Cuenta un conocido escritor
--el Rabino Josué Loth Libman-- que cuando era joven, se le ocurrió hacer una lista de los mayores bienes de la tierra. Después de meditar, se inclinó por los siguientes: salud, amor, talento, energía, riquezas y fama.
Una vez completada su lista, se la mostró a un anciano quien, después de leerla pausadamente, le dijo:
–Me parece muy acertado lo que has elegido y el orden en que lo has puesto. Sin embargo, te faltó una cosa sin la cual las demás son completamente inútiles.
A continuación, el anciano tachó toda la lista y escribió sólo tres palabras que fueron: tranquilidad de espíritu. Hecho esto, dijo:
La salud y el talento, los verás en muchas personas. Los ricos abundan. No escasean las personas famosas. Pero la tranquilidad de espíritu, solo a sus predilectos la concede el Señor. Y advierte agregó que al hablarte así, no hago más que repetir lo que han opinado en todas las épocas los hombres verdaderamente sabios.
Ciertamente hay una gran verdad en estas palabras. Hay muchos ricos insomnes, y la salud no es garantía de felicidad. El talento y la fama pueden servir sólo para tormento del corazón. En cambio, la tranquilidad de espíritu lo abarca todo y lo da todo.
Preguntémonos pues, ¿cómo llegar a ese estado de ánimo? ¿Cuántos gozan de tranquilidad? ¿Cuántos viven hoy según las palabras del apóstol Pablo, “quieta y reposadamente”? (1 Timoteo 2:2).
En nuestros días estamos convencidos que no es cosa fácil alcanzar la tranquilidad de espíritu. La serenidad parece haber huido del corazón humano, que vive en perpetua agitación y lanzado constantemente a una carrera acelerada en la que el desgaste es tan intenso y en la que se sufre una competencia tan desleal, que muy pocas veces se llega a la meta. Mas, por eso mismo, porque es difícil de conquistar, es por lo que debemos tratar de alcanzarla con más empeño.
Para llegar al éxito en el problema que estamos planteando, hay varias cosas que conviene tomar en cuenta. Mencionemos algunas:
Debemos saber renunciar a muchas cosas que nos gustaría poseer. El niño llora, y por ese método obtiene lo que quiere. Y, ¡cuán curioso resulta comprobar que hay muchos adultos que siguen empleando, a pesar de su edad, ese método infantil! Debemos madurar a medida que pasan los años, y comprender que en la vida no podemos obtenerlo todo, que con frecuencia es menester renunciar a muchas cosas que resultarían agradables.
No es posible que lo abarquemos todo. Debemos decidir, Dios mediante, cuales son los bienes que realmente deseamos y dejar a un lado todo lo demás. Y abandonar, por inútiles y ridículas, las quejas, los llantos y las lamentaciones vanas. Bendito sea Dios, que si no nos da todo, nos da siempre lo mejor para nosotros.
Comprendamos esta gran verdad, y adaptémonos a las circunstancias, porque éstas, con frecuencia nos conducen a Dios. Vivamos honestamente. Marchemos por las sendas rectas, porque no hay para el hombre dicha mayor que esa.
Volvamos a los factores que nos ayudarán a alcanzar la tranquilidad de espíritu.
Debemos aprender a no preocuparnos innecesariamente por lo que nos ocurre. Nuestros problemas pueden ser de naturaleza muy grave. Pueden afectar nuestra salud, nuestra vida económica, nuestra vida social, o cualquier otro aspecto de la existencia. Pero, sea lo que sea, tengamos confianza en Dios. Aprendamos, cuanto antes, que hay muchos problemas que no somos nosotros quienes vamos a resolverlos. Confiemos en primer lugar en Dios, que tiene profundo interés en todas nuestras cosas.
Luego, confiemos en el tiempo. ¡Que gran nivelador es el tiempo! Todo lo empareja, todo lo rellena, todo lo equilibra. Así, cuando tengamos que afrontar un problema, en lugar de sentirnos descontentos de nosotros mismos, descontentos de los demás, faltos de confianza en Dios, levantemos nuestro corazón, confiemos en el que todo lo puede y sigamos adelante, seguros de que la aflicción es nada más que una tentación que trata de arrastrarnos y de disminuir nuestra capacidad y nuestra serenidad. No dijo acaso el Señor Jesucristo: “¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?” (S. Mateo 6:27).
La aflicción de nada sirve, sino de estorbo y traba. Seamos juiciosos y no permitamos que nos consuma la preocupación, cuando lo que necesitamos es ser fuertes, optimistas y cristianos.
