Nuestro amigo el dolor

El sufrimiento es algo común a todo ser humano y hoy ¡se sufre tanto y se pena tanto! Con frecuencia, nuestros oyentes amigos, al escribirnos, nos hablan de los problemas que tienen que afrontar y del dolor que esos problemas implica para ellos y para sus familiares. De hecho, el sufrimiento está en todo hogar y en todo ser humano. De ahí que debamos volver a considerar este asunto tan importante y tan universal.
Sería muy larga la lista si pretendiéramos enumerar las diferentes causas del dolor que sufrimos. Éste puede ser ocasionado por la enfermedad que, a pesar de todos los adelantos de la medicina y de la cirugía, sigue siendo el problema universal número uno.
El sufrimiento puede originarse también en la intemperancia y en los vicios que imperan por doquier. En la falta de trabajo o de suficientes recursos financieros para afrontar los problemas y necesidades de la vida. También puede ser causado por problemas familiares, por hijos ingratos, por padres duros y exigentes, por problemas existentes entre los esposos. Puede ser originado por el miedo a la guerra y a los problemas internacionales que, sobre todo en algunos países, son realmente agudos. En fin, las causas del sufrimiento son tantas, que no podríamos pretender enumerarlas todas.
Hablando en términos generales, quizás podríamos dividir el sufrimiento de la siguiente manera: el dolor estéril y el dolor fecundo. Es estéril cuando no produce en nosotros los resultados que debe producir. Es estéril el dolor que con frecuencia nos provocamos nosotros mismos al contravenir las leyes de la salud, o las leyes de los hombres, o las de Dios. Es estéril el dolor que no nos mejora, que no nos fortalece, que no nos prepara para afrontar problemas más graves. Es estéril cuando nos falta la necesaria docilidad para aceptar la voluntad del Todopoderoso y para permitir que haga la obra que el sufrimiento debe cumplir en nosotros. En este caso somos los únicos responsables de nuestro dolor y, sobre todo, de la inutilidad con que sufrimos.
Quizás quepa este dolor en la clasificación que hace el profeta Isaías cuando dice: “Porque te olvidaste del Dios de tu salvación, y no te acordaste de la roca de tu refugio; por tanto plantarás plantas hermosas, y sembrarás sarmiento extraño. El día que las plantes, las harás crecer, y harás que su simiente brote de mañana; pero la cosecha será arrebatada en el día de la angustia, y del dolor desesperado” (Isaías 17:10, 11).
¡Cuán apropiada es la expresión del profeta! “El dolor desesperado”, el dolor inútil, el dolor estéril. Con las palabras del apóstol Pablo es “el dolor del siglo que obra muerte” (2 Corintios 7:10).
Amigo, amiga de La Voz, que nuestro dolor sea fructífero. Que le permitamos cumplir en nosotros su misión. Que seamos sumisos a la voluntad de Dios.
Sacudidos por el sufrimiento, con demasiada frecuencia nos quejamos a Dios y a los que nos rodean y surgen mil “por qués”. ¿Por qué –nos preguntamos debemos sufrir por tal o cual situación? Lo que en realidad debemos hacer es preguntar menos y aceptar más la voluntad de Dios. Debemos mantenernos serenos, juiciosos y pacientes y el dolor pronto se alejará de nosotros.
A veces el dolor adquiere aspectos de desolación y desesperanza. Tales son los sentimientos que parecen campear en las palabras de Jacob cuando al volver sus hijos de Egipto con la noticia de que uno de ellos había tenido que quedar allá y que debían llevar consigo al menor para rescatar al que quedó, exclamó: “Me habéis privado de mis hijos; José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis: contra mí son todas estas cosas” (Génesis 42:36).
Nunca debemos llegar a la desesperación del dolor. Si llegamos a esa situación, lo que pudo haber sido para nosotros una bendición, se convierte en un tormento completamente inútil para nuestro carácter y para nuestra vida presente o futura. El nuestro debe ser lo que el apóstol Pablo llama “el dolor según Dios” (2 Corintios 7:10). El dolor según Dios es el que actúa a manera de crisol para depurar nuestro carácter y eliminar de nosotros hábitos, prácticas, pensamientos y actitudes que no coinciden con nuestra profesión de fe. El dolor debe ser, entonces, crisol para nosotros, en el cual desaparezca toda escoria. Debemos aprender a sufrir con confianza, creyendo de corazón las siguientes palabras del apóstol Pablo: “Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28). Para el apóstol, las palabras que acabamos de citar no eran un teoría. Eran una realidad. Él sabía por propia experiencia lo que era sufrir provechosamente y sin quejas. Más de una vez fue azotado, en tres oportunidades naufragó, hizo frente a peligros en mar y en tierra, en su propio país y en el extranjero. Supo lo que era el hambre y la sed, el frío y la desnudez. Pero nunca se quejó. Nunca salió una palabra amarga de sus labios. Sabía que por duras que parecieran las pruebas, podrían obrar definitivamente para su bien si las aceptaba con el espíritu con que debía aceptarlas. Lo mismo nos ocurrirá a nosotros.
Con el poeta Amado Nervo, en su poema “¡Oh, dolor!” aprendamos a decir:

