Había en Belén un movimiento inusitado. Desde hacía varios días habían estado llegando a la pequeña población personas que venían de diferentes lugares. Todo tenía aspecto de fiesta. Al fin y al cabo, para una fiesta nunca falta un pretexto y en el caso que nos ocupa se trataba de un decreto de empadronamiento que debía ser cumplido por todos.
Cuando la virgen María y José llegaron a Belén, la población rebosaba de gente. Confiaban, sin embargo, en que hallarían un lugar en el mesón donde podrían reposar del cansancio del viaje, y donde pudiera nacer el niño esperado. Pero no, el mesón estaba lleno.
Recorrieron los lugares donde pensaban que podrían encontrar siquiera un lugar humilde. Vano empeño. Lo que no estaba ya ocupado había sido reservado por personas de influencia. En algunos casos se les negaba alojamiento porque, juzgando por la apariencia, no eran clientes de importancia y no parecían prometer suficientes ganancias a quienes, ayer como hoy y como siempre, todo lo supeditaban a sus intereses materiales.
Para ellos no había lugar en el mesón. Lo había, sí, para los opulentos, para los ricos propietarios, para los relumbrones, para los vanos, para los que iban en busca de jolgorio y de liviandad. Al niño Jesús se le negaban para nacer, hasta las mínimas comodidades que podía ofrecer un mesón de hace dos mil años.
Y nació en un establo. ¡Bendito mil veces aquel establo de Belén, purificado por la santidad del que allí nacía! ¡Con qué cariño reverente estrechó la madre a aquel Hijo de Dios que venía para salvar y redimir a la humanidad! ¡Con qué asombro contempló José la inmaculada belleza y la divina serenidad que ya irradiaba el niño Jesús! Hasta las bestias que había en el establo parecían sentir la grandeza y la solemnidad de aquel instante de milagro, y contemplaban al niño con ojos que parecían casi humanos.
Y los pastores, que en aquella noche templada permanecían en el campo con su ganado, fueron cercados de repente por un resplandor divino y un ángel les dijo: . . . “No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor” (S. Lucas 2:10, 11).
Había nacido el niño Jesús. Dice Alfredo R. Bufano:
Rubiedad más pura
ya nadie ha de ver,
ni nieve más blanca
que su fina piel
¿Conocéis los astros
del amanecer?
¿Conocéis la dicha
De ver y no ver?
Así son los ojos
del Dios de Belén,
y así las profundas
miradas de él.
Mejillas de fresas
y labios de miel
de nubes las manos,
de nardos la tez.
¡El mundo está inmóvil
a los pies de él!
“Romance del Jesús Niño,” (fragmento)
Sí, Jesús nació en un establo, ignorado por todo el mundo. Sin embargo, la profecía de Miqueas anunciaba desde hacía seiscientos años el lugar preciso donde nacería, es decir, Belén de Judá. La profecía de Daniel también anunciaba, desde hacía varios siglos, el año exacto del nacimiento. Sin embargo, el mundo lo ignoró. Absorto en sus propios intereses egoístas, pasó por alto el maravilloso advenimiento del Hijo de Dios. Pero, no, no todos lo ignoraron. Volvamos atrás con la imaginación:
¿Quiénes son estos que se acercan a Belén al paso lento y monótono de sus camellos? Todo revela que vienen de lugares distantes. Y, ¿qué traen en esos cofres que parecen guardar celosamente, como si fuera un preciado tesoro? ¿A dónde van? No lo saben. Tampoco saben cuándo terminará su viaje. Van siguiendo una estrella que les anuncia el nacimiento del Salvador de la humanidad. Son los misteriosos sabios del oriente que conocían las Sagradas Escrituras, estudiaban sus profecías y las creían. Cuando se cumplió el tiempo marcado por Dios, vieron la estrella que había de guiarlos hasta el lugar donde estaba el Salvador, y allá iban con sus presentes: con su mirra, con su incienso, con su oro, y con sus corazones llenos de fe y de regocijo. Y, guiados por la estrella, llegaron a Belén de Judá y hallaron al niño, ante quien se postraron adorándolo como Dios, como Salvador, como el Mesías largamente esperado.