Otra cosa que debemos tomar en cuenta para mantener nuestra tranquilidad de espíritu, es que se debe respetar el derecho ajeno. Debemos recordar que nuestros privilegios comienzan donde terminan los del prójimo. Quien quiera ser respetado, debe respetar a los demás. Recordemos el caso de aquel hombre que se quejaba de que todo el mundo hacía burla de sus creencias y las atacaba continuamente. Pero él, a su vez, y en grado extremo, era un intolerante para con la fe de los demás. No respetaba los derechos ajenos, por lo que mal podía esperar que se respetaran los suyos. Debemos ser amables para con todos. Ser capaces de simpatizar con nuestro prójimo en todos sus problemas y estar siempre dispuestos a extender a los demás nuestra mano ayudadora.
Debemos ser bondadosos con aquellos que nos rodean. Esta bondad debe revelarse en nuestras acciones, en nuestras palabras y en los juicios que emitimos acerca de los demás. Lejos de ser autoritarios y malhumorados, y de pensar que los otros tienen que actuar de acuerdo con nuestras ideas y con nuestra manera de entender las cosas, respetemos los derechos ajenos, y seamos afables con todos: con el vendedor, con el subalterno, con el jefe, con el lechero, con el panadero, con todos aquellos con quienes la vida nos pone en contacto. Al olvidar la bondad y el respeto ajeno destruimos nuestra tranquilidad de espíritu; y quien pierde ese tesoro, ha perdido mucho, y se ve tentado a seguir por caminos que solamente recorren aquellos a quienes atrae la maldad.
Para mantener la tranquilidad de espíritu, no debemos dar cabida en nuestro corazón al temor. Temor, por ejemplo, al qué dirán. ¡Cuántos viven constantemente preocupados por el miedo a caer en el descrédito! Les asusta la idea de verse rechazados por la sociedad que frecuentan. Y para que tal cosa no ocurra, son capaces de hacer toda clase de contorsiones y hasta de cometer toda clase de vilezas.
Lo que debe preocuparnos es vivir el bien y la verdad que conocemos, sea popular o no, sin que nos preocupe el prejuicio o la opinión ajena.
Hay personas que pierden su tranquilidad de espíritu ante el temor de la muerte, ante el temor a esa otra vida acerca de la cual saben muy poco. Ese temor llega a convertirse en una verdadera obsesión. Para librarnos de él, conozcamos la verdad en cuanto a la muerte, acerca de la cual hay tantas ideas turbias. Por lo general, el ser humano va en busca de información acerca de la vida y de la muerte a fuentes apócrifas. Hay solamente un lugar en donde podemos conocer la verdad definitiva y completa, esto es, la Sagrada Escritura.
Mencionemos finalmente, como causa de intranquilidad, la conciencia torturada. Cuando el pecado toma posesión del ser humano, cuando nos dejamos llevar por las mil cosas que pueden alejarnos de Dios, la conciencia reclama sus derechos, trata de dirigirnos, y como no la escuchamos, nos convertimos en seres infelices. ¡No hay carga más terrible que el pecado! ¡No hay angustia más grande que una conciencia que se asfixia dentro de nosotros porque no la escuchamos como debemos! ¡Cuánto mejor sería confesarle a Dios nuestros pecados, librarnos de ellos y vivir felizmente! Con razón el salmista dice que es “Bienaventurado aquel cuyas iniquidades son perdonadas, y borrados sus pecados” (Salmos 32:1). No siempre lo que impide nuestra tranquilidad está fuera de nosotros; a menudo está dentro de nuestro corazón.
Amigo, amiga de La Voz, ¿deseas tranquilidad de espíritu? Escucha la voz de Dios y síguela. Dice el Todopoderoso en las palabras del sabio Salomón: “Mas el que me oyere, habitará confiadamente, y vivirá reposado, sin temor de mal” (Proverbios 1:33).
Que nuestro anhelo sea el que expresa el poeta con las siguientes palabras:
Tener el alma límpida como agua de la fuente,
tenerla buena, sana, sencilla, como el pan,
que sepa al herido calmar la sed ardiente,
y darle al pecho hambriento los frutos de su afán;
Tenerla más fragante, como incienso que sube
de las ansias más puras y elevadas en pos,
más allá de la tierra, más allá de la nube,
buscando fervorosa, la presencia de Dios.
Tenerla sin tacha, sin sombra ninguna,
ser franco y sincero, ser constante y fiel,
vale más que riquezas, que fama y fortuna,
o del triunfo mundano el luciente oropel.
–LO QUE MÁS VALE, de Blanca C. de Hume