En los albores de la historia de la humanidad ocurrió un incidente que sin duda alguna marcó el rumbo para el resto del tiempo. Dos hijos había en la familia de Adán y Eva: Caín y Abel. Éste, noble y sencillo, cumplía fielmente todos los requerimientos de sus padres y de Dios, y era fiel en la práctica del culto tal como entonces se realizaba. Caín, por el contrario, siguió sus propios impulsos, y hasta quiso alterar el mismo orden divino dispuesto para el culto, substituyendo el sacrificio de los corderos cuya sangre representaba la que Jesús derramaría más tarde en la cruz, por otro tipo de ofrenda que estaba muy lejos de cumplir el propósito que ésta tenía, de mantener ante los ojos de los seres creados en el Mesías venidero.
Por supuesto, el sacrificio de Caín no fue aceptado, mientras que sí lo fue el de Abel. Esto provocó un estado de animadversión del primero hacia su hermano, cuya vida limpia era un reproche para la suya, turbia y egoísta. Por fin, esta situación hizo crisis el día en que Caín, airándose contra su hermano lo atacó y le dio muerte. Surgió con esto la práctica y el culto de la fuerza.
Desde aquel entonces hasta hoy, esa historia se ha repetido miles, millones de veces, no solamente en el orden individual, sino también en el de los pueblos, en el de las naciones, que más de una vez han impuesto la fuerza bruta. Ahí está por ejemplo, la historia de los caldeoasirios, en la antigüedad. Pueblo tras pueblo cayó ante ellos, y los vencidos fueron objeto de toda clase de terribles crueldades. El elemento primordial era la fuerza y en ella se basó el primer imperio universal conocido con el nombre de Babilonia. Fue también la fuerza lo que impuso el imperio Medopersa, y fue la fuerza el elemento básico que los Césares usaron para imponer su dominación sobre el mundo conocido en aquel entonces.
Los largos años de la Edad Media, en los que predominaron el oscurantismo y las tinieblas, fueron una turbia y prolongada lucha en la que el principal elemento era la fuerza.
El hombre siempre ha tendido a confiar en ella. Sin embargo, la fuerza no es todo. La fuerza humana, individual o combinada, tiene un límite que puede ser el de su propia naturaleza, o el que le imponga el Creador. Las mismas lecciones de la historia nos muestran con claridad que el abuso de la fuerza termina por volverse contra los mismos que la usan.
Sí, amigo lector, hay algo más allá de la fuerza. Cuando en la antigüedad los hebreos dirigidos por Moisés salieron de Egipto, el Faraón lanzó contra ellos los recursos poderosos de su ejército, con sus carros de guerra. Ante ellos el pueblo que huía, incapacitado para cualquier clase de lucha, hubiera desaparecido inevitablemente. Sin embargo, todo el poder egipcio sucumbió en las aguas del Mar Rojo, porque así lo dispuso el Todopoderoso. Egipto había colmado la medida de la paciencia de Dios. Sí, hay algo más allá de la fuerza.
Ésta es una verdad que debemos recordar aun en nuestros días, aun en nuestra propia experiencia individual. Hay muchas cosas que, a pesar de todo nuestro empeño y de nuestro esfuerzo, no podemos hacer por nosotros mismos. Para hacerlas dependemos de la bendición del Todopoderoso. Por ejemplo, ¿podemos nosotros cambiar nuestra propia naturaleza pecaminosa de tal manera que el mal desaparezca de nuestra vida? No, amigo mío, dependemos de Dios; dependemos del Señor Jesús, dependemos de aquel que murió en la cruz precisamente para librarnos de nuestra maldad.
En los días que corren también se rinde culto a la fuerza. La teoría es que para predominar sobre los demás es menester ser más fuertes que ellos. En consecuencia, henos aquí lanzados a una carrera de armas y de átomos. Se cuenta hoy con un poder destructivo capaz de eliminar toda vida de sobre la faz de la tierra, en el término de pocas horas. Y nos preguntamos en qué terminará todo esto.
En el terreno individual aplicamos, más o menos, la misma doctrina. Se sigue la misma filosofía. Es decir, se supone que para predominar sobre los demás es menester ser más fuertes que ellos. Y así, la mayor parte de los que acumulan conocimientos y los que se desarrollan intelectualmente, no lo hacen con el fin de ser un factor de bien para sus semejantes, sino para estar por encima de los demás. Quien busca riquezas, no lo hace considerando que con ellas podría hacer muchísimo bien sobre la tierra. No las busca conmovido por el panorama de la miseria humana. Busca la riqueza porque quiere ser fuerte, porque quiere estar por encima de los otros y la busca a todo costo, aun si para lograrla debe sacrificar toda virtud y pisotear toda decencia.
¡Cuán desolador es el panorama del ser humano que corre tras la fuerza para ampararse en ella e imponer de ese modo su egoísmo y sus ambiciones! El hombre no vacila ante nada. Todo lo sacrifica. Recurre a toda clase de hipocresía y engaños. Miente fría y deliberadamente. Difama a los demás para, por contraste, engrandecerse a sí mismo. Y el mal que siente y realiza, no le preocupa en lo más mínimo. Sólo le preocupa que no se descubra.
