La vida triunfante

Toda persona normal desea triunfar en la vida. Sin embargo, la naturaleza del triunfo a que se aspira suele ser diferente en cada caso. Unos consideran que habrán triunfado si al llegar a cierta época de su vida cuentan con una fortuna. Para otros, el triunfo reside en alcanzar cierta posición social, o hacer que su nombre sea conocido en todo el mundo, sea en el terreno de la ciencia o de la política, o en cualquier otro. Y todo esto, dentro de sus límites naturales, podría justificarse.
Pero es el hecho que la verdadera vida que triunfa es aquella que, sobreponiéndose a todas las tentaciones mundanas, a todas las insinuaciones de la gloria efímera o del renombre que pasa, es capaz de elaborar un carácter sólido, tan firme y tan profundamente arraigado en el bien y en la justicia, que no haya nada que pueda hacerlo vacilar. En otras palabras, un carácter que se mantenga siempre de parte de la nobleza y del cristianismo. Esto sí es triunfo, verdadero triunfo, porque no solamente nos dará la felicidad en esta vida, sino que nos preparará para ser dignos de la vida venidera.
Una inspirada autora ha dicho que “. . . la vida sana depende del pensar sano” (La Educación, pág. 205). Y es verdad. La vida íntegra, noble, altruista, leal, depende del rumbo que le permitamos seguir a nuestros pensamientos. Somos, lo que pensamos. Por eso dice el apóstol Pablo: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto pensad” ( Filipenses 4:8).
Ya dijimos que somos lo que pensamos. Quien piensa bien, obra bien. Quien piensa mal, no podrá evitar el obrar mal. Y para pensar bien, amigo lector, para limpiar nuestra mente y nuestro corazón de pensamientos impropios e impuros, ¿qué mejor que lavar nuestra vida interior en el agua de la vida que ofrece el Evangelio de nuestro Señor Jesús? ¿Qué mejor fuente de purificación que las enseñanzas sagradas del Libro de Dios?
Quien piense bien, obrará bien. Adquirirá una fortaleza de espíritu y de carácter tan sólida, que nada podrá turbar su paz y su seguridad. Como el Maestro de Nazaret, será indiferente a la burla, al desprecio, a los halagos, al sufrimiento y, si fuere menester, a la misma muerte.
¿Quieres tú, amigo, amiga de La Voz, ser fuerte y alcanzar el triunfo en tu vida? Pues entonces, empieza por reconocer que el triunfo, el verdadero triunfo, lo podrás lograr solamente si tienes junto a ti, luchando contigo y para ti, al Maestro de los maestros, a Jesús de Nazaret. Él es la fortaleza. Él es el poder. Él es el triunfo. Déjale entrar en tu vida. Recuerda que Él no forzará la entrada. Él quiere ayudarte. Él quiere estar contigo. Está a tu puerta y llama. Ábrele. Si le abres, entrará. Amiga, amigo mío, ábrele.
Son muchos los inconvenientes que debe vencer quien desee alcanzar el triunfo en su vida. Serán muchas las pruebas a las que se verá sometido, pero aun esas pruebas pueden ser un motivo de afianzamiento en el Señor y un medio para hacernos más fuertes frente a la adversidad.
No hace mucho tiempo fuimos testigos de una tormenta en la cual el viento jugó un papel principalísimo y, con sorpresa, vimos desarraigados de la tierra árboles que habían dado la impresión de que estarían allí por la eternidad. Evidentemente, eso era sólo aparente, pues en esa zona no suele haber tormentas y cuando llegó una, los árboles no la resistieron.
Así pasa con las pruebas y dificultades que tenemos que afrontar que, después de todo, son una bendición porque nos fortalecen: nos preparan para seguir la lucha hasta alcanzar el triunfo. Lo que debemos hacer es, como dice el apóstol, estar: “. . . arraigados y fundados en amor” (Efesios 3:17). Arraigados y fundados en el amor de Dios, en la esperanza de la eternidad, en la seguridad de que Dios es bueno y que está a nuestro lado para ayudarnos a triunfar en las cosas nobles de la vida.
Triunfará quien, por su confianza en Dios, sepa llenar su vida de optimismo y sepa ver el lado luminoso de las cosas. Como bien dijo Smiles: “La vida tiene su lado sombrío y su lado brillante. De nosotros depende elegir el que más nos plazca.
Así, pues, sacudamos las tinieblas del pesimismo. ¿Acaso el creyente en Dios tiene razón para ser pesimista? ¿Un cristiano pesimista? Eso es un contrasentido, porque el
cristianismo es seguridad y esperanza. Y donde hay seguridad y esperanza, sólo cabe el optimismo:el optimismo cristiano. ¿Que hubo errores en el pasado? ¿Que más de una vez fracasamos en nuestros propósitos de vivir una vida triunfante? Lo probable es que fracasamos porque estábamos luchando con nuestras propias fuerzas, porque no estábamos dependiendo de Aquel que todo lo puede y todo lo sabe. Lo probable es que quisimos anteponer nuestras opiniones y nuestras maneras de obrar a las de Dios, y el resultado fue el único que podía esperarse: el fracaso. Pero, amigo lector, hagamos que todo eso quede sepulto en el pasado. Esto trae a nuestra mente las palabras del apóstol Pablo, que dicen:
“Hermanos, yo mismo no hago cuenta de haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13, 14).
Amigo lector, haz tú como el apóstol: olvida los errores que pueda haber en tu vida pasada; ve a Dios y pídele perdón por tus pecados. Luego, libre ya de esa carga que agobia, prosigue tu marcha hacia adelante; extendiéndote, como dice el apóstol, hacia el futuro. No vivas para el pasado oscuro; extiéndete hacia el porvenir luminoso. Avanza y no temas, si llevas a Jesús contigo. No temas, si el Maestro de Nazaret llena tu vida, tus pensamientos y tu corazón. Él quiere acompañarte en tu marcha triunfal. Quiere estar a tu lado y en tu corazón.
Quien quiera triunfar en la vida, despreciará ciertos recursos que algunas personas usan para avanzar y aproximarse a lo que esperan. Uno de ellos es la crítica. Sólo las personas inferiores recurren a ella. Es el arma que esgrime la incapacidad y la pobreza de recursos espirituales. Al fin y al cabo, nadie se engrandece empequeñeciendo a otros. Si otros triunfan, ¿por qué hemos de llegar a la mezquindad de negarles nuestro reconocimiento y nuestro aplauso? ¡Cuán severos somos a veces con los demás, y cuán excesivamente tolerantes con nosotros mismos!
Si tú, amigo, amiga de La Voz, quieres triunfar, no critiques, ni permitas que te afecte la crítica de los demás. Sé inmune a todo lo que no sea verdad. No escuches el halago de los necios. Tenía razón el escritor Francisco de Sales, para decir: “No creáis ser lo que los hombres os dicen: la mayor parte son aduladores, sin advertirlo a veces ellos mismos”.
Que Dios te bendiga, amigo lector, con la mejor de las bendiciones: esto es, el triunfo de tu vida en nombre de Jesús, nuestro Salvador. Vive de acuerdo con sus principios. Asimila sus pensamientos y obra con nobleza e integridad, para que nada te impida recibir las bendiciones que él quiere darte y el triunfo que desea que alcances. Si lo haces, la vida será para ti más amable, las dificultades más llevaderas, sentirás más simpatía hacia los que te rodean, y el cielo te será una luminosa posibilidad. El Señor Jesucristo te conducirá hasta él.
Te invito a decir con Antonio Torres Villén

