanto, ante un paso de tanta trascendencia,
es
sabio aquel que busca la dirección y la iluminación del
Altísimo. Si en el día de la boda los novios solicitan
la bendición de Dios, con igual o mayor razón aún, ¿no
deberían solicitarla también cuando se están eligiendo
mutuamente, decidiendo así el porvenir de sus vidas?
Los novios que aceptan la conducción divina
en sus planes e ideales pueden formar hogares ejemplares, que redunden en bien
de la sociedad y de las generaciones futuras. Esta es la clase de hogar que
deseamos para Ud. y su felicidad. Para eso hemos preparado este curso cuyas próximas
lecciones le ofrecerán un material de valor imponderable. No se las pierda.