El sentido de la vida

Decía el escritor Constancio C. Vigil: “La vida anda ligera. . . Los días pasan al galope, como corceles desbocados. Unos hombres no hacen más que apartarlos y dejarlos pasar; otros, son tumbados y pisoteados. Los menos saltan sobre los corceles y asidos fuertemente de sus crines, llegan a la eternidad y vuelven a pasar a nuestro lado como centauros del tiempo”.
La figura usada por Vigil es muy apropiada. Los días pasan vertiginosamente a nuestro lado y sólo muy pocos saben aprovecharlos debidamente y marchan con la velocidad del tiempo. La mayoría son vencidos por la inercia. Ambicionan mucho, pero no hacen ningún esfuerzo por convertir en realidad lo que sueñan y desean. Se dejan aplastar por las circunstancias y la única habilidad que desarrollan es la de la queja y el lamento. Culpan a los demás de su falta de éxito en la vida. Achacan a los otros su fracaso y su ineptitud y creen que, de esa forma, han ajustado sus cuentas con la vida. Y no comprenden que el tiempo y las oportunidades también son dones de los cuales tendremos que dar cuenta a Dios.
Es verdad que el vivir es difícil. Las inconvenientes se multiplican por doquier. Todo es lucha y sufrimiento. Para los padres, sus hijos, a quienes aman con toda el alma, constituyen un problema cuya solución no siempre se logra. Hay que alimentarlos, vestirlos, educarlos; hay que salvarlos de los peligros de la vida y hay que ayudarles a formar un carácter noble y cristiano.
Además, muchas veces tenemos que afrontar la enfermedad física, y la del alma, que suele ser peor que la física. Nos golpean la ingratitud, la incomprensión, la falta de honradez y de moralidad. Todo esto, y otras muchas cosas, hacen tan difícil la existencia que a veces casi nos sentimos tentados a decir con el antiguo patriarca: “Está mi alma aburrida de mi vida” (Job 10:1). Cuando la existencia pesaba como plomo sobre él, dijo el salmista: “. . . Mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar” (Salmos 31:10).
¿Es esto vivir? No, esto no es vivir. Pero a esta situación se llega cuando en la vida falta la inspiración y el estímulo que pueden darnos la presencia de Dios en el corazón. Se llega a esa situación cuando el Todopoderoso está ausente de nuestro corazón y se carece de esperanza en este mundo. Entonces no se vive: se vegeta.
Quiera Dios ayudarnos a vivir de verdad, a no ser un lastre que hasta estorbe el progreso de los demás. Que Dios nos ayude a vivir amplia y generosamente para que conozcamos el verdadero éxito, a fin de que podamos ver nacer el día eterno que está más allá de las sombras de esta oscura noche que hoy se vive.
El conde León Tolstoy, en uno de sus cuentos, presenta a un joven que apenas ha entrado al bosque de la juventud cuando ve que un tigre lo viene persiguiendo. El joven corre hasta que llega a un precipicio. En una de las paredes del abismo ve la raíz de un árbol. Y para escapar del tigre, se deja caer y se ase de la raíz, quedando así colgado en el aire. Mira hacia el fondo del abismo y ve un dragón. Pero queda pasmado de horror cuando al mirar hacia arriba ve que dos ratas, una negra y otra blanca, están royendo la raíz a la cual él está asido. Tolstoy representa de esa manera lo efímero de la vida. Ese es también el caso de muchos, de miles, de millones de personas que, asidas a una raíz que van royendo los días, penden sobre el abismo, al cual caerán inexorablemente.
Volvemos a nuestra pregunta: ¿es esto vivir? No, repetimos, esto no es vivir. A veces disfrazamos nuestra dolorosa realidad detrás de apariencias. Nos refugiamos en el brillo aparente de lo que los demás creen que somos, o de lo que queremos que crean que somos. Pero todo esto es vanidad de vanidades.
En los días de la antigua Asiria, Naamán usaba un brillante uniforme, pero debajo de su ropa de militar estaba la lepra. Judas, pasaba por ser un gran financista. De ahí que llevara la bolsa con los pocos denarios que en ella había. Pero detrás de esa falsa aureola estaba el verdadero Judas, el traidor que más tarde entregó a su Maestro. Las apariencias no satisfacen. Detrás de ellas sólo hay oquedad y vacío.
¿Cuál es, amigo lector, tu situación, y cuál es la mía? ¿Vivimos
de verdad? Escudriñémonos. Los más maravillosos descubrimientos los haremos dentro de nosotros mismos. La vida no es un pasatiempo. Es algo real, es un don inapreciable que nos ha dado el Creador, y que debemos usar para su honra y su gloria, para bien de aquellos que nos rodean, y para mejoramiento de nuestro carácter. Sin embargo, a veces, no vivimos sino que apenas existimos.
Con su humor característico, Bernard Shaw sugería cierta vez el siguiente epitafio: “Murió a los treinta años; fue enterrado a los sesenta”. Y es verdad. ¡Cuántos hay que existen, pero no viven! Vegetan, ignorando el alto privilegio de vivir; de vivir intensamente para la acción que construye, para el bien de los demás, para el progreso, para el honor, para el futuro, para Dios.
Amigo, amiga de La Voz, si tú quieres vivir de verdad, allégate más a aquel que dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, a Jesucristo, nuestro Señor. Quien tenga a Jesús en el corazón vivirá de verdad. El Señor debe ser nuestra vida, no sólo en este mundo, sino también en la eternidad. Abrámosle nuestro corazón al Maestro para que, al vivir en nosotros, nos haga dignos de ese mundo venidero de bendiciones, al cual quiere conducirnos.
La vida no es sólo comer y beber, ni nuestras preocupaciones deben limitarse al alimento o al vestido. Por eso preguntaba el Maestro: “¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido?” (S. Mateo 6:25). Es decir, nutrir el cuerpo es necesario, y debemos luchar porque no nos falte con qué hacerlo. Pero, la vida es más que eso. Debemos levantar los ojos al cielo y con el salmista decirle al Señor: “Porque contigo está el manantial de la vida: En tu luz veremos la luz” (Salmos 36:9).
¡Cuántas veces el hombre reclama su libertad para vivir su propia vida, y se lanza por donde lo lleven sus inclinaciones incontroladas! ¡Y vive una vida que él llama libre y que en el fondo no es más que anarquía y desintegración! La vida tiene sus normas, dentro de las cuales no falta libertad, pero es menester que vivamos encuadrados dentro de una realidad que no sólo nos contemple a nosotros mismos, sino también a nuestros semejantes y a Dios.
¿Cuál es esa norma de la vida? El Señor Jesús contesta esa pregunta con las siguientes palabras: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (S. Mateo 19:10). ¿Qué mandamientos? Los Diez Mandamientos que son el fundamento del reino de Dios y la expresión del carácter del Creador. Conozcámoslos tal como se presentan en la Sagrada Escritura, y amoldemos a ellos nuestros actos. Entonces estaremos viviendo intensamente, fructíferamente, honradamente, cristianamente.
¡Cuántas personas viven vidas completamente inútiles! Vegetan sin aspiraciones, sin ideales, conformándose con lo estrictamente pasajero, sin esperanza para esta vida ni para la venidera. Decía Claudio Gutiérrez Marín, en su poema “Otoño”:

