Lo que hace que la Biblia sea especialmente preciosa es el hecho de que no se limita a decirnos qué hacer con nuestros problemas. Dios, nuestro Gran Médico, va mucho más lejos que sólo diagnosticar nuestra enfermedad, puesto que también nos ofrece la cura. No sólo nos dice por qué nuestro hogar no es feliz, sino que, además, provee la medicina que sana el problema. Y la medicina nunca resulta un trago “amargo”; siempre es Buenas Nuevas. Las Buenas Nuevas de Dios, que contienen su precioso mensaje evangélico, nos dicen lo que el mismo Señor ya ha hecho para resolver nuestro problema; no se limita a lo que él hará si es que nosotros hacemos primero algo que merezca su ayuda.
En el mismo comienzo, Dios proveyó lo necesario para aliviar la soledad del hombre. Adán vivía en el “balneario” más fabuloso que podamos imaginar. Todo lo que pudiera desear un multimillonario estaba a su disposición; no había nada para descubrir que estuviera más allá de su capacidad. Su vida transcurría en el Paraíso, sin nada que echara la menor sombra sobre su felicidad. Todo lo que pudiera comprarse hoy con dinero (y mucho más) era suyo.
Pero estaba solo. Ese era su único problema. Adán vio que todas las otras criaturas que habían salido de la mano de Dios eran macho y hembra; cada uno tenía un compañero con quien compartir los goces de la vida. Sólo Adán estaba incompleto. Podía ver en sí mismo la evidencia de que no estaba completo. Entonces, nos dice la Biblia, el Señor creó para él lo que tanto anhelaba: una mujer. Era un ser que suplía perfectamente su soledad, que lo complementaba cabalmente en todo aspecto, proveyendo perfectamente todo lo que él no tenía en sí mismo. La Biblia dice que Eva era “una ayuda idónea” para su esposo (Génesis 2:18). “Entonces Dios el Señor. . . formó una mujer, y la trajo al hombre. Entonces Adán exclamó: ‘¡Esto sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Será llamada “mujer”, porque del varón fue tomada’. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su esposa, y serán una sola carne” (vers. 21-24). Este fue el primer matrimonio; y aún hoy, después que han pasado miles de años, el plan de Dios para nuestra felicidad sigue siendo que el hombre y su esposa “se unan”.
Pero a menudo surge un problema. En vez de que ambos “se unan” hasta que la muerte los separe, los dos experimentan un alejamiento, y sus afectos se enfrían. Y en este punto es que Efesios, ese bendito libro de Dios, aparece en escena trayéndonos sanamiento y felicidad. Veamos:
(1) ¡En primer lugar, el apóstol nos aconseja cantar! ¿Podemos imaginar algo así? Esto es lo que dice: “Sed llenos del Espíritu. Hablad entre vosotros con. . . himnos y canciones espirituales, cantando y alabando al Señor con todo el corazón. Siempre dad gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Efesios 5:18-20). ¡Qué maravilloso consejo! Todo hogar debiera estar lleno de canciones y agradecimientos a Dios. Desde el primer día de su matrimonio, se invita al esposo y la esposa a arrodillarse juntos para hacer lo que se conoce como “el culto familiar”, con el fin de orar juntos y cantar los bellos himnos de alabanza al Señor que los ha hecho ser uno.
(2) Esto dará como resultado que el esposo y la esposa sean “sumisos unos a otros por reverencia hacia Cristo” (vers. 21). El solo acto de arrodillarse juntos para orar, traerá sanamiento a dos corazones separados. ¿Por qué hacemos esta declaración tan positiva? Porque la promesa que Jesús hizo siempre se cumple. Aquí está: “Os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra, todo lo que pidan les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (S. Mateo 18:19). ¡Aunque Satanás convocara a todos sus demonios, no podrían revocar esa promesa, la cual se cumple en favor de cualaquier esposo y esposa que oren juntos!
(3) Dios no se propone que ninguno de ambos cónyuges domine al otro, o le imponga sus exigencias. Pablo dice a las esposas: “Estad sujetas a vuestros esposos, como al Señor, porque el esposo es la cabeza de la mujer, así como Cristo es la cabeza de la iglesia y Salvador del cuerpo” (vers. 22, 23). Pero pensemos con cuidado: ¡lo dicho no justifica la tradición popular según la cual el esposo tiene permiso para portarse como un tirano egoísta! ¡Mil veces no¡ Debe dominarse “en Cristo” con el fin de ser para con su esposa lo mismo que Cristo es para con su iglesia. ¿Y cómo trata Cristo a su iglesia? Ciertamente que no usa con ella el estilo “machista” de muchos jefes de hogar.
Dios no creó a la mujer para que fuera una alfombra que se puede pisotear. Jesús nunca obligará a su iglesia a que le sirva en forma automática, motivada por el temor. Así también es la forma como el esposo puede llevar la felicidad a su hogar: ganarse el corazón de su esposa con su amor y comprensión. Dios ha creado a la mujer con un don programado interiormente, que le permite responder con gozo cuando el esposo le manifiesta un amor así.
