Esperanza para el adicto

Los alcohólicos necesitan con urgencia algo que no tienen en sí mismos. No pueden vivir por sí solos. En la mañana no salen sin un trago que los fortifique; no pueden presentarse a una entrevista de trabajo si no han bebido algo de alcohol; no pueden ser el alma de una fiesta sin haber consumido bebidas alcohólicas. Tienen que tomarse un trago de algo intoxicante, o no pueden afrontar las tareas habituales de la vida diaria. Y la esposa y madre que padece de alcoholismo secreto, se ve obligada a mantener su botella escondida en algún rincón, donde nadie la vea. Y el alcoholismo, ya sea que lo sufra el padre o la madre, está destruyendo la felicidad de la familia.
Sin duda alguna, el alcohólico daría cualquier cosa por verse libre de las garras de este demonio. ¿Crees tú, amigo o amiga de La Voz, que el gran Dios del cielo se interesa en esta tragedia que se desarrolla aquí abajo? Jesús nos dijo que Dios se da cuenta aun de cuando un pequeño gorrión cae al suelo en el bosque. Entonces, debemos creer que también se interesa en la familia herida por el alcoholismo.
El primer paso en la liberación es creer que el Padre celestial que toma nota del pajarillo que cae, también y con mayor razón se interesa profundamente en ti. Porque “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. . . nos eligió en él. . . y nos predestinó para ser sus hijos adoptivos por Jesucristo” (Efesios 1:35). El apóstol Pablo dice, además, que a Dios le agrada escoger y asignarle su destino a cada uno de nosotros. Eso es lo que se desprende de la expresión: “. . .con forme al afecto de su voluntad”.
El segundo paso necesario para que el alcohólico se libre de su adicción es encontrar algo que ocupe el lugar de dicha adicción. El alcohólico sabe que no puede manejar su vida por sus propios medios. Debe tener ayuda constante, porque el ansia de alcohol lo deja penosamente solo y desesperado. Debe beber algo distinto, que tome el lugar del alcohol que le ha causado tal dependencia. Eso otro que debe reemplazar al alcohol es lo que Dios provee. Es algo real, genuino; además, es sumamente poderoso.
Veamos lo que dice Efesios 5:17 y 18: “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál es la voluntad del Señor. Y no os embriaguéis con vino, que conduce al desenfreno. Antes sed llenos del Espíritu [Santo]”.
Estas palabras de Efesios no caen en la categoría de palabrería religiosa como lo que oímos tan a menudo. Pablo dice que la persona acostumbrada a embriagarse con vino, no puede detenerse y cambiar, sin haber recibido el único verdadero Sustituto de ese falso apoyo que siempre le creó su adicción anterior. Ese nuevo Sustituto es el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo trae consigo la presencia literal, razonable e iluminadora de Dios en persona. Nuestro Creador viene a nosotros en la forma de su Espíritu.
Esta realidad fundamental tiene sentido. Hay un Dios, y ese Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando Jesús se preparaba para dejar a sus discípulos y volver al cielo, les dijo: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. . . yo rogaré al Padre, para que os dé otro Consolador, que esté con vosotros siempre, al Espíritu de verdad” (S. Juan 14:16-18). Esto significa que el Espíritu Santo es la presencia personal de Cristo mismo, en Espíritu. A través del Espíritu Santo, puede acercarse a multitudes de personas, de modo que cada una de ellas esté tan cerca de él como si no hubiera en el mundo otro individuo que reclamara su atención. Por medio del Espíritu Santo, el alcohólico que cree en Cristo se halla más cerca de él que lo que estuvieron Pedro, Santiago y Juan 2000 años atrás.
El tercer paso es darle “gracias” a Dios por adelantado por este regalo maravilloso. “El que se acerca a Dios, necesita creer que existe, y que recompensa a quien lo busca” (Hebreos 11:6). Dios nunca pasará por alto a ningún alcohólico que cree en estas dos verdades: Que Dios existe, y que recompensa a quienes lo buscan. Nadie puede creer por otra persona. Si el alcohólico confiesa esa fe, conocerá el gozo de la victoria. No importa si sientes vergüenza de hacerlo; no te preocupes de lo que otros piensen de ti. Deja de decir: “¿Y si fracaso?” Haz la elección de creer en estas dos grandes verdades, y afírmalas en voz alta. ¡Que tus oídos te escuchen decirlo!
El cuarto paso consiste en beber a grandes sorbos el “vino nuevo” que ha tomado el lugar de tu antigua sed de alcohol. Ese “vino nuevo” es el Espíritu Santo. Es “gozar” con lo que dice la Biblia acerca de Jesucristo, como nos gozamos con nuestro automóvil nuevo o nuestra nueva casa. La enseñanza del evangelio bíblico es tan intensamente interesante y tan nutritiva para el alma, que una vez que la pruebas te vuelves un “adicto” de algo que es perfectamente saludable y siempre provechoso.
El quinto paso es precisamente darle la bienvenida al nuevo amor que ha venido a sustituir la vieja adicción. El alcohólico ya ha aprendido que no puede vivir la vida por sí solo; sabe que tiene que apoyarse en algo o en alguien, para no caer. Pero ahora descubre un nuevo “puntal”; y ese apoyo es el Santo Espíritu de Cristo. “Separados de mí, nada podéis hacer”, dice nuestro Señor (S. Juan 15:5). Cualquier alcohólico que se divorcie de Cristo se hallará completamente impotente.