¿Qué hiciera Señor yo aquí
si no te tuviera a ti?
Mi vida, triste sería
sin tu amor y compasión
sin tu cariño y perdón
y tu eterna compañía.

¿Qué hiciera Señor yo aquí?
¿Y cómo podría vivir
sin disfrutar cada día,
la preciosa salvación
y el sublime galardón
que en mi alma tú pondrías?

Si no estuvieras aquí,
muy cerquita, junto a mí,
caminar, yo no sabría.
Sin tu sabia dirección
errante anduviera yo
por este mundo, sin guía.

¿Cómo pudiera dormir
sin mi sueño a ti rendir?
¿Cómo descansar podría
sin hablar contigo, Dios,
sin implorar tu perdón,
por la noche y por el día?

¿Cómo pudiera esgrimir
esta pluma y escribir
estos versos sin tu guía?
Si fuera sólo emoción
satisfaciendo a mi yo,
¿qué lugar en ti tendría?

Siembra, pues, Señor en mí,
pasión en servirte a ti,
y que no pase ni un día
sin hablarte en oración,
sin tener tu bendición;
pues eres tú mi alegría.

Por eso, vengo ante ti,
para que quites de mí
todo lo que estorbaría
a esa hermosa relación,
como es tu vida... en la mía.

–TU VIDA... EN LA MÍA (www.adorador.com)

LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados

El jardín esta muerto.
El viento se llevó la última rosa
que en él su cáliz mantenía abierto.

Sólo queda una voz: la misteriosa
voz del agua, llorando cadenciosa,
la pena del jardín sin sol, desierto.

Ni cánticos de aves, ni canciones de niño
interrumpen esta calma,
imagen de una paz sin ilusiones,
de una vida sin alma.

¡Vidas sin alma, oh mi Dios,
he visto tantas aquí en el mundo!
Vidas muertas que marchan
hacia todo lo imprevisto,
siempre tristes, inciertas...

Corazones a todo indiferentes,
abrumados de hastío,
cadáveres vivientes
en que el otoño derrotó al estío.

¡Almas sin primavera
cuántas, Señor, he visto!
Y si el hombre quisiera. . .

Dijo una voz a Lázaro: “Ven fuera”
y era la voz de Cristo.

Amigo lector, ¿estás seguro de que estás viviendo de verdad? ¿O sin quererlo te has dejado estar, y un día ha seguido al otro día, y un año a otro año, sin que te hayas acordado de que tu vida, tu verdadera vida está en Cristo, y de que vivirás de verdad sólo cuando él reine amo y Señor de tu corazón? Es posible que te hayas acordado de esto, pero ¿has hecho algo más que acordarte? ¿Has comenzado a vivir? Es decir, ¿le has abierto tu corazón al Maestro de Nazaret y es él en ti la inspiración y la vida?
Si no lo has hecho antes, hazlo ahora mismo, mientras lees estas palabras, y dile al Señor: “Heme aquí Maestro, mi vida es tuya, quiero vivirla como se debe, para honra de tu nombre, para beneficio de quienes me rodean y para la salvación de mi alma”.

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