El hogar es nuestro mayor tesoro sobre la tierra. De todas las instituciones que existen en el mundo ninguna otra tiene tanta importancia, ni ejerce la influencia que ejerce el hogar. En él no solamente nacemos a la vida material, sino que nacemos también a la vida de las sensaciones. En el hogar despertamos a los primeros afectos, aprendemos el lenguaje de nuestros padres que nos permite entendernos con ellos y con nuestros semejantes. En el hogar, poco a poco, vamos formando los hábitos que determinan nuestro carácter. Lo que seamos al llegar a mayores estará determinado, en un elevado porcentaje, por lo que recibamos en el hogar en el cual crecemos.
El hogar es la base de la sociedad humana y cuanto más moral sea el hogar, más moral será el país del que forma parte, porque ningún país será más sólido, ni más fuerte, que lo que lo sea el promedio de sus hogares. No necesitamos insistir en la importancia del hogar. Y hoy, que soplan vientos de mal sobre el mundo, el individuo necesita el hogar como un refugio en el cual ampararse y fortalecerse para hacer frente a las luchas de la existencia.
Pero el hogar está en plena bancarrota. Ya no parece ser una institución permanente y sólida como era antes. La moral decadente que hoy sufrimos ha llegado hasta él con su hálito frío. No podemos decir que siempre encontramos en el hogar el ambiente adecuado para el desarrollo equilibrado y normal de los niños. Por eso es necesario que recapacitemos acerca de un asunto tan importante como éste, por lo menos, en lo que toca el propio hogar.
No es nuestra intención entrar a considerar todas las causas que han conducido al hogar a la situación que hoy sufre. Nos limitaremos a mencionar unas pocas. Entre ellas, el hecho de que con frecuencia se forman hogares sin que haya suficiente respaldo económico para mantenerlos vivos y protegidos. No queremos decir con esto que se necesite ser rico, ni mucho menos, para llegar al matrimonio. Pero es elemental que haya una seguridad económica en que basarlo, porque eso de que para formar un hogar “basta el amor” es muy romántico, pero no es suficiente.
Cierta pareja se casó sin atender a ningún razonamiento. Estaban enamorados y cuando ella se atrevió a preguntar:
–Pero, si nos casamos, ¿de qué viviremos?
–¿Qué importa eso? Me bastará mirarte para seguir viviendo, contestó su enamorado. Y se casaron.
Algún tiempo después, la joven esposa encontró a su marido buscando algo con empeño por todo rincón de la cocina.
–¿Qué buscas, querido? le preguntó.
–Busco un pedazo de pan, aunque sea duro.
–Pero, ¿no eras tú el que decía que te bastaba con mirarme para seguir viviendo?
–Sí, y todavía lo afirmo, contestó él, desfalleciente –pero tengo tanta hambre que te miro y no te veo.
Amigo, amiga de La Voz, hagamos del nuestro un hogar sólido, que no sea sacudido por cualquier viento, por fuerte que sople. Que en él se manifieste la presencia de Dios.
Mucho es el mal que el alcohol, el tabaco y otros vicios, cuya mención no hace falta, le han hecho al hogar. Cuántas familias se han visto destrozadas debido a que uno de sus miembros se dejó arrastrar por cualquiera de esos vicios.
Otra cosa que, sobre todo en algunos países, le ha hecho y le sigue haciendo un daño increíble al hogar, es la facilidad con que se llega al divorcio. En uno de los países del norte de nuestro continente, en cierta ciudad, una señora pidió el divorcio porque su esposo se negó a darle dinero para un nuevo abrigo. En cambio al día siguiente se compró para él un tren eléctrico. Y se llegó al divorcio.
Otra señora pidió el divorcio, alegando que era miope y que su esposo le escondía los anteojos para hacerla caer. Otra señora lo pidió, quejosa porque su esposo quería dormir sólo en la bañera. Increíble, absurdo, ¿verdad? Como en el caso de aquella señora que pidió el divorcio alegando que le gustaba mucho la vida casera, que se complacía en pintar, barrer, lavar, etc. y para eso el esposo estorbaba.
Por otro lado, con frecuencia se va al matrimonio más por interés que por amor; por asegurarse los beneficios del salario del cónyuge, o por el dinero que el otro posee. Y, claro está, estos matrimonios difícilmente
pueden tener éxito, como lo ilustra la siguiente anécdota, que bien pudo ser real:
Una viuda acaudalada se casó con un hombre pobre. Apenas terminada la luna de miel, aquella dama empezó a recordarle a su esposo que con el dinero de ella se estaban pagando las cuentas. Cierto día el marido llegó a casa trayendo un aparato de radio que había comprado. La esposa examinó lo que traía y por fin dijo:
–Tengo qué recordarte que si no fuera por mi dinero, esto no estaría aquí.
