Hay un texto en la Biblia que probablemente todos sabemos recitar de memoria. Se trata de S. Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único. . .”
En esta ocasión no vamos a referirnos a ese don de Dios que es ma ravilloso. Lo que queremos saber es si además de ese precioso don, después que el Hijo de Dios nos redimió por su sacrificio en su cruz y nos integró en su verdadera iglesia, sigue concediendo dones a su pueblo. No nos referimos al oro y la plata sino a “dones” mucho más estables, permanentes y significativos que la riqueza material.
Nos referimos a los dones que han quedado registrados en Efesios 4. El apóstol Pablo describe lo que sucedió después que Cristo terminó su obra en la tierra y ascendió al cielo, dejando a sus seguidores aquí abajo: “Por eso dice: Cuando subió a lo alto, llevó cautivos consigo, y dio dones a los hombres” (vers. 8). ¡No son muchos los que han oído que cuando Cristo fue resucitado, otros muertos también resucitaron con él!
El relato se halla en S. Mateo 27, y dice que cuando Jesús colgaba en la cruz ese viernes por la tarde, “habiendo otra vez exclamado a gran voz, exhaló el espíritu. En eso, el velo del templo se rasgó en dos, desde arriba hacia abajo [¡eso ya es un milagro!]. La tierra tembló, y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros de muchos santos que habían muerto, y volvieron a la vida después que Jesús resucitó. Y salidos de los sepulcros fueron a la ciudad santa, y aparecieron a muchos” (vers. 50-53).
Es lógico pensar que estos “muchos santos” fueron los que Jesús “llevó cautivos consigo” en su ascensión. La Biblia no nos dice cuántos eran ni cuánto hacía que habían muerto. Solamente los designa como “muchos”.
El libro de Apocalipsis, que abre ante nuestra vista las escenas de lo que está sucediendo en el cielo, nos muestra un grupo identificado como “veinticuatro ancianos vestidos de blanco, con coronas de oro sobre sus cabezas” (4:4). En el capítulo siguiente, esos veinticuatro ancianos le dan gloria a Cristo diciendo: “Nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (5:9). ¿Son ésos los que fueron especialmente resucitados con Jesús?
Sabemos que la Biblia enseña con toda claridad que todos los santos que han muerto, se encuentran “dormidos” en sus tumbas. Dos pasajes nos ayudan a ver esto:
(a) Cuando Lázaro murió, Jesús dijo, refiriéndose a él: “‘Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo del sueño’. Entonces sus discípulos dijeron: ‘Señor, si se ha dormido, sanará’. Pero esto decía Jesús de la muerte de Lázaro, y ellos pensaban que hablaba del reposo del sueño. Entonces Jesús les dijo claramente: ‘Lázaro ha muerto’” (S. Juan 11:11-14).
(b) En 1 Tesalonicenses 4:1316 el apóstol Pablo habla de los integrantes del pueblo de Dios que habían muerto con anterioridad: “Hermanos, no queremos que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los que no tienen esperanza [¡no está hablando aquí de los que se van a la cama cada noche!] . . . Porque el mismo Señor descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero” Es obvio que esos “veinticuatro ancianos” celestiales deben ser algunos “santos” especiales que fueron resucitados con Cristo y llevados con él cuando ascendió.
Ahora volvamos a Efesios 4, y veamos cuáles fueron los dones especiales que Cristo le concedió a su pueblo: “El mismo dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros (vers.11).
Amigo lector, si tú fueras multimillonario podrías fácilmente darle un millón de dólares a alguien; pero no le podrías dar un don espiritual como alguno de éstos. Estos dones espirituales valen mucho más que cualquier cantidad de dinero, porque los concede Cristo.
¿Pero cómo llegan a nosotros estos preciosos “dones”? Cuando el Señor proclamó ante Abrahán las maravillosas promesas que constituían el nuevo pacto, dos de ellas fueron: “Serás bendición”, y “en ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2, 3). Más tarde, el Señor le prometió a Israel que si creía en las promesas de su nuevo pacto, “seréis mi reino de sacerdotes” (Éxodo 19:6). En otras palabras, el Espíritu Santo haría de toda la nación un pueblo cuyos miembros tuvieran todos estos “dones” espirituales especiales. ¡Serían así la nación más gloriosa del mundo!
La evidencia de que poseemos uno de estos “dones” no radica en nuestro propio entusiasmo egoísta, que nos puede llevar a pensar con orgullo que somos alguien especial. ¡Nada de eso! Los que han sido bendecidos con la posesión de estos “dones”, a menudo no son conscientes de que los tienen, porque son personas humildes que piensan de sí mismos “con moderación” (Romanos 12:3). Veamos estos “dones”:
1. “Él mismo dio a unos el ser apóstoles”. Un apóstol es alguien a quien el Señor envía a cumplir una misión especial. Ningún apóstol se elige a sí mismo; es el Señor quien lo envía con un mensaje. Si queremos estar listos para cuando el Señor nos envíe, la primera preparación que debemos hacer es aprender cuál es el mensaje que debemos llevar. Para eso se requiere un estudio cuidadoso de la Biblia.
