El título de nuestro mensaje puede sorprendernos, porque casi toda la gente cree que ser malo es fácil, y ser bueno muy difícil. Eso sería cierto, si no fuera que nuestro Padre celestial envió a su propio Hijo a este mundo para que nos salvara. El Hijo de Dios murió en nuestro lugar, fue resucitado y ha enviado al Espíritu Santo para que sea nuestro Maestro y Guía constante, que no nos deja nunca a menos que nosotros lo ahuyentemos. En otras palabras, Jesús te ama tanto que está decidido a salvarte para siempre, y lo hará a menos que tú interpongas tu voluntad rebelde, y luches contra él para impedirle hacer lo que se ha propuesto. Así de grande es su amor.
Esta forma de ver las cosas es contraria a lo habitual. Las Buenas Nuevas del evangelio son mejores de lo que muchos han pensado que eran. Pero necesitamos separar las Buenas Nuevas verdaderas de las falsificaciones. Lo que queremos es mantenernos en el centro del camino de la verdad. Las zanjas que hay a los costados son hábiles engaños:
(a) De un lado, la idea de que Jesús salvará a todos, incluso a los que lo rechacen hasta las últimas consecuencias. Eso es una falsedad;
(b) Del otro, la creencia de que Dios ha “predestinado” a algunas personas a recibir la salvación eterna, y a otras a perderse, de modo que estamos anclados en el lugar que nos haya asignado, y no hay nada que podamos hacer. Eso también es un engaño.
La verdad es que el Padre envió a su Hijo al mundo con una tarea específica: “salvar el mundo”. Jesús la cumplió, puesto que justo antes de morir en la cruz, le dijo a su Padre: “He acabado la obra que me encargaste” (S. Juan 17:4). Esto significa que como parte del mundo, Cristo te ha salvado por su sacrificio en la cruz. Por eso Dios siempre te ha podido tratar como si fueras una persona buena, aunque no lo seas, y “envía su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (S. Mateo 5:45). Esto es lo que algunos llaman “salvación objetiva”. La “salvación subjetiva” es cuando escuchamos las Buenas Nuevas, creemos en ellas y experimentamos una liberación personal y actual del pecado que contaminaba nuestro corazón.
La carta de Pablo a los efesios establece esta verdad en términos bien claros, de modo que hasta un niño los puede comprender. En el primer capítulo expone la obra maravillosa que Cristo ha realizado en favor del mundo: el Padre “nos eligió en él”, “y nos predestinó para ser sus hijos adoptados por Jesucristo, conforme al afecto de su voluntad, para alabar su gloriosa gracia, que nos dio generosamente en el Amado” (vers 46). Esa obra maravillosa fue realizada antes que tú creyeras, aun antes que nacieras. Las Buenas Nuevas han estado con nosotros siempre, desde “la fundación del mundo”. Pero no podemos conocerlas si nadie nos habla de ellas.
En el capítulo 2, Pablo nos ha dicho que “por gracia habéis sido salvos por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios”. Y luego añade algo que la gente que ha caído en cualquiera de las dos zanjas que hemos mencionado necesita comprender. Dice así: “No por obras, para que nadie se gloríe” (vers. 8 y 9). Nadie puede “comprar” su entrada al cielo. Cristo nos ha concedido gratuitamente la salvación, y debemos aceptarla como su regalo.
En el capítulo 3, Pablo ha dirigido nuestra mirada a la cruz levantada en el Gólgota, por cuyo medio el poderoso amor de Cristo (en el original la palabra es ágape) se revela en toda “la anchura y la longitud, la profundidad y la altura” (vers. 14-21). Ese amor es un poder más fuerte que todas las tendencias al mal, hereditarias o adquiridas, que forman parte de nuestra alma. El apóstol dice que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20).
En el amor de Cristo hay algo llamado “gracia”, que captura nuestro corazón, y que es más fuerte que todos los deportes del mundo, todo su dinero, sexo, placeres, finas modas, mansiones o automóviles de lujo; ese amor es tan poderoso que para impedir que te tome de la mano y te guíe hasta el mismo cielo, tendrás que luchar contra él y ofenderlo muchas veces, hasta obligarlo por fin a que se aparte de ti, lleno de tristeza. Veamos cómo lo expresa con toda claridad el apóstol:
(1) Si hemos “aprendido así de Cristo” y hemos sido “en él enseñados”, nos despojamos “del hombre viejo, viciado por sus engañosos deseos”. Renovamos entonces “la actitud de nuestra mente”. Es tan sencillo como desvestirnos de nuestras ropas sucias y vestirnos de ropa nueva, lo que el apóstol llama el “nuevo hombre, creado para ser semejante a Dios en justicia y santidad” (Efesios 4:20-24). ¿Se ha puesto usted alguna vez un nuevo traje o vestido que le hace sentirse mejor desde el primer momento?
(2) No es tarea nuestra cortar y coser laboriosamente esta nueva vestimenta; ha sido creada especialmente para nosotros, de la talla precisa para que nos quede perfecta. Junto con los harapos originales que dejamos de lado, desechamos también “la mentira”. De ahora en adelante, hablaremos “la verdad cada uno con su prójimo”. Además, obedeceremos el mandato: “Si os enojáis, no pequéis”, y “no se ponga el sol mientras estáis enojados”.