El jardín esta muerto.
El viento se llevó la última rosa
que en él su cáliz mantenía abierto.

Sólo queda una voz: la misteriosa
voz del agua, llorando cadenciosa,
la pena del jardín sin sol, desierto.

Ni cánticos de aves, ni canciones de niño
interrumpen esta calma,
imagen de una paz sin ilusiones,
de una vida sin alma.

¡Vidas sin alma, oh mi Dios,
he visto tantas aquí en el mundo!
Vidas muertas que marchan
hacia todo lo imprevisto,
siempre tristes, inciertas...

Corazones a todo indiferentes,
abrumados de hastío,
cadáveres vivientes
en que el otoño derrotó al estío.

¡Almas sin primavera
cuántas, Señor, he visto!
Y si el hombre quisiera. . .

Dijo una voz a Lázaro: “Ven fuera”
y era la voz de Cristo.

Amigo lector, ¿estás seguro de que estás viviendo de verdad? ¿O sin quererlo te has dejado estar, y un día ha seguido al otro día, y un año a otro año, sin que te hayas acordado de que tu vida, tu verdadera vida está en Cristo, y de que vivirás de verdad sólo cuando él reine amo y Señor de tu corazón? Es posible que te hayas acordado de esto, pero ¿has hecho algo más que acordarte? ¿Has comenzado a vivir? Es decir, ¿le has abierto tu corazón al Maestro de Nazaret y es él en ti la inspiración y la vida?
Si no lo has hecho antes, hazlo ahora mismo, mientras lees estas palabras, y dile al Señor: “Heme aquí Maestro, mi vida es tuya, quiero vivirla como se debe, para honra de tu nombre, para beneficio de quienes me rodean y para la salvación de mi alma”.

LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados

El jardín esta muerto.
El viento se llevó la última rosa
que en él su cáliz mantenía abierto.

Sólo queda una voz: la misteriosa
voz del agua, llorando cadenciosa,
la pena del jardín sin sol, desierto.

Ni cánticos de aves, ni canciones de niño
interrumpen esta calma,
imagen de una paz sin ilusiones,
de una vida sin alma.

¡Vidas sin alma, oh mi Dios,
he visto tantas aquí en el mundo!
Vidas muertas que marchan
hacia todo lo imprevisto,
siempre tristes, inciertas...

Corazones a todo indiferentes,
abrumados de hastío,
cadáveres vivientes
en que el otoño derrotó al estío.

¡Almas sin primavera
cuántas, Señor, he visto!
Y si el hombre quisiera. . .

Dijo una voz a Lázaro: “Ven fuera”
y era la voz de Cristo.

Amigo lector, ¿estás seguro de que estás viviendo de verdad? ¿O sin quererlo te has dejado estar, y un día ha seguido al otro día, y un año a otro año, sin que te hayas acordado de que tu vida, tu verdadera vida está en Cristo, y de que vivirás de verdad sólo cuando él reine amo y Señor de tu corazón? Es posible que te hayas acordado de esto, pero ¿has hecho algo más que acordarte? ¿Has comenzado a vivir? Es decir, ¿le has abierto tu corazón al Maestro de Nazaret y es él en ti la inspiración y la vida?
Si no lo has hecho antes, hazlo ahora mismo, mientras lees estas palabras, y dile al Señor: “Heme aquí Maestro, mi vida es tuya, quiero vivirla como se debe, para honra de tu nombre, para beneficio de quienes me rodean y para la salvación de mi alma”.

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