El oro falso brilla al sol tal como el verdadero, y hay mucho. En cambio, el oro genuino es escaso. Pero el hecho de que sea escaso, no significa que no exista. En forma similar, hay también muchos falsos “evangelios”, mensajes que afirman venir de Jesús, y que los hay por todas partes, mientras que la “verdad evangélica” genuina es escasa. ¡Eso no quiere decir que no exista!
El apóstol Pablo explica en el libro de Efesios la diferencia que existe entre los evangelios falsos y “la verdad evangélica”. En palabras breves y sencillas, es como sigue: (a) el verdadero evangelio es el mensaje de Jesucristo que salvó al mundo entero por su sacrificio en la cruz; y (b) la salvación del mundo es por la gracia, por fe en Cristo.
El evangelio falso está hecho de modo que parezca el artículo genuino, tal como el oropel parece oro verdadero. . . pero nos dice que, de un modo u otro, nuestra salvación depende de nuestras propias obras. El oro legítimo habla de “la fe que obra”; y el falso, de “la fe más las obras”. Los versículos 8 y 9 del capítulo 2 dicen: “Porque por gracia habéis sido salvos por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe”.
¿Qué significa esto? Pues que el Hijo de Dios vino a este mundo, se convirtió en hombre, tomando sobre sí mismo nuestra naturaleza caída, pecaminosa; y sin embargo, en esta misma carne (como la nuestra) derrotó a Satanás y todas sus maléficas tentaciones. Hizo lo que el Señor había anticipado a Adán y Eva en el Jardín del Edén: Cristo pisaría la cabeza de la serpiente, Satanás; aplastaría al gran tentador, y libraría a la raza humana de las garras del diablo. ¡Como integrante de ella, has recibido una gran bendición, porque esta gran salvación es para ti!
Esto no significa que el Señor se proponga salvar a nadie a la fuerza, si no quiere ser salvo. Podemos resistir y rechazar el don que ya nos ha concedido y seguir al enemigo de Cristo, que está siempre tratando de hacernos desechar la gracia divina (Gálatas 2:21), de llevarnos a sentir que el Padre es lejano, inaccesible, irascible y vengativo, esperando la oportunidad de lanzarnos al infierno si no realizamos todas las cosas buenas que nuestra iglesia nos enseña.
La “verdad evangélica” es distinta: enseña que nuestro Padre celestial “desea que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). También enseña que “hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (vers. 5).
Para muchos, estas son benditas Buenas Nuevas. Habían creído que debían solicitar y ganarse la buena voluntad de muchos mediadores o santos, o de captar la atención de la virgen María, para que ella le hablara a su Hijo Jesucristo en favor de nosotros, y que él, en respuesta a los ruegos de su madre, nos trataría bondadosamente y nos salvaría.
Pero este “un solo Mediador” nos ha sido dado a todos los seres humanos, aun a los más pecadores, y está disponible día y noche para atender nuestros ruegos. ¡Si el Padre ha establecido “un solo Mediador”, sería desobediencia de nuestra parte el tratar de recurrir a otros mediadores! En 1 Timoteo 2:36 se describe que este único Mediador “que se dio a sí mismo en rescate por todos”, es Cristo.
Teniendo en mente estas Buenas Nuevas, volvamos al libro de Efesios, capítulo 4, donde se describen los detalles de nuestra salvación. Vemos allí cuán importantes somos a la vista de Dios. “Todo el cuerpo” del pueblo de Dios se halla “bien ajustado y unido por todos los ligamentos que lo mantienen”. La idea es que Dios tiene una iglesia verdadera formada por “muchos miembros”, pero es una sola persona. Esta iglesia es “el cuerpo de Cristo” que tiene una cabeza: Cristo mismo. Tú eres una parte de ese “cuerpo” tal como tu dedo es parte de tu cuerpo físico; los nervios y vasos sanguíneos lo conectan con el resto de tu organismo, de modo que tu dedo responde a cada orden que le envía el cerebro. Así, tú eres ahora parte de este cuerpo, la verdadera iglesia, y de este modo pasas a ser sensible a todo mensaje que la cabeza (Cristo) te envía a través de su Palabra, la Biblia.
Lo que debes elegir es ser tan obediente como los dedos bien adiestrados de un violinista responden a sus impulsos nerviosos cuando toca en un concierto. La cabeza, que es Cristo, nos envía el mensaje: Camina en el amor de Cristo. “Esto digo y requiero en el Señor, que no andéis más como los otros gentiles [la gente mundana], que andan en la vanidad de su mente” (Efesios 4:16, 17). El estilo de vida del mundo es vacío; está motivado por los apetitos y pasiones carnales de quienes “tienen el entendimiento entenebrecido” (vers. 18). Abramos las ventanas del alma y dejemos que el
resplandor de la Palabra de Dios ilumine los oscuros rincones de nuestra mente. Los que viven en las tinieblas del mundo están “separados de la vida de Dios por su ignorancia, debido a la dureza de su corazón”.