Oh, dolor, buen amigo,
buen maestro de escuela
gran artífice de almas,
incomparable espuela
para el corcel rebelde. . .
¡hiere, hiere hasta el fin!
¡A ver si de este modo,
con un poco de lodo
forjas un serafín!

Cuando nos sintamos tentados a quejarnos de nuestra situación, o de las dificultades que tenemos que experimentar, recordemos que hay otros que están en peor situación que nosotros. Esto trae a nuestra memoria las palabras de Calderón de la Barca. Helas aquí:

Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba,
de las yerbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las yerbas que él arrojó.

Así es; siempre hay otros que están en peor condición que nosotros. Por lo tanto, no nos amilanemos. No permitamos que los dolores llenen nuestro corazón de pesimismo. Por el contrario, confiemos en Dios sabiendo que todo es para bien, aunque no podamos ver ese bien en el momento en que sufrimos. Pero llegará el tiempo en que lo veamos. Aceptemos nuestra cruz. Todos tenemos que llevar la propia, sea cual sea.
Una vieja leyenda nos cuenta de un hombre que recorría el camino de la vida cargando con una pesada cruz de hierro. Una noche oró con todo fervor para que esa cruz de hierro le fuese substituida por una cruz de rosas. Al despertar, a la mañana siguiente, encontró sobre sí una cruz de rosas y muy contento siguió el camino de su vida. ¡Cuánto más agradable le parecía la fragancia de las rosas que el peso muerto del hierro! Pero pronto comenzó a darse cuenta que junto a las rosas estaban las espinas, que se clavaban en sus carnes sin misericordia. Al llegar la noche se sentía incapaz de llevar semejante cruz. Volvió a orar de nuevo y dijo: “Señor, no puedo llevar una cruz de rosas. Es peor que la de hierro. Concédeme, en tu infinita bondad, una cruz de oro. Estoy seguro de que entonces seré feliz”.
Al día siguiente, según cuenta la leyenda, encontró que su pedido había sido otorgado: tenía una cruz de oro. Emprendió rápidamente su camino con su nueva cruz, que refulgía bajo los rayos del sol matutino. Pero no había avanzado mucho cuando fue rodeado por ladrones que lo asaltaron y lo hirieron para robarle su cruz de oro, dejándolo casi muerto junto al camino. Cuando aquel hombre recobró el conocimiento, balbuceó la siguiente oración: “Padre misericordioso, devuélveme la cruz de hierro. Ahora comprendo que es la única que puedo llevar”.
Aceptemos nuestra cruz, sea cual sea, y por ella démosle gracias al Señor. El sufrimiento siempre es fructífero. Guy de Maupassant sufría de terribles dolores de cabeza que lo llevaron con frecuencia a usar éter para amortiguarlos, pero sus obras literarias se consideran obras maestras. Toscanini sufría de artritis aguda, pero eso no le impidió llegar a ser lo que fue. Cervantes escribió su obra maestra en la cárcel. Milton escribió la suya, hallándose ya ciego.
Bendigamos a Dios por lo que nos da, porque si sabemos recibirlo no impedirá nuestra obra, ni disminuirá la cantidad, ni la calidad de la tarea que tenemos reservada en esta vida.

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