Lo primero que tiene que suceder es que el esposo debe saber quién es Cristo. No puede ser culpado por lo que no conoce. Quizás fue criado en un hogar en el cual el amor estaba ausente, o tal vez nunca fue expresado. No sabe cómo hacer profundamente feliz a una mujer. Y aquí es, precisamente, donde el Señor se presenta en escena como el Médico de los corazones turbados. Le enseña al esposo lo que éste nunca pudo aprender en el pasado. Si hay universidades que pueden conceder diplomas a sus estudiantes, sin duda que Dios les puede conceder a los esposos (y también a las esposas) la oportunidad de tomar algo mejor que un curso sobre el matrimonio, inscribiéndose en un curso de felicidad en la escuela de Cristo. “Maridos, amad a vuestras mujeres , así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla y limpiarla en el lavado del agua, por la Palabra” (Efesios 5:25, 26). “Santificar” a la iglesia significa apartarla como algo muy especial.
¡Que el esposo considere a su esposa la mujer más especial de su vida! Nunca se atreva el esposo a maltratarla o disminuirla de modo que ella sienta que no es el objeto principal de su amor y estimación. El buen esposo nunca se atreverá a avergonzarla para que haga mejor, ni compararla en forma despreciativa con alguien más. No es esa la forma de producir en nadie una respuesta de amor. Cristo enseña una forma mejor.
(4) El Señor Jesús comienza con una “esposa” [su iglesia] que está muy lejos de ser perfecta. Vemos aquí un paralelo con nosotros: rara vez, o nunca, se halla preparado ninguno de los cónyuges para ser, en el momento de contraer matrimonio, todo lo que el otro espera. Hay desencantos y fracasos. Pero Jesús enseña y prepara a su novia, de modo que ella sea “santa e inmaculada” (vers. 27).
Siempre que me encuentro con una mujer madura que es interiormente bella y feliz, pienso: “¡Me gustaría conocer a su esposo! Debe ser un hombre muy sabio”. A fin de cuentas, el esposo obtiene la clase de esposa que él mismo ha hecho posible que ella llegue a ser. Su trato abnegado y comprensivo ahora recibe una recompensa en la felicidad que ella le trae, más allá de todo cálculo. Parece casi egoísta, pero Pablo dice: “De ese modo el esposo debe amar a su esposa como a su mismo cuerpo. El que ama a su esposa, se ama a sí mismo” (vers. 28). Aun en sus encuentros íntimos, los esposos aprenden que lo que produce el mayor placer y la felicidad más duradera, es prodigarle a su compañera sus cuidados abnegados.
(5) Busquemos por todo el mundo, y veremos que “nadie odió jamás a su propia carne, antes la nutre y la cuida” (vers. 29). Aquí vemos en seguida que la bendición es parte integrante de nuestra naturaleza humana; ¡el único problema es que el pecado, con su mundanalidad, nos ha hecho ser ciegos a lo que el Señor ha escrito dentro de nuestra propia naturaleza! Cuando comprendemos estas Buenas Nuevas, vemos cuán cierto es que mucho antes de que tuviéramos problemas en nuestro matrimonio, ¡el Señor, en su calidad de gran Médico, ya los había resuelto! ¡Necesitamos ver lo que ha hecho! Quizás nos sintamos necios por haber estado ciegos por tanto tiempo, pero esta es la razón por la que debemos orar continuamente, como el hombre arrepentido que oraba: “Dios, ten compasión de mí, que soy pecador” (S. Lucas 18:13).
(6) Efesios ahora nos revela el plan que Dios tiene para que haya felicidad duradera entre el esposo y la esposa. El apóstol cita lo que Adán había dicho mucho antes: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos vendrán a ser una sola carne” (Efesios 5:31). La palabra original que se traduce como unir significaba un estado de unión que no permite la división”. Unidos para siempre en amor, primero apreciando que Cristo se haya entregado a sí mismo por nosotros; y segundo, apreciándose profundamente el uno al otro.
(7) No podemos olvidar que el plan de Dios para nosotros es que los “dos” lleguemos a ser “una sola carne”. No se trata de “nosotros tres” o cuatro, o lo que sea, como lo dictan las costumbres modernas. Nunca el divorcio formó parte del plan de Dios, porque Dios nos ama y quiere que seamos verdaderamente felices ahora, y para siempre.
A veces sucede que una pareja de divorciados responden al evangelio que oyeron individualmente cuando ya estaban separados. Entonces experimentan un redescubrimiento del cónyuge y vuelven a unirse sobre nuevas bases, de modo que llegan a ser felices. Pero no todos están en tal situación. Un sabio consejero conversaba con cierto varón que se había divorciado de su esposa y se había casado con otra mujer. Más tarde se había convertido y arrepentido. Ahora quería saber si debía deshacer su segundo matrimonio y volver al primero. El consejero, sabiamente le dijo: “Usted ya quebrantó el corazón de una mujer; no vaya, ahora, a quebrantar el de otra”.
El amor con el cual Efesios dice que los maridos deben amar a sus esposas es el ágape, es decir, el amor abnegado con el cual Cristo nos amó a nosotros, y que lo llevó a morir por salvarnos. Es ese amor, absolutamente exento de egoísmo, el que el Señor Jesús le enseña a todo corazón contrito y humillado. ¡Sin él, ninguno de nosotros podría sentirse feliz en el cielo, ni siquiera por un día!
¡Hoy el Espíritu Santo nos ofrece llenar tu corazón y el mío con ese amor! ¿Quieres abrir tu corazón para que Cristo lo pueda colocar allí?
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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