El hombre que caminó con Dios

Desde el comienzo del mundo, todo ser humano ha muerto –incluido el mismo Señor Jesucristo–, con dos excepciones: Elías, el fogoso profeta del Monte Carmelo, y Enoc, el hombre excepcional que vivió antes del diluvio universal. Ambos fueron “trasladados” al cielo sin probar la muerte. ¡Un tratamiento muy especial!
En el caso de Enoc, su vida tiene especial significado para nosotros hoy. Hebreos dice de él: “Por la fe Enoc fue trasladado sin ver la muerte, y no fue hallado, porque Dios lo trasladó. Y antes de ser trasladado, tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (Hebreos 11:5). Lo mismo expresa el libro de Génesis, en estas palabras: “Enoc anduvo con Dios 300 años. . . y desapareció porque Dios lo llevó” (Génesis 5:21-24).
Eso mismo le sucederá a mucha gente cuando Jesús venga por segunda vez. Dice el apóstol Pablo: “Por eso os decimos en Palabra del Señor, que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el mismo Señor descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes [igual que lo fuera Enoc], a recibir al Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:15-17).
El plan que Dios tiene para ti y para mí es que “caminemos con Dios” tal como Enoc lo hiciera hace muchos siglos. Estamos viviendo muy cerca del día cuando Jesús volverá. A muchos, esta idea de “caminar con Dios” les puede parecer una novedad, pero es lo que la Biblia llama “verdad presente”, para nuestros días. Ahora, en este “tiempo del fin” que menciona Daniel 12:4, justo antes de la segunda venida de Cristo, Dios nos está llamando a “caminar con él” en forma especial, como lo hiciera Enoc. Y el libro de Efesios es el manual ideal que podemos escudriñar mientras “caminamos” con el Señor.
Repasémoslo, por un momento.
Efesios 1 nos presenta las Buenas Nuevas de que, por cuanto Cristo se convirtió en “el Salvador del mundo”, el Padre adoptó a toda la raza humana “en Cristo”. ¡Su acto de dar a su Hijo para que fuera nuestro Salvador, demuestra que nos ama tanto como ama a su propio Hijo! El Padre ha predestinado a todos para que sean salvos “conforme al afecto de su voluntad, para alabar su gloriosa gracia, que nos dio generosamente en el Amado” (vers. 46). Dios se complace al darnos la bienvenida como miembros de su familia.
Desgraciadamente hay algunos (la Biblia dice que son muchos) que resistirán y rechazarán la invitación a ser adoptados como miembros de la familia del Padre. Desprecian y desechan el bendito don que Cristo ya les ha concedido.
Estas Buenas Nuevas tan reconfortantes continúan en el capítulo 2 de Efesios, donde leemos que “por gracia habéis sido salvos por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe” (vers. 8, 9). Repetimos: la salvación no es un pago, sino un regalo.
En el capítulo 3 vemos cómo Pablo oró por nosotros, pidiendo “que Cristo habite por la fe en vuestro corazón, para que, arraigados y fundados en amor [ágape]”, “seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (vers. 17, 19). ¡Eso es precisamente lo que Enoc gozaba cuando caminaba con Dios! Se mantenía tan cerca de él, que un día dio un paso más de lo acostumbrado. . . y entró al cielo. Sin embargo el mundo de sus días era tan corrompido como el nuestro es hoy. No importa cuán lleno de pecado sea el mundo que nos rodea, nosotros podemos ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y perversa” (Filipenses 2:15).
A continuación aprendimos en el capítulo 5 de Efesios cuál es el secreto de la felicidad y la paz en nuestra vida matrimonial: radica en contemplar el amor que Cristo siente como el Esposo de la iglesia, su amada. ¡Mientras más lo contemplamos, más parecidos a él llegamos a ser! Este es un milagro que sucede cada día.
¿Y el precioso capítulo 6 de Efesios? Cuando le das de comer a los corderos, tienes que ponerte a su nivel, allí donde ellos están. Esto es lo que hace nuestro “hermano Pablo” en ese capítulo. Se dirige a los niños y las niñas: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo” (Efesios 6:1). Pero ¡cuidado! dice: “EN EL SEÑOR”. Por cuanto Cristo murió por ti, has llegado a ser miembro de su familia; el Padre de Cristo es ahora tu Padre. Amas y respetas a tus padres terrenales, pero si por no saber ellos te piden que hagas algo contrario a la Palabra de Dios,
¡no puedes permitir que tus padres terrenales se interpongan entre tú y el que murió por ti!
¡Pero también hay Buenas Nuevas para los padres! Mientras ayuda a los hijos, Pablo recuerda las cargas que llevan los padres. Sabe cuán duro tienen que trabajar para sustentar a la familia. Conoce bien los problemas económicos por los que pasan, sus pruebas y decepciones. Sabe también que a veces el trabajo es tan pesado y la tensión tan grande, que el padre se impacienta con los hijos.