(3) Este cambio radical de carácter, puede parecernos demasiado complicado y difícil lograrlo de un día para otro. Pero leemos a continuación que se logra si no le damos “lugar al diablo” (vers. 25-27). ¿Qué significa esto?
(4) Es como si estuvieras sentado en el lugar reservado para ti en la mesa del banquete, listo para comer. Entonces el diablo viene, y te dice: “¡Quítate de ahí, que yo quiero ocupar ese lugar!” Pero ya has aprendido algo: Cristo te ha invitado al banquete, y ha puesto tu nombre en ese lugar, de modo que te pertenece sólo a ti. El diablo no puede obligarte a dejar tu puesto. Si te quitas de allí, habrás hecho la decisión de dejar que el diablo se salga con la suya.
(5) De ahora en adelante, el apóstol Pablo nos revela el secreto de cómo vencer al diablo: “El que robaba, no robe más” (vers. 28). Esta expresión es significativa. Cuando el que robaba se siente nuevamente tentado a hacerlo, la gracia de Dios “nos enseña a renunciar a la impiedad” (Tito 2:11). Ahora la iniciativa pasa a nuestras manos. La elección ha llegado a ser nuestra. Por el simple expediente de escoger, dejamos que el Espíritu Santo actúe conforme a su propia preferencia. Dile “¡no!” al diablo, y “¡sí!” al Espíritu Santo.
(6) No dejes que “ninguna palabra malsana salga” de tu boca (vers. 29). Nuevamente surge aquí la idea de escoger en forma libre, autónoma. A cada paso del camino se mantiene activa nuestra facultad de elegir. Todas las palabras sucias y violentas que aprendimos hace tiempo todavía están en nuestra memoria, y a la menor provocación se hallan listas para brotar de nuestra boca a torrentes. Pero ahora no pueden salir, porque el “amor de Cristo” ha limpiado nuestro corazón y nuestros labios y ha cerrado la puerta de nuestros labios para que no salga de ellos ninguna “palabra malsana” y debemos elejir no echarla abajo.
(7) Hemos aprendido que ahora tenemos una responsabilidad nueva y maravillosa. En nuestras manos tenemos el poder de influir sobre el ánimo de Dios. Por eso, Pablo nos advierte: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). Cada día volvemos al Calvario, donde nuestro Señor fue crucificado. Tenemos constantemente la elección de unirnos a los que “crucifican de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios, y lo exponen a la burla” (Hebreos 6:6), o de honrarlo y glorificarlo. Cuando sientas de nuevo la tentación de permitir que las palabras hirientes y maléficas broten de tu boca, te detienes al instante. ¿Cómo podrías “entristecer” a tu mejor Amigo?
Además, la reputación de Jesucristo se halla ahora en tus manos. Puedes honrarlo con tu manera de actuar y hablar. ¡Si cedes ante las tentaciones satánicas, arrojarás oprobio sobre Jesús! Por fin, después de años de buscar una forma de ser buen cristiano o cristiana, has descubierto la motivación más poderosa: ¡Olvidando tu pequeña salvación personal, ahora has aprendido a preocuparte por el bienestar de tu Salvador!
Esto podrá sorprenderte, pero es cierto: ahora te has “graduado” del jardín de infantes; ahora estás creciendo hacia “la madurez de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Quizás no te des cuenta de eso, pero día tras día el Espíritu Santo va cambiando tu mente y corazón. ¡Hasta tu salud física está mejorando, porque estás aprendiendo a cuidar de tu cuerpo, que es “el templo de Dios”!
El tema que aquí se presenta es profundo. Nuestro Señor Jesús no puede venir por segunda vez si no se ha consumado su “boda”. En Apocalipsis 19 se describe el gozo sublime que llenará el cielo y todo el universo cuando se entone el glorioso coro de alabanza que dice: “¡Gocémonos, alegrémonos y démosle gloria; porque ha llegado la boda del Cordero, y su novia se ha preparado!” (vers. 7). ¡No hay mujer en el mundo tan bella y maravillosa que sea digna de convertirse en la esposa del Hijo de Dios! La novia es la iglesia! Y como parte de esa verdadera iglesia, tú debes permitir que el Espíritu Santo te moldee, te discipline y te purifique, preparándote para ser parte de esa “esposa”.
(8) Por último, hemos sido “sellados para el día de la redención”, y confiando en nuestra nueva situación como miembros de la familia de Dios, podemos obedecer el consejo divino: “Libraos de toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia y de toda malicia”. Al entregarle el corazón a Jesús cuando decidiste seguirlo hasta las últimas consecuencias, recibiendo el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te convertiste para siempre –para sorpresa tuya– en otra persona. En una de los que la Palabra de Dios describe como “benignos, compasivos unos con otros, perdonándoos unos a otros, como también Dios os perdonó en Cristo” (Efesios 4:31, 32).
¡Tú no eras así! ¡Tu corazón humano ha cambiado a la semejanza de Cristo! Cuando el cambio se lleva a cabo en tu corazón valoras la forma en que Cristo te ha perdonado. El que no sabe que Cristo lo ha perdonado, no puede perdonar; pero quien aprecia el perdón que Cristo le ha concedido, perdonará con gusto a los demás. Se sorprenderá al comprobar que ahora le es posible hacer esto, pero ese es el milagro de la gracia.
¿Quieres unirte conmigo para agradecerle al Señor por esta maravillosa salvación?
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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