Son muchas las cosas que el hombre ha discutido y ha puesto en duda, pero quizás ninguna lo ha sido más que el cristianismo. Sus virtudes y su realidad han sido discutidas o abiertamente rechazadas por muchas personas. Y no han faltado quienes hayan ido más lejos, es decir, quienes hayan luchado abiertamente contra el cristianismo, movidos por la vana pretensión de eliminarlo del corazón de los hombres.
Cuando nos detenemos a analizar los motivos en que se basan aquellos que lo rechazan, hallamos que en algunos casos se citan las equivocadas interpretaciones de algunas de las doctrinas de la fe cristiana. En otros, se trata del fanatismo, o de la excesiva liberalidad de algunas ramas del cristianismo.
Pero lo que en realidad aleja a los hombres de la verdad cristiana es la conducta, la manera de proceder de quienes se dicen cristianos y hasta de organizaciones de índole cristiana. Semejantes motivos para rechazar el cristianismo son absolutamente falsos y carentes de lógica, porque los hombres y las organizaciones religiosas pueden equivocarse una y mil veces sin que eso afecte en lo más mínimo la esencia, pureza y verdad del genuino cristianismo, que muy a menudo desconocen aun aquellos que se dicen cristianos.
No, no puede juzgarse el cristianismo a través de una institución, o de un hombre, o de un grupo de hombres, porque el cristianismo, al fin y al cabo, no es patrimonio exclusivo de ninguna organización, de ningún hombre o de ningún grupo de hombres. Después de todo, a pesar del nombre, una organización que se llame cristiana puede no serlo, lo que no impediría que algunos de sus miembros sí lo sean. Puede haber cristianos en cualquier organización llamada cristiana a pesar de los errores de la organización, porque el cristianismo es cuestión de sinceridad y fidelidad para con las verdades que uno conoce.
Llevando este argumento aún más lejos, diríamos que aun el hecho de asistir con fidelidad a los servicios religiosos de una fe cualquiera no es garantía de que uno sea cristiano en el sentido bíblico, así como el hecho de trabajar en una relojería no lo hace a uno relojero a menos que conozca el complicadísimo mecanismo de los relojes y sea capaz de repararlos.
¿Qué es, pues, el cristianismo?
La palabra “cristianismo” se deriva de la palabra Cristo y debe servir para denominar a quienes siguen la fe y la práctica de aquel cuyo nombre toman. De acuerdo con la Sagrada Escritura, el término “cristianos”, se les aplicó por primera vez a los discípulos en la ciudad de Antioquía. Pero no fueron llamados así de buenas a primeras. Todo lo contrario. Tal cosa ocurrió después de que algunos de ellos pasaron allí un largo año enseñando los principios del Nazareno y viviendo en su propia vida lo que enseñaban. De manera que el término cristianos o cristianismo se les aplicó como una cosa natural porque vivían las enseñanzas de Jesucristo.
Pensando en nuestra propia experiencia, ¿merecemos nosotros, amigo, amiga de La Voz, el nombre de cristianos? ¿Vivimos como vivieron los discípulos y, como ellos, merecemos que se nos identifiquen con el divino Rabí de Galilea? ¿Vive Cristo en nosotros como vivió en ellos? Quiera Dios que así sea. Confiemos en el Nazareno. Él es el mismo siempre. No cambia nunca y podemos tener la seguridad de que venceremos en toda lucha gracias a su eterna y fiel misericordia.
Para poder valorar el cristianismo de hoy, es justo que lo comparemos con el de los días de los discípulos. Cuando ellos respondieron al llamamiento del Maestro, ¿qué fue lo que aceptaron? ¿Una filosofía más o menos agradable? ¿Una nueva teoría que se sumaba a las muchas que habían ya experimentado los hombres?
¡No! Nada de eso. Quizás cuando respondieron al llamamiento del Maestro, algunos de los discípulos no vieron con mucha claridad el camino que tenían por delante y lo indudable es que se equivocaron en cuanto a lo que debían esperar. Pero cuando pasaron por el crisol de la prueba, cuando sus corazones fueron sacudidos por la tremenda realidad del Calvario, el cristianismo fue para ellos, y en ellos, lo que debía ser, es decir, una vida, una experiencia íntegra, una realidad constantemente vivida en cada una de las veinticuatro horas del día. Cumplieron lo que el apóstol pide de cada uno de los cristianos en las palabras que dicen: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto” (Romanos 12:1).
Eso fue lo que hicieron los apóstoles. Cuando el cristianismo iluminó sus almas, cada uno de ellos se convirtió en un sacrificio vivo, agradable a Dios. Y no solamente fueron capaces de vivir por Cristo, sino también de morir por él.