En este estado, y no importa cuán educado o ignorante seas, tu mente está “oscurecida” sin la “vida” que es “la Luz del mundo”, Cristo. Veamos cómo se sana esta “separación”, para que su vida pueda fluir a través de nosotros:
(a) Escuchamos su invitación, y respondemos a ella: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar” (S. Mateo 11:28). Respondemos con una oración: “Señor Jesús, he oído tu invitación que me has hecho. No soy digno, pues soy un pecador, pero creo en tu Palabra, según la cual ‘Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores’ (1 Timoteo 1:15). El Padre me ha aceptado ‘generosamente en el Amado’ (Efesios 1:6). Gracias porque me has hecho miembro de tu familia”.
(b) Escogemos creer en su promesa, según la cual de ahora en adelante nos mantendrá asidos de su mano, según lo ha prometido: “Porque yo, el Señor, soy tu Dios, que te sostiene de tu mano derecha, y te dice: ‘No temas. Yo te ayudo’” (Isaías 41:13).
(c) El simple hecho de permitir que “la Palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, enseñando y exhortándoos unos a otros, con toda sabiduría”, significa que recibimos la Biblia como su palabra (Colosenses 3:16), que llega a ser parte de nosotros. Sucede lo mismo que cuando “la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre” vino para disipar las tinieblas que dominaban al mundo. Ha comenzado una nueva vida; experimentamos el “nuevo nacimiento” (S. Juan 3:8). De hecho, hemos “nacido de nuevo, no de semilla corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios, que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23, 24). El proceso del nuevo nacimiento es fácil y sencillo “en Cristo”. ¡Pedimos, y recibimos!
(d) Ahora dejas de resistir al Espíritu Santo, y le das la bienvenida a tu vida. Es como si el mismo Jesús viniera a vivir contigo. Ya vives “en los lugares celestiales”, aún estando en este oscuro mundo. ¡Has llegado a ser una persona nueva!
(e) “La gracia de Dios que trae salvación” y “se manifestó a todos los hombres” ha llegado a ti, comienza a actuar y te “enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos” (Tito 2:11). Como dice Efesios 4:21, 22, “lo oísteis y fuisteis en él enseñados conforme a la verdad que está en Jesús. Acerca de la pasada manera de vivir, despojaos del hombre viejo, viciado por sus engañosos deseos”.
Comienza así una vida completamente nueva; las tentaciones mundanales todavía están allí, tratando de atraerte, pero ahora dices “¡no!” porque el Espíritu Santo mora en ti. ¡Has encontrado una vida nueva!
(f) Ahora se ha renovado la actitud de tu mente (vers. 23). Te has vestido “del nuevo hombre, creado para ser semejante a Dios en justicia y santidad” (vers. 24). Este proceso tiene un nombre: “conversión”. De aquí en adelante tu vida adquiere una nueva calidad, la cual también tiene un nombre: es “vida eterna”. Comienza ahora, pero dura para siempre. Crees en la promesa de Jesús: “Vendré otra vez” (S. Juan 14:3). La segunda venida de Cristo ha llegado a ser para ti “la bendita esperanza”.
La gracia de Dios “nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a vivir en este siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la bendita esperanza, la gloriosa aparición de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:12, 13).
Si tú dices: “¡Pero yo no sé vivir de ese modo! ¡Estoy acostumbrado a vivir en la forma como lo hace el mundo!”, escucha lo que la Biblia dice aquí: que la “gracia de Dios” te enseña a vivir en este mundo “sobria, justa y piadosamente”. Sigues viviendo en este mundo, pero ahora has ingresado a una “escuela” que te enseña la nueva forma de vivir, cómo “renunciar a la impiedad”, cómo decir “¡No!” a las tentaciones del diablo. El enemigo ha perdido su poder sobre ti. Cristo te ha librado con los “que por temor a la muerte vivían como esclavos toda su vida” (Hebreos 2:15).
Como un “bebé recién nacido”, tienes hambre. El apóstol Pedro nos dice: “Desechad, pues, toda malicia, y todo engaño, hipocresía, envidia y toda maledicencia. Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, para que por ella crezcáis en vuestra salvación, si es que habéis gustado que el Señor es bueno” (1 S. Pedro 2:13).
Es una ilustración muy sencilla, pero adecuada: el recién nacido inmediatamente quiere obtener la leche de su madre. El solo hecho de nacer implica que el apetito ya está allí; viene incluido. De este modo, como un bebé recién nacido “en Cristo”, ya te sientes cansado de todas las necias diversiones que ofrece el mundo. sientes nueva hambre y sed de justicia, y eso significa que has pasado en forma instantánea a estar bajo el favor especial de Cristo, que él describió al decir: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (S. Mateo 5:6). ¡Eleva tus alabanzas al cielo! ¡Has nacido de nuevo!
Y como tienes hambre de esa “leche de la palabra”; temprano en la mañana te arrodillas y te entregas a Jesús; deseas tu “desayuno espiritual”, de modo que lees de la Palabra de Dios, la Biblia, y le agradeces al Señor por el alimento espiritual. Recibes tu sustento, tu nutrición. Le agradeces nuevamente por salvar tu alma. Y ahora, dondequiera que vas, compartes con los demás la luz y el amor de Cristo. Te conviertes en su “embajador”; por medio de tu propia vida les dices a otros: “Reconciliaos hoy con Dios” (2 Corintios 5:20). Quizás no sepas cómo decir las palabras exactas, pero tu vida misma es el mensaje.
¿No te unirás a mí, hoy mismo, para responderle “¡Sí!” a tu Salvador?
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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