–Ya lo sé repuso el marido tranquilamente, pero creo que también yo debo recordarte a ti, que si no fuera por tu dinero tampoco yo estaría aquí.
Haya dinero en abundancia o lo haya solamente en la cantidad necesaria, el hogar debe fundarse sobre el amor, la simpatía y la tolerancia.
Debemos recordar, además, que nadie se casa con un ser perfecto. ¡Cuántas veces se idealiza tanto a la persona con quien se contrae matrimonio que luego, cuando se descubre que tiene tal o cual defecto de carácter, se produce un chasco tan grande que hasta el mismo amor corre el peligro de desaparecer. Y es un error. Los cónyuges vienen de hogares con diferentes costumbres, diferentes tendencias, a veces hasta con diferente cultura. Por lo tanto, se comprende que no haya una adaptación total desde el mismo principio, ni que en todas las cosas ambos piensen y actúen de la misma manera. Pero hay que ser tolerantes, hay que ser razonables y equilibrados y dejar que el tiempo vaya estableciendo el debido nivel.
Que Dios nos ayude a hacer del nuestro un hogar equilibrado, un hogar que pueda llamarse cristiano, donde la presencia y la bendición de Dios sean una realidad.
Ya hemos dicho que uno de los hechos importantes concernientes al hogar es la influencia que ejerce sobre los niños. ¿Qué clase de ejemplos ven las criaturas en el seno del hogar? ¿Ven expresiones de cariño, de simpatía, de amor? O, por el contrario, ¿tienen que ser testigos de toda clase de dificultades, de discusiones, unas veces motivadas por los celos, otras por dinero, y oyen discutir acerca de que si te di tanto, que si gastaste tanto, que si quedó sólo tanto, que dónde está la diferencia? ¿Qué clase de ejemplo ven los niños en el hogar? ¿Tienen que sufrir constantemente la influencia de la impaciencia, de la intolerancia y del mal genio? Hay muchas personas que fuera de su hogar son sociables, amenas, agradables, pero dentro de la casa sólo saben de mal humor y de quejas. Para ellos nunca nada está bien.
Un hombre regresaba a su casa después del trabajo, y era tanto el mal humor que llevaba encima que hasta hablaba en voz alta, y decía:
–Ojalá cuando llegue a casa mi mujer tenga la comida preparada porque si no, voy a armar una batahola que la va a oír todo el barrio. Y después de un instante de silencio volvió a hablar diciendo: Y si la tiene preparada, no probaré bocado.
Así somos de contradictorios y de intolerantes.
Se comprende que haya diferencias entre los esposos, pero lo que importa es el espíritu con que se afrontan esas diferencias, la sabiduría con que se las resuelve.
Con frecuencia lo que falta en el matrimonio es una buena dosis del sentido de humor. Cuando a todo se le da color de tragedia, cuando todo es motivo de queja, cuando no afrontamos las cosas inevitables con un sentido práctico y alegre, claro, se llega a la impaciencia y a las palabras que duelen y que hieren. Decía alguien que “el gran secreto de un matrimonio feliz es tomar todos los desastres como incidentes y ningún incidente como desastre”.
Amigo lector, que la crítica no se oiga nunca en tu hogar. Que no se critique a nadie. Que el sensiblerismo no se haga presente con sus ridiculeces. Que en nuestro hogar haya tolerancia y amabilidad, en palabras y actos. Que haya optimismo y haya alegría y, sobre todo, que en nuestro hogar esté la presencia de Dios. Sin el Todopoderoso es muy difícil que un hogar pueda subsistir de la debida manera. Pero cuando Dios está en él, cuando buscamos su ayuda y su dirección, cuando humildemente le entregamos nuestro hogar para que él lo presida, entonces el éxito es un hecho. Que esto ocurra en tu hogar, amigo, amiga de La Voz. Que puedas decir con las palabras del poema “Entra, Señor”, de autor anónimo:
Entra, Señor, el día ya declina;
el astro rey hacia el ocaso inclina
su brillante fulgor;
no pases adelante, que anochece;
toma un descanso que el amor te ofrece.
¡Entra en casa, Señor!
Entra en casa, Señor de los señores,
y verás a tus pies sus moradores.
¡Quédate alegre aquí!
En este hogar seguro pon tu planta;
no nos prives, Jesús, de dicha tanta,
¡Suspiramos por ti!
Entra, Señor; ya izamos tu bandera. . .
¡Entra, Señor; y reina, y manda, impera
en este que es tu hogar!
¡Tal vez ingrato a tu bondad ha sido. . .
Pero hoy con tu presencia enriquecido,
es ya feliz porque te sabe amar!
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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