Padre, Pablo te asegura que, no importa cuán grandes sean las cargas que lleves, puedes resistir la tentación que te pone el diablo, de ser rudo u hostil para con tus pequeños: “Y vosotros, padres, no irritéis a vuestros hijos; sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (vers. 4). Cuando Dios nos da su palabra no dejará de concedernos la gracia y la sabiduría que necesitamos para guiar y enseñar a nuestros hijos “en disciplina. . . del Señor”.
Amigo lector que eres padre, el Salvador te concederá la gracia que necesitas para hacer un excelente trabajo con tus hijos. Todos los niños del barrio los envidiarán, porque el Señor que le prometió sus bendiciones a Abrahán te las está concediendo a ti, al decir: “Te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás una bendición” (Génesis 12:2, 3).
El inspirado apóstol, como un multimillonario que está redactando su testamento y te nombra a ti como su beneficiario, te dice (y a mí también):
(1) “Por lo demás hermanos míos, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las artimañas del diablo” (vers. 10-17). Pablo habla en el nombre del Señor, como su portavoz. Cuando Dios nos hace llegar un mandato como éste, al mismo tiempo lo hace ser una promesa que incluye la capacitación, el don de la gracia para llevar a cabo el cumplimiento de su promesa.
“Las artimañas del diablo” son la forma como nos ataca a todos. No puedes escapar de la batalla a menos que te rindas ante él. Pero tú no quieres comprar la paz a costa de unirte con el diablo, ¿verdad? ¡Los que eluden la lucha pierden el gozo de la victoria!
(2) “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne; sino contra principados, contra potestades, contra dominadores de este mundo de tinieblas, contra malos espíritus de los aires” (vers. 12). Ninguno de nosotros entrará al cielo navegando con la corriente. Si tenemos que afrontar tormentas y oposición, nuestro Salvador proveerá la armadura.
Ahora, Pablo describe ante nosotros la armadura:
(3) “Estad, pues, firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad, vestidos con la coraza de justicia, calzados los pies con la prontitud para dar el evangelio de paz” (vers. 14, 15). No debemos afrontar una granizada de balas y morteros de algún enemigo terrenal, pero confrontamos mentiras que tuercen las enseñanzas de la Palabra de Dios, mentiras mortíferas, porque tienen consecuencias eternas: la destrucción de las almas.
(4) “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno” (vers. 16). Pablo se refiere a las flechas incendiarias que usaban los ejércitos romanos, para las que la única protección era un escudo metálico. Por lo que lo más importante es estar armados con la “fe”.
¿Y qué es la fe? Tener fe es decirle “sí” a Dios; es apreciar cuánto le costó al Hijo de Dios salvarnos, dando su vida por nosotros. Es darnos cuenta de que Cristo murió nuestra segunda muerte con el fin de salvarnos de la muerte eterna (esto debe conmover tu corazón). La fe es la confianza inquebrantable en que cada palabra que Dios ha dicho es verdadera. En Romanos 12:3 hay Buenas Nuevas. Pablo dice que Dios ya nos ha concedido a cada uno de nosotros una “medida de fe”. Ahora es nuestro privilegio atesorar lo que él nos ha dado, y dejar que crezca constantemente.
(5) “Tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Y orad en el Espíritu, en todo tiempo, con toda oración y ruego” (vers. 17, 18). Ahora vemos al “soldado” de Cristo alistándose para la batalla; no se le olvida nada, cada uno de sus miembros está cubierto con la armadura; hasta la cabeza está protegida.
(6) Ahora necesitamos orar “en el Espíritu [Santo], en todo tiempo, con toda oración y ruego, velando en ello con perseverancia y súplica por todos los santos” (vers. 18). ¡Oh, qué vida maravillosa es caminar con Dios, así como Enoc caminó con él mucho tiempo atrás!
Y recordemos: alrededor de todo el mundo hay ahora mismo multitudes que se gozan en las verdades que imparten los mensajes de La Voz de la Esperanza. Estas personas que se regocijan y creen, forman una familia de “santos”, santos vivos, de carne y hueso, que “guardan los mandamientos de Dios y tienen la fe de Jesús”. No están esperando a que alguna comisión canónica los declare “santos” mucho tiempo después de su muerte. No; es ahora mismo que el Padre celestial los contempla con gozo, reconociendo en ellos los frutos del sacrificio de Cristo. Dios envía la verdad; sus “santos” la aceptan y creen en ella; además, la viven gozosos mientras estén en este mundo.
(7) Ahora Pablo dice adiós: “Paz a los hermanos y amor [ágape] con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con sinceridad” (vers. 23, 24). Así termina Pablo esta carta maravillosa.
Y a ti, amigo, amiga de La Voz, ¡te damos la bienvenida como integrante del grupo de los santos vivientes, la gran familia de Dios!

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