Hace unos días visitamos una de las importantes bibliotecas en una gran ciudad, y de nuevo nos impresionó la cantidad de libros que han sido escritos a través de los años y de los siglos. Son tantos que resultaría imposible leerlos todos. Claro está, muchos de esos libros han pasado ya al olvido, en algunos casos a un olvido piadoso y benéfico. Otros, en cambio, sobreviven al tiempo y siguen leyéndose siglo tras siglo. Unas veces el mérito reside en el lenguaje o en el estilo. Otras está en el contenido, que puede ser puramente informativo o que presenta situaciones o sentimientos humanos con los que se identifica el lector.
Sin embargo, nadie se apasiona por esos libros. Se los lee, se los aprecia, y nada más. Si la información dada sigue siendo valedera a pesar del tiempo, lo mismo que si ha demostrado estar equivocada, igualmente se acepta el libro como es, sin que nadie se sienta obligado a iniciar una campaña contra él. Nadie se siente en el deber de atacarlo o de salir a romper lanzas en su favor.
Sólo un libro ha sido y sigue siendo objeto de los ataques de innumerables personas. Más de una vez ha sido escudriñado con lente de aumento para tratar de descubrirle presuntos errores. Y cuando se creyó haberlos hallado, se los agitó a todos los vientos. Se malgastaron ríos de tinta para exhibirlos, y se creyó que con eso se había dado un golpe de muerte a la Sagrada Escritura, el Libro divino.
¡Cuán poco sabían quienes así obraban, de lo que en realidad estaban haciendo! ¡Todas sus jactanciosas acusaciones estaban llamadas a pulverizarse frente a hechos incuestionables!
Claro está, muchos lo hacían con sinceridad. Pero otros estaban buscando una manera de escapar a la realidad. Querían alejarse de ella. Si podían demostrar que la Sagrada Escritura estaba plagada de errores, como pretendían, inmediatamente perdería todo valor como libro norma del creyente y del hombre. Desaparecería entonces nuestra obligación de acatar sus amonestaciones y mandatos, y quedábamos librados a nuestra propia voluntad. Eso buscaban muchos. Eso querían. Y dieron la bienvenida a los supuestos errores de la Biblia, no por rigor científico o por amor a la verdad, sino porque deseaban vivir como les viniera en gana, sin prestar atención a un libro que decían desprestigiado. Así eliminaban a Dios de sus vidas.
¿No es esta una triste condición, amigo lector? Sin embargo, no se exagera al afirmar que si los seres humanos hubieran mantenido intacta su fe en el Libro divino, muy distintas serían las condiciones en que viviría hoy la humanidad. ¿Por qué no buscar la fortaleza que únicamente puede encontrarse en las Sagradas Escrituras, la Palabra del Todopoderoso? ¿Por qué para saciar nuestra sed, corremos tras cisternas rotas? ¿Por qué buscamos aguas turbias en fuentes humanas?
Durante el siglo XIX y la primera parte del XX, los ataques contra la Sagrada Escritura fueron casi constantes. Se atacaba, naturalmente, la divinidad del Libro de Dios. Se negaba que hubiese habido comunicación entre Dios y el hombre, que lo escrito hubiera sido inspirado, y no faltaron quienes trataron de demostrarlo. Recuérdese que el Sagrado Libro afirma categóricamente que la Escritura es: “Inspirada divinamente. . .” (2 Timoteo 3:16). Entre los atacantes de mayor categoría se encontraron Wellhausen y Strauss en Alemania; Ernesto Renán y el abate Loisy, en Francia; Driver en Inglaterra, y cien otros de menor categoría.
Muchos hoy continúan repitiendo los argumentos esgrimidos por ellos con el fin ya señalado de librarse de Dios, de tranquilizar su conciencia y de sentirse libres para vivir como les agrade, sin temor a las consecuencias eternas.
Quienes se dejaron engañar por el tono arrogante de la “alta crítica”, pródiga en afirmaciones apresuradas, harían bien en repasarlas a la luz de los nuevos conocimientos aportados por la arqueología.
La ciencia arqueológica surgió después que se exploraron las ruinas de Troya, en el año 1870, y ha llegado a ser como el laboratorio del historiador. Mediante los descubrimientos de la arqueolgía se puede reconstruir el panorama histórico. Y a veces se logra en una forma tan perfecta, que revela hasta los detalles más pequeños.
Pues bien, la arqueología ha venido a poner las cosas en su lugar. La “alta crítica” había señalado los así llamados errores de la Sagrada Escritura en la mención de ciertas ciudades y lugares. Eso había provocado burlas y falta de confianza en el Libro divino.
Hoy, todo eso ha cambiado y vamos a señalar algunos casos específicos que lo prueban. Entre tanto, recordemos que podemos confiar en el Libro divino. Tengamos por seguro que no hay errores en la Sagrada Escritura, y que podemos tener confianza en las palabras de nuestro Señor que hablan de dicha y de paz.
