Hace muchos años decía Horacio, el gran poeta romano: “¡Atrévete a ser sensato! ¡Empieza hoy! El que pospone la hora de vivir como debe, se asemeja al insensato que para cruzar un río, aguarda que acabe de correr toda el agua”.
Frente al problema que para muchos presenta el atreverse a vivir de acuerdo con sus convicciones religiosas, no están demás las palabras que acabamos de recordar. Con frecuencia la vida se nos carga de toda clase de trabas. Sujetos a un estado de cosas, o de alma, o de conducta, no nos atrevemos a sacudir la inercia y nos dejamos estar en esa condición, a sabiendas de que al hacerlo cometemos un error. Seguimos en la inacción, conscientes de que debiéramos remover de nosotros todo aquello que nos impide obrar de acuerdo con la verdad y la conciencia.
A veces, cuando por fin decidimos reaccionar, es demasiado tarde. Pasó nuestra oportunidad y debemos seguir arrastrando nuestra medianía. Sí, estas son verdades de inmenso valor en lo que se refiere al aspecto material y hasta intelectual de la vida. ¡Y de cuánto más valor serán cuando se aplican a nuestra profunda necesidad espiritual y al hecho de que podríamos librarnos de las mil trabas y prejuicios que pliegan nuestras alas espirituales y nos impiden ascender a la cumbre desde la cual podríamos mirar cara a cara al mismo sol!
Amigo, amiga de La Voz, hace falta atreverse a ser valiente. Hace falta arrojo y decisión cuando hay que hacer una resolución que nos aleje del mal, del pecado, y ponga nuestro corazón y nuestra conciencia a tono con el Creador. Y una vez hecha esa resolución, hace falta valor para vivir de acuerdo con ella, todos los días de nuestra vida. No basta desear ser buenos. Con la ayuda de Dios hay que serlo. Ya lo dijo Napoleón: “No se ganan batallas sólo con buenos deseos”.
El gran Moisés había muerto. Su vida admirable se había silenciado en la cumbre del monte Nebo, desde la cual había contemplado las llanuras de Jericó, que eran parte de la tierra prometida. Para reemplazarlo en la tarea de dirigir al pueblo, que debía atravesar el Jordán y tomar posesión de aquella tierra, se había elegido a Josué. Pero éste, joven todavía, sin experiencia para la gran tarea que tenía por delante, sin duda experimentó temores e inhibiciones. Los mismos temores e inhibiciones que también nosotros solemos sufrir frente a las tareas difíciles de la vida.
Pero el Señor no lo abandonó a sus propias fuerzas. Le había dado una tarea para realizar, y también le aseguraba la fuente de donde le vendría la fortaleza, la valentía, para llevarla a cabo. Por eso le dirigió las palabras que han quedado registradas en las Sagradas Escrituras, palabras admirables que son también de ánimo para nosotros, en este siglo XXI. Helas aquí, amigo lector:
“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente: no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios será contigo en donde quiera que fueres” (Josué 1:9).
Así es. El Todopoderoso será con nosotros en todo lugar y en todo tiempo si es que nos atrevemos a ser sensatos, y a obrar de la manera como debemos obrar, de acuerdo a
la voluntad divina, a despecho de cuanta oposición pueda haber. Confiemos en Dios. Sus promesas no fallan nunca. Si él ha prometido estar con nosotros, si ha prometido estar contigo, amigo mío, no lo dudes, estará a tu lado en todo momento de necesidad.
Decía La Rochefoucauld: “Hay pocas cosas posibles en sí mismas, y más que los medios para lograrlas nos falta el trabajo necesario”. Por lo tanto, no escatimemos esfuerzo alguno en la tarea de nuestra perfección espiritual. Atrevámonos a ser sensatos. Atrevámonos a luchar contra la medianía, contra la vulgaridad, contra la rutina. ¡Cuántas personas no se atreven a seguir los dictados de su conciencia y pudiendo ser grandes a los ojos de Dios, siguen viviendo una vida infructífera, sordos al llamamiento divino, miopes ante la magnífica y conmovedora realidad de las promesas del Todopoderoso!
Debemos atrevernos a rechazar el mal y a llamarlo por su verdadero nombre. Debemos reconocer que el pecado es nada más que pecado, por más que se lo vista con un ropaje atrayente y se lo disfrace con una aureola de falsa luz. El buen juicio la sensatez nos dice que debemos rechazar el pecado, que debemos alejarlo de nuestra vida. Sin embargo, con frecuencia no sólo lo justificamos sino que hasta lo mimamos y lo protegemos.