2. “A otros, profetas”. Este es un don que Satanás se especializa en falsificar, con el fin de lograr que el pueblo de Dios acepte “falsos profetas”. Dios dice: “Cuando haya entre vosotros profeta del Señor, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él” (Números 12:6). Debemos tener cuidado de no imaginarnos que cualquier sueño que tengamos viene del Señor. Dios amonesta especialmente contra la tendencia de algunos a pensar que Dios los ha llamado a ser profetas a través de sus sueños ociosos: “He oído lo que esos profetas dijeron. Hablaron mentira en mi nombre, diciendo: ‘Soñé, soñé’. . . Con sus sueños que se cuentan unos a otros, procuran que mi pueblo olvide mi nombre” (Jeremías 23:25-27).
El don de profecía es uno de los que Dios ha prometido concederle a su iglesia en estos últimos días. Refiriéndose a nuestro tiempo como el “tiempo del fin”, Apocalipsis dice: “Entonces el dragón se airó contra la mujer [este es un símbolo profético de la iglesia verdadera de Dios], y fue a combatir contra el resto de sus hijos, los que guardan los Mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús” (12:17). Notemos que Dios ha señalado dos características que marcan a su iglesia verdadera: guardar los mandamientos de Dios, todos ellos, los diez; y el “testimonio de Jesús”. Pero, ¿en qué consiste el “testimonio de Jesús”? El Señor responde esta pregunta: “El testimonio de Jesús es el espíritu de profecía” (19:10).
Esta es una verdad bíblica que sorprende a muchos que han creído siempre que el don de profecía cesó de manifestarse hace ya mucho tiempo, cuando murió el último de los apóstoles. No es así; el “testimonio de Jesús” nunca ha enmudecido. Dios tiene el derecho de llamar un profeta en cualquier momento que él vea la necesidad de hacerlo. Pero siempre surge la pregunta: ¿Cómo distinguir un verdadero profeta de uno falso? Hay varios puntos clave:
(a) “Y si preguntas: ‘¿Cómo conoceremos la palabra que el Señor no hubiera hablado? Si lo que el profeta habla en nombre del Señor no se cumple, es palabra que el Señor no habló. Con soberbia la dijo aquel profeta” (Deuteronomio 18:21, 22).
(b) Un profeta verdadero siempre habla en armonía con las enseñanzas de la Biblia, la Palabra de Dios. “El enviado de Dios habla las palabras de Dios. A él Dios le da
el Espíritu sin medida” (S. Juan 3:34). ¡La evidencia más clara está en las palabras que habla el verdadero profeta!
(c) ¿Cuál es nuestro deber, como seguidores de Jesús? “No apaguéis el Espíritu. No menospreciéis las profecías. Someted todo a prueba, y retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:19-21). Es terrible equivocarse, y a nadie le gusta ser engañado. Por eso, hay que investigar la Biblia como nuestra máxima autoridad.
3. “Él mismo dio. . . a otros, evangelistas” (Efesios 4:11). Es fácil identificarlos; la obra que el Señor les ha dado es “evangelizar”, es decir, explicarle a la gente cuán buenas son las Buenas Nuevas del evangelio de Jesucristo. No enseñan legalismo: enseñan la verdad de lo que Cristo ha logrado por nuestra salvación, y lo que está realizando ahora a través del Espíritu Santo. Pero debemos recordar que aun el creyente más humilde es un “evangelista” si él o ella comparte las Buenas Nuevas con alguien más. ¡Agreguemos a esto que compartir las Buenas Nuevas con los niños y los jóvenes es una obra especialmente bendita!
4. “Dio. . . a otros, pastores y maestros”. ¡Qué precioso “don” del Señor! El pastor es un cuidador de rebaños; es como un subpastor, bajo el Buen Pastor, que es el mismo Señor. “Como pastor apacentará su rebaño. Con su brazo levantará los corderos, y en su seno los llevará. Pastoreará tiernamente a las que amamantan” (Isaías 40:11). La idea es, desde luego, que el pastor debe amar su rebaño, y siempre cuidará “tiernamente” de los que son jóvenes en la fe.
Finalmente, ¿cuál es el propósito que Dios persigue al concederle todos estos “dones” espirituales a su iglesia en la tierra? El apóstol Pablo dice que los dio “a fin de perfeccionar a los santos para desempeñar su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un estado perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por cualquier viento de doctrina, por estratagema de hombres, que para engañar emplean con astucia los artificios del error; sino que hablando la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es en Cristo” (Efesios 4:12-15).
¡Bendito ministerio! Está siendo llevado a cabo ahora mismo en todo el mundo; Dios tiene una iglesia verdadera a la cual le ha concedido todos estos dones para cumplir su gran propósito de preparar a un pueblo que esté listo para la segunda venida de Jesucristo, que está cercana. ¡La Voz de la Esperanza es parte de su ministerio en tu favor!
El Señor nos concede todos estos dones de su infinita riqueza. Los dones son en verdad generosos, pero su tesoro no sufrirá por habérnoslos concedido. “Mi Dios, pues, suplirá toda necesidad vuestra, conforme a su gloriosa riqueza en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). ¡Te invito a que nos unamos ahora mismo para agradecerle!
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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