El Espíritu Santo es la presencia íntima del Hijo de Dios. No se trata de oír de él, o aprender de él; es recibirlo personalmente. Llegas así a conocer a Cristo como el que te salva de ti mismo; sabes que está íntimamente relacionado contigo, que conoce todas tus debilidades y tus penosos fracasos, las numerosas ocasiones en que has cometido grandes necedades. Cristo padeció tu segunda muerte en tu lugar; te redimió y nunca te abandonará. No me entiendas mal: Te convertirás en un “adicto” a su presencia. Esto es algo muy bueno. Cristo toma el lugar de la antigua adicción al alcohol. Y no tiene nada de malo decirle a todo el mundo: “¡Yo no puedo vivir sin él!” El apóstol Pablo ya lo dijo: “Para mí, el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21).
El sexto paso no es más que buen sentido: Tienes que cuidar de tu cuerpo. Las ansias del alcohólico se ven estimuladas por la comida impropia, los platos a base de carne y demasiado sazonados o recargados de especias irritantes, y por el uso inmoderado de azúcar. Practica el dominio propio en lo que comes; dale a tu cuerpo la oportunidad de recuperar su tendencia natural que el mismo Creador programó originalmente en ti, de rechazar y aborrecer el alcohol. Llevar un estilo de vida incorrecto estimula el uso de drogas y alcohol. ¡No comas lo que te hace mal!
Hemos llegado a los últimos días de la historia del mundo, la época a la que la Biblia se refiere como “el tiempo del fin” (Daniel 12:4). Es el tiempo que Daniel describe como “la purificación del Santuario”, cuando Cristo, desempeñando su papel de Gran Sumo Sacerdote del mundo, ha entrado en el lugar santísimo del santuario celestial con el fin de completar allí su ministerio en favor de la raza humana (Daniel 8:14). Vivimos hoy en el gran día cósmico de la expiación. Millones de individuos que piensan, están comenzando a darse cuenta de cuán especial es este tiempo! Viven como quienes se dan cuenta de que el Señor está próximo a venir. Todo lo ven con nuevos ojos.
El día de la expiación es el tiempo en que cada uno de nosotros necesita reconciliarse plenamente con Dios. Toda esa antigua ira, esa separación, queda sanada. ¡Qué desperdicio de la vida significa estar enemistado con Dios! Nos desgastamos continuamente, hasta que experimentamos esa bendita reconciliación con él.
Esta idea de expiación o reconciliación se halla profundamente entretejida en la cruz de Jesús. Cuando por fin se abren nuestros ojos, vemos lo que realmente sucedió: no fueron los judíos ni los romanos los que lo crucificaron, sino NOSOTROS MISMOS. No tiene sentido seguir tratando de engañarnos a nosotros mismos, pensando: “¡Yo no estoy enemistado con Dios! ¡Entre él y yo no hay problemas!” La verdad es que entre Dios y nosotros ha surgido un tremendo problema. “Porque la inclinación de la carne es contraria a Dios, y no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7).
Así somos, tú y yo; no hay razón para quedarnos indecisos, vacilando en cuanto a esto. Esa “inclinación” es la tendencia habitual de la “carne”, es decir, la naturaleza con la cual hemos nacido todos. Hemos sido demasiado tercos como para reconocer la verdad, hasta que el Señor usa a alguien que nos la señala; esto es lo que realiza el evangelio cuando se presenta ante nuestros ojos. Y la idea de “enemistad” siempre conlleva la idea de “asesinato”. Allí en la cruz fue donde nuestra enemistad contra Dios, al fin, salió a la luz y todo el mundo la pudo contemplar por medio de la crucifixión.
Pero al mismo tiempo, la cruz nos dice que Dios nos ha perdonado. “Reconciliaos con Dios” es el mensaje de hoy (2 Corintios 5:19, 20). ¡Sí! ¡De ahora en adelante, el alcohólico que cree en Cristo andará en paz y será feliz por el resto de su vida!
Por último, el séptimo paso es críticamente importante: Creer que a través de los pasos 1 al 6, el mismo Señor ha estado trabajando en tu corazón. Aférrate de esa convicción. Debes estar, como Pablo, “seguro de que, el que empezó en vosotros la buena obra, la irá perfeccionando hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). Ese es el Espíritu Santo; así obra él. Nunca abandonará la obra que ha comenzado en tu corazón.
Supongamos que tropiezas y caes. ¿Te darás por vencido? ¡Mil veces, no! Si has cometido un error, no por eso se enoja contigo. No dice: “¡Ah, yo sabía que Fulano nunca iba a lograrlo!” ¡No! Dios te ama, y se propone que tengas éxito. Él te ha salvado, y promete sostenerte con su mano derecha. (Isaías 41:10.) Reconoce que en ti mismo no hay ni fortaleza ni justicia. Declárate en bancarrota moral ante el Señor y sus santos ángeles; corta las ataduras de tu dependencia que te mantienen en la cautividad del mundo. Estás ahora alejándote de la tierra firme en tu nuevo “bote”. “Boga mar adentro” es el mandato de Jesús (S. Lucas 5:4).
Aquí necesitas un elemento de confianza: debes hacer la elección de confiar en tu Salvador. ¡Pon en él tu confianza, aunque te halles rodeado de oscuridad. ¡Únicamente en la oscuridad es posible “confiar” en él! Si tienes que depender de lo que ven tus ojos, no puedes pretender tener confianza en tu Redentor.
Como alcohólico te has entregado plenamente al cuidado del Hijo de Dios, el Salvador del mundo. ¡No hay mejor lugar para ti!

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