Esto es también el culto de la fuerza. Somos duros con los demás. Somos inclementes con los que nos rodean. Pisoteamos cualquier cosa con tal de alcanzar lo que nuestro egoísmo reclama. Tenía razón Blanco Belmonte para decir:
Vivimos siendo hermanos solo de nombre,
y en las guerras brutales con sed de robo
hay siempre un fratricida dentro del hombre;
y el hombre para el hombre siempre es lobo.
El hombre ha olvidado que la fuerza no es todo. Hemos olvidado que más allá del poder, está Dios. Hemos olvidado que todo tras lo que corremos fenecerá un día. No tenemos en cuenta que nuestra fuerza decaerá y desaparecerá. Hemos olvidado que los pueblos se levantan y caen, como se levanta y cae el hombre ambicioso. Hemos olvidado, también, que por encima de todo está Dios. Hemos olvidado que, como lo dice Job: a su hora, Dios “enflaquecerá la fuerza de los esforzados” (Job 12:21).
La fuerza no es todo. Cuando las iras del mar de Tiberíades estaban en su apogeo y amenazaban con hundir la barquilla, bastó una sola palabra del Maestro para que todo volviese a la calma.
Todo el esfuerzo del hombre, todos sus poderes, toda su fuerza combinada, no pueden cambiar la naturaleza de su corazón. Pero hay una fuerza superior a la del ser humano, superior a la fuerza material, superior a la de todos los explosivos que los hombres pudieran acumular. Es la que el profeta Isaías llama “la fuerza de la salvación” (Isaías 33:6). Esa es la verdadera fuerza, porque es la de Dios. En ella sí podemos confiar.
Dejemos a un lado todas nuestras ambiciones humanas. No corramos tras poderes que no nos llevarían sino al dolor y al fracaso. Confiemos en aquel que está más allá de la fuerza, porque él es la esencia de la verdadera fuerza. Decía el profeta Zacarías: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” ( Zacarías 4:6).
Así es. No tratemos de alcanzar el éxito por el camino de la violencia. Busquémoslo por el camino del Espíritu de Dios. Busquemos al Dios de las alturas. Sintámoslo desde nuestro corazón. Alguna vez hemos citado el caso de aquel muchacho ciego que en un terreno baldío de una ciudad había elevado al cielo una cometa, barrilete o papalote (casi en cada país le dan un nombre diferente). Un hombre que pasó cerca de él y lo vio, le dijo:
–¿Por qué haces volar esa cometa siendo que no puedes verla?
–Es verdad, señor, dijo el niño pero la siento tirar hacia arriba.
Aplicado a nuestro corazón, que ésa sea también nuestra sensación, nuestro sentimiento y nuestra realidad. Que sintamos que tira hacia arriba. Permitámosle remontarse hacia aquel que por amarnos se sacrificó en la cruz del Calvario a fin de que alcanzáramos la salvación.
No confiemos en la fuerza humana, sino en la de Aquel que todo lo es y todo nos lo quiere dar. Confiemos en Aquel que por nosotros se dio a sí mismo en el Calvario. Confiemos en Aquel cuyas manos hacen florecer el día, como dice Francisco E. Estrello:
Tus manos hacen florecer el día;
tus manos llenan de hermosura el mundo;
y porque eres, Señor, luz y armonía,
canta mi corazón en lo profundo
un salmo de esperanza y de alegría.
Tus manos van desparramando rosas
y llenas de sonrisas la mañana;
y porque en ti las noches son hermosas,
una canción en mi alma se desgrana,
y tu huella descubro entre las cosas.
Salmo de tu amor, de vida y de grandeza
eres tú, mi Señor, hora tras hora.
Eres fuente de gracia y fortaleza;
y te nos das, Señor, en cada aurora,
en cascadas de luz y de belleza.
–TÚ TODO NOS DAS, SEÑOR
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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El jardín esta muerto.
El viento se llevó la última rosa
que en él su cáliz mantenía abierto.
Sólo queda una voz: la misteriosa
voz del agua, llorando cadenciosa,
la pena del jardín sin sol, desierto.
Ni cánticos de aves, ni canciones de niño
interrumpen esta calma,
imagen de una paz sin ilusiones,
de una vida sin alma.
¡Vidas sin alma, oh mi Dios,
he visto tantas aquí en el mundo!
Vidas muertas que marchan
hacia todo lo imprevisto,
siempre tristes, inciertas...
Corazones a todo indiferentes,
abrumados de hastío,
cadáveres vivientes
en que el otoño derrotó al estío.
¡Almas sin primavera
cuántas, Señor, he visto!
Y si el hombre quisiera. . .
Dijo una voz a Lázaro: “Ven fuera”
y era la voz de Cristo.
Amigo lector, ¿estás seguro de que estás viviendo de verdad? ¿O sin quererlo te has dejado estar, y un día ha seguido al otro día, y un año a otro año, sin que te hayas acordado de que tu vida, tu verdadera vida está en Cristo, y de que vivirás de verdad sólo cuando él reine amo y Señor de tu corazón? Es posible que te hayas acordado de esto, pero ¿has hecho algo más que acordarte? ¿Has comenzado a vivir? Es decir, ¿le has abierto tu corazón al Maestro de Nazaret y es él en ti la inspiración y la vida?
Si no lo has hecho antes, hazlo ahora mismo, mientras lees estas palabras, y dile al Señor: “Heme aquí Maestro, mi vida es tuya, quiero vivirla como se debe, para honra de tu nombre, para beneficio de quienes me rodean y para la salvación de mi alma”.
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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