Decía Emilio Carrere:
Los reyes de Oriente con su pompa real
llegan al umbral del pobre portal
los viejos monarcas de barbas de lino
arrullan el sueño del Niño Divino;
los magos que saben la cifra ideal
Del inescrutable libro del Destino.
Son sabios astrólogos, raros nigromantes
–los mantos de armiño llenos de diamantes
reyes centenarios que en sus dromedarios
traían simbólicos y amables presentes
desde sus remotos reinos legendarios,
que tienen magníficos nombres refulgentes.
El aire está henchido de frescas canciones;
son rosas de plata las constelaciones;
de un son de rabeles la noche se llena,
y en las frentes niñas de bucles sedeños,
enciende el milagro de los blancos sueños
la lunita blanca de la Nochebuena.
Las bíblicas rosas nos dan su fragancia;
y, ante el inefable misterio pascual,
el mundo recobra su prístina infancia,
sobre el árbol triste del Bien y del Mal.
Estampa de Nacimiento
Había nacido el niño Jesús. Las palabras milenarias que lo anunciaban se habían cumplido. La sabiduría divina hablaría por su boca y llamaría a los hombres a la realidad de una vida espiritual más profunda y más sincera. La divinidad había tomado nuestra naturaleza enferma y llena de pecado para redimirla y alejar de ella la maldición de la muerte.
La divinidad de Jesucristo se reveló, no sólo en su nacimiento, sino en toda su vida y luego en su muerte. Sanó enfermos, resucitó muertos, aplacó las furias del viento y del mar, hasta las tenebrosas tinieblas del mal lo reconocían como Dios y lo temían. Reivindicó las demandas de la Ley Divina, desfigurada por escribas y fariseos. Magnificó la eterna ley de los Diez Mandamientos, de la cual dijo que mientras que hubiera cielo y tierra no perdería “ni una jota ni una tilde”.
Allá en Belén nació el Salvador que nos enseñaría el profundo contenido de la palabra perdón, que nos enseñaría que su evangelio es la paz, que su Ley es amor y que, por lo tanto, deberíamos amarnos los unos a los otros.
Los pastores que estaban en el campo cuando el ángel les anunció el nacimiento del Mesías, lo dejaron todo y corrieron al establo de Belén para postrarse ante el niño y adorarlo. Los magos, reyes de misteriosos reinos, salieron tras la estrella guiadora para llevar a Belén los presentes de su amor y de su acatamiento.
Y, nosotros, ¿qué hemos hecho? ¿Qué estamos haciendo por el Salvador? ¿Tiene siquiera un lugar en nuestro corazón? ¿Le negamos una morada en nosotros como los mesoneros de antaño? ¿Estamos llenos de ridículos prejuicios nacidos de conceptos estrechos y vulgares?
Contemplemos con admiración el milagro de Belén de Judá. Allí nacieron nuestras posibilidades de vida eterna. Allí se cumplió la promesa que Dios había hecho a todos los seres humanos desde el principio del tiempo. Allí nació el Salvador de la humanidad, allí nació Jesús de Nazaret, allí nació la esperanza.
Pastores y pastoras, abierto está el edén.
¿No oís voces sonoras? Jesús nació en Belén.
Dejad vuestra manada, venid, venid,
a ver a la anunciada flor de David.
La luz del cielo baja, el Cristo nació ya,
y en un nido de paja como avecilla está.
El niño está friolento; ¡oh, noble buey!
Arropa con tu aliento al niño rey.
Los cantos y los vuelos invaden la extensión
y están de fiesta cielos y tierra y corazón.
Resuenan voces puras que cantan en tropel:
¡Hosana en las alturas al Justo de Israel!
Pastores en bandada, venid, venid,
a ver a la anunciada flor de David.
La luz del cielo baja, el Cristo nació ya,
y en un nido de paja como avecilla está.
–Nochebuena, de Frank González
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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