Seamos fuertes contra el mal. No sigamos la línea del menor esfuerzo. No nos dejemos llevar, por ejemplo, por el placer de hablar mal de los demás. Evitemos la chismografía. ¡Cuántas veces se escarba en la vida del prójimo, no con el propósito de ayudarle, sino por el placer morboso de descubrir sus faltas y sus males y darlos a conocer a los demás! Atrevámonos a obrar con sensatez y neguémonos a escuchar lo que nuestros oídos no deben oír.
Neguémonos, también, a hablar lo que nuestros labios no deben pronunciar y neguémonos a pensar lo que no debe contaminar nuestra mente. Decidámonos a vivir definitivamente de acuerdo con el espíritu y con las enseñanzas de las Sagradas Escrituras. En sus divinas páginas está la verdad. En ellas está el supremo bien, está nuestra salvación. Es, por lo tanto, un deber el vivir sus principios, el observar sus mandamientos, el ajustar nuestra vida a las normas determinadas por el Señor. No temamos el “qué dirán”. Recordemos que conocer una verdad sin vivirla es peor que ignorarla.
¿Cómo caer en la cobardía de permitir que la opinión o la actitud de quienes niegan a Dios determinen nuestra norma de conducta? No obró así nuestro Señor Jesucristo. Contra la actitud y la persecución de todos, menos unos pocos de sus seguidores, se mantuvo inconmovible en su camino hasta que se levantó la cruz en el Calvario. Nada lo desvió de su deber ni alteró su divina sensatez. Confiemos en el Señor Jesucristo.
Nunca ha sido tan necesario como ahora que nos atrevamos a ser sensatos, es decir, prudentes, cuerdos. Debemos serlo frente a la inseguridad de la vida actual. Hoy todo parece tambalearse. La incertidumbre parece haber minado aun las instituciones que en un tiempo parecían inconmovibles. Pero hemos aprendido ya que las tormentas que se desatan sobre nosotros las podemos afrontar aferrados al único poder que puede librarnos: Jesucristo, la Roca que no se demolerá jamás. Únicamente cuando confiamos en él nos encontramos plenamente seguros.
Debemos ser sensatos frente a la incredulidad, frente a la burla, frente a la persecución y frente a la misma muerte. Debemos ser sensatos frente a la cruz. ¿Desde qué ángulo la contemplaremos? ¿La miraremos con indiferencia? La historia de nuestro Señor Jesucristo ¿será para nosotros simplemente una historia interesante o, por el contrario, el Nazareno llegará a nuestro corazón como amigo del alma, como Salvador, como el único poder capaz de librarnos de nuestras debilidades y de nuestro pecado?
Amigo lector, atrévete a ser sensato, pero atrévete hoy. No pospongas para mañana o para más adelante una decisión y una actitud que debes adoptar hoy mismo. La desidia es una enfermedad del alma. Postergar para más adelante lo que debas hacer hoy, puede tener consecuencias muy peligrosas para ti. El Señor te llama a vivir su vida, a actuar de acuerdo con sus principios. Él espera que respondas a su llamado, ahora. Con las palabras de la parábola te dice: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña” (S. Mateo 21:28).
El Señor reclama tu decisión hoy: no mañana, no pasado, sino hoy. Que Dios te bendiga para que decidas darle tu corazón y vivir de acuerdo con sus deseos para honra tuya y para gloria de su nombre. Eso es la suma de la sensatez. Dile al Señor Jesucristo, con las palabras del poema de Francisco Estrello:
Entra en la sencillez de mi morada
para encender la luz de un fuego nuevo;
déjala de fulgores traspasada
con el limpio claror de tu mirada.
Santifica mi rústica pobreza
reposando, Señor, bajo mi techo;
rompe el pan con tus manos en mi mesa,
y en mi hogar pon tu toque de belleza.
Si tú quieres, Señor, entrar conmigo,
la mañana entrará por mi ventana;
no te pases de largo, dulce Amigo,
quiero morar contigo.
Ven, Señor a mi mesa,
bendice el pan moreno;
y torna mi pobreza
en vaso siempre lleno
de amor y de belleza. . .
ENTRA, SEÑOR CONMIGO
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados
Tener el alma límpida como agua de la fuente,
tenerla buena, sana, sencilla, como el pan,
que sepa al herido calmar la sed ardiente,
y darle al pecho hambriento los frutos de su afán;
Tenerla más fragante, como incienso que sube
de las ansias más puras y elevadas en pos,
más allá de la tierra, más allá de la nube,
buscando fervorosa, la presencia de Dios.
Tenerla sin tacha, sin sombra ninguna,
ser franco y sincero, ser constante y fiel,
vale más que riquezas, que fama y fortuna,
o del triunfo mundano el luciente oropel.
–LO QUE MÁS VALE, de Blanca C. de Hume