El apóstol Santiago fue el primero de los apóstoles que murió por su fe. Fue muerto a cuchillo por el rey Herodes Agripa I, allá por el año 44 de nuestra era.
Santiago, el hijo de Alfeo, fue arrojado desde el pináculo del templo en Palestina. Luego pasó a Etiopía donde fue muerto a cuchillo.
Bartolomé predicó en Arabia y posiblemente también en la India. Unos dicen que fue encerrado en un saco y arrojado al mar y otros afirman que fue desollado vivo.
Simón el Celote murió en el martirio en tiempos del emperador Trajano.
Felipe murió en el Asia Menor ahorcado en un pilar de un templo griego, y una suerte similar corrieron los demás apóstoles del Maestro.
¿Qué fue lo que hizo que hombres una vez vacilantes, tímidos, llenos de dudas, saturados de prejuicios y de ambiciones personales fueran capaces de sacrificarse de una manera tan noble por el ideal cristiano? Es que el cristianismo llegó a ser parte de sus vidas. Jesucristo vivía en ellos. Respiraban el evangelio por cada uno de sus poros y amaban al Nazareno por encima de todo doblez, de todo interés propio y de toda mezquindad, de todo materialismo. Para ellos, vivir o morir resultaba lo mismo si lo hacían cumpliendo la voluntad de su Maestro.
¿No debe ser también esa nuestra actitud? ¿No es eso el verdadero cristianismo? ¿Por qué no dices con Manuel Noriega Portugués, en su poema A Jesús crucificado?:
A Vos corriendo voy, brazos sagrados,
en la cruz sacrosanta descubiertos,
que para recibirme estáis abiertos,
y por no castigarme estáis clavados.
A Vos, ojos divinos, eclipsados,
de tanta sangre y lágrimas cubiertos,
que para perdonarme estáis despiertos,
y por no confundirme estáis cerrados;
a Vos, clavados pies para no huirme;
a Vos, cabeza baja por llamarme;
a Vos, sangre vertida para ungirme;
a Vos, costado, abierto, quiero unirme;
a Vos, clavados preciosos, quiero atarme
con ligadura dulce, estable y firme.
Lo que hoy necesita la humanidad es menos teorías,
menos argumentos, menos armamentos y más cristianismo, mucho más cristianismo. Parece increíble que los hombres hayan llegado al grado de desesperación que han alcanzado hoy. Para su odio y su temor ya ni siquiera les es bastante la tierra, pues hasta están pensando utilizar la luna para continuar allá, o desde allá, destruyéndose y aniquilándose.
Leíamos hace algún tiempo que delegados de once naciones occidentales se reunieron en Londres para constituir la Sociedad Internacional de Cohetes Interplanetarios, cuyo fin es tomar posesión de la Luna antes de que lo haga el bando que consideran enemigo. Y recuérdese que quienes constituyeron tal sociedad no son un grupo de ilusos o desequilibrados. Son sesudos hombres de ciencia que saben lo que traen entre manos. Logren o no llegar a la Luna y tomar posesión de ella, lo cierto es que todo esto es una evidencia más de que el mundo tiene una profunda necesidad de cristianismo, de verdadero cristianismo.
Amigo, amiga de La Voz, en esta tierra lo único seguro y estable es una vida cristiana, auténticamente cristiana. Sólo el verdadero cristiano posee paz. En todo otro caso será un simple remedo de paz que se desvanecerá ante la primera sacudida de la realidad. El cristianismo es tolerancia y perdón.
Se cuenta que durante la persecución de los armenios a manos de los turcos, una joven armenia vio como un soldado daba muerte a su hermano ante sus propios ojos. Ella, sin embargo, logró huir. Algún tiempo después la joven, que era enfermera, fue obligada por las autoridades a trabajar en un hospital militar. Un día fue puesto bajo su cuidado el mismo soldado que había matado al hermano a quien tanto había querido ella. El soldado estaba sumamente enfermo. El menor descuido hubiera significado su muerte.
Aquella enfermera confesó después, que durante unos momentos experimentó un muy humano deseo de venganza, pero fue dominado rápidamente. El cristianismo que había en ella le decía que debía amar y perdonar aun a sus propios enemigos, y así lo hizo.
Amigo mío, eso es cristianismo. Vívelo tú en tu corazón. Ábrele tu vida al Nazareno para que él sea en ti la esperanza de gloria (Colosenses 1:27).
Y recuerda: ser cristiano no significa ser perfecto; significa recibir el perdón de Cristo, otorgárselo a otros y guardar sus mandamientos, por amor.
¿Dudas que lo recibirás? Él dice: “El que a mí viene no le hecho fuera”. Ven hoy a sus brazos de amor.
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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