Por ejemplo, la “alta crítica” se ensañó de manera especial con Abrahán y negó la existencia de Ur de los Caldeos, que el Génesis señalaba como la ciudad de la cual el patriarca había partido cuando Dios lo llamó a iniciar su vida de peregrinación. No había ningún rastro de Ur de los Caldeos, ni referencia histórica de ninguna clase, ni tampoco geográficamente. Por lo tanto, decían, era uno de los errores de la Sagrada Escritura. En el año 1854, J. E. Taylor, cónsul británico en Basora, a la cabeza de una caravana de asnos y camellos llegaba a un solitario cono rocoso en cuyas grietas habitaban las lechuzas ubicado a unos 190 kilómetros al norte de esa ciudad, cerca del Golfo Pérsico. El lugar era conocido desde tiempos inmemoriales con el nombre de TellalMugayyar, o sea, la “montaña de los peldaños”. El cónsul Taylor se había convertido en explorador por órdenes de su gobierno, deseoso de que se reconociese la parte sur de Mesopotamia.
Acompañemos a Taylor y su caravana. Comienzan a demoler la parte superior del mencionado cono de color rojo y pronto encuentran algunos cilindros de arcilla cocida, en los cuales se ven caracteres cuneiformes. Nadie los entiende, pero el cónsul los envía convenientemente embalados a Londres donde reciben poca atención. Pasan los años y en 1915, durante la Primera Guerra Mundial, acampan en las cercanías del mencionado monumento rojo tropas británicas, entre las cuales se encuentra R. Campbell Thompson, un experto que en tiempos de paz era auxiliar del Museo Británico. Éste estudia los alrededores y envía un informe urgente a Londres. Los peritos londinenses analizan entonces los pequeños cilindros de arcilla enviados años antes por Taylor. Como resultado comienzan en aquel lugar las excavaciones que fueron completadas por el profesor Leonardo Woolley. Así fue surgiendo Ur de los Caldeos, cerca de la cual pasa hoy el ferrocarril de Bagdad. El escritor Keller dice acerca de esto:
“Después de muchas semanas de arduo trabajo y después de remover muchas toneladas de cascotes, aparece ante aquellos hombres una visión inolvidable.
“¡Debajo de TellalMugayyar, de matices rojos, aparece a la luz del sol toda una ciudad, despertada por los incansables exploradores después de un sueño milenario! Woolley y sus colaboradores están fuera de sí de alegría. Ante ellos está Ur; ¡aquella Ur de Caldea de que habla la Biblia!
“¡Con qué comodidad habían vivido sus moradores! ¡Cuán espaciosas eran sus casas! En ninguna otra ciudad del país de los dos ríos, han salido a la luz edificios particulares tan hermosos y confortables”.
¿No es esto admirable? ¡Cuántos párrafos pomposos malgastó la “alta crítica” y los altos críticos combatiendo la Sagrada Escritura por la mención que hacía de Ur de los Caldeos! Hoy, cualquiera de nosotros puede llegar hasta las ruinas de aquella antigua ciudad y comprobar la veracidad bíblica. Y este es solamente un ejemplo.
La Sagrada Escritura fue inspirada por Dios y en ella no puede haber errores, porque Dios no miente, Dios no se equivoca, Dios es eternalmente infalible. Podemos confiar en él. Pongamos bajo su dirección nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestra vida toda. Dice el salmista refiriéndose a Dios, “Tú amas la verdad en lo íntimo” (Salmos 51:6).
Amémosla también nosotros y vivámosla para honra y gloria de Dios. Digamos con las palabras de Alfredo R. Bufano:
¿Quién estas flores de los montes cuida
sino tus dulces manos jardineras?
¿Quién abre las melosas montañeras
y del quisco la roja y bella herida?
¿Quién, sino tú, Señor de faz dolida,
estas aguas desata, estas laderas
viste de airampos, estas bullangueras
aves protege, y da a estas piedras vida?
¿Quién de yaretas las colinas cubre
y hace que dé el barranco una flor leve?
¿Quién el hosco peñón transforma en ubre?
¿Quién sino tú, Cordero humilde y santo,
hace de mi alma un foco de alba nieve
sobre las hierbezuelas de mi canto?
–LAUDE DIECIOCHO
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados
Tener el alma límpida como agua de la fuente,
tenerla buena, sana, sencilla, como el pan,
que sepa al herido calmar la sed ardiente,
y darle al pecho hambriento los frutos de su afán;
Tenerla más fragante, como incienso que sube
de las ansias más puras y elevadas en pos,
más allá de la tierra, más allá de la nube,
buscando fervorosa, la presencia de Dios.
Tenerla sin tacha, sin sombra ninguna,
ser franco y sincero, ser constante y fiel,
vale más que riquezas, que fama y fortuna,
o del triunfo mundano el luciente oropel.
–LO QUE MÁS VALE, de Blanca C. de Hume