Las Sagradas Escrituras dicen de Jesús que es el “Príncipe de paz” (Isaías 9:6) y de nosotros, que vivimos en el mundo de hoy (identificados en la Biblia como “gentiles”), que somos “coherederos. . . y partícipes de la promesa en Cristo, por medio del evangelio” (Efesios 3:6). Y esto no es algo que pertenezca al futuro; es ahora, en esta vida, que el Padre nos reconoce como “coherederos” con su Hijo. Es decir, nos considera príncipes o princesas.
Amigo mío, amiga de La Voz, esto significa que, no importa quién seas ni dónde estés, “en Cristo” tu condición se ha elevado a ojos de Dios; y por supuesto, sus ojos son lo único que importa. Quizás digas: “Pero todavía soy el mismo hombre o mujer. ¿En qué sentido puedo considerarme ahora un ‘príncipe’ o una ‘princesa’?” Pues del mismo modo como Jesús era el Príncipe de paz mientras trabajaba como carpintero en Nazaret, llevando vigas sobre sus hombros y aserrando troncos, y caminando por las polvorientas calles de Nazaret, aunque nadie lo reconoció.
Si nosotros hubiéramos estado allí, tampoco lo hubiéramos reconocido como el Hijo de Dios. Su aspecto era como el de todos, excepto por el gran amor que siempre brillaba en su rostro. A través de todo ese tiempo en que nadie lo reconoció, él siguió siendo el Hijo amado de Dios. Finalmente, cuando el Salvador fue bautizado en el río Jordán, el Padre rompió su silencio, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (S. Mateo 3:17).
Pero hay un enemigo que se esforzará por desanimarte y hacerte sentir que no vales nada y nunca llegarás a ninguna parte. No te dejes engañar por él. Por causa de Cristo, ¡ahora eres miembro de la familia real! ¿Dudas de lo que te digo? ¿Crees que las Buenas Nuevas que proclama la Biblia no pueden ser tan buenas? Veamos:
S. Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único”. ¿No eres tú parte del mundo?
S. Juan 3:17: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Te pregunto nuevamente: ¿No eres tú parte del mundo? ¡Sí! De modo que Dios tiene la firme intención de salvarte.
1 Timoteo 2:3, 4: “Esto es bueno y agradable a Dios nuestro Salvador, que desea que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad”. ¿No compones tú ese grupo designado con el término genérico “todos los hombres”, es decir, todos los seres humanos?
¡Entonces, levanta la cabeza y actúa como el príncipe o princesa que eres! No se te pide que llenes un formulario para ver si eres digno o digna de que te adopten en la familia de Dios, porque él ya te ha adoptado por el sacrificio de su Hijo.
Quizás digas: “No soy digno”. Pues ahora es el momento de aprender una palabra importante en el vocabulario de Dios. Es el término “gracia”. La gracia es la bondad que Dios derrama sobre la gente, los pecadores, aun los criminales. El mundo piensa que la gracia es algo que Dios le concede a la gente que de alguna manera la ha merecido. Pero la forma como la Biblia la presenta es diferente: “Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). En otras palabras, Dios concede su gracia primero. Nuestra respuesta viene después.
¿Y qué obra comienza a realizar inmediatamente esa gracia? La respuesta es: “Porque la gracia de Dios que trae salvación, se manifestó a todos los hombres, y nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos”. Y continúa: “. . .y a vivir en este siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la bendita esperanza, la gloriosa aparición de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo; quien se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad, y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14). Se trata, entonces, de un ministerio de enseñanza; es como entrar a la escuela.
Bien sabemos que los príncipes y princesas siempre reciben una educación especial, con la que aprenden a comportarse como miembros de la realeza. Eso es lo que hace la gracia de Dios en su papel de maestra. No es que Dios nos diga qué hacer y luego nos ordene: “Ahora es cosa tuya; HAZLO”. Por el contrario, nos enseña CÓMO hacerlo. Un pensamiento nuevo y glorioso: la mente se expande al comprenderlo.
Amigo, amiga de La Voz, ¿estás listo o lista para escuchar lo que dice la Biblia acerca de nuestro nuevo estado? ¡Nosotros, humildes habitantes del planeta Tierra, adoptados en la familia de Dios, tenemos una misión que cumplir ante el universo no caído!
El libro de Job nos enseña que hay otros gobiernos en el gran universo de Dios, además de los ángeles. Es decir, nuestro pequeño planeta no es el único en que existen seres inteligentes. Nadie sabe los detalles, pero si nosotros tenemos televisores y teléfonos que nos mantienen en contacto por todo el mundo, ¿por qué no pueden los siervos de Dios de otros mundos vernos en sus medios de comunicación, equivalentes a nuestros televisores?
Cuando, por la gracia de Dios, triunfamos sobre Satanás y el pecado al rechazar una tentación y mantenernos firmes por nuestro Señor que murió por nosotros, aunque quedemos solos frente a la presión del grupo, los habitantes del cielo aclaman el nombre de Dios. Pablo nos dice que “por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda su familia en los cielos y en la tierra” (Efesios 3:13, 14).
De este pasaje podemos aprender algunos puntos importantes:
(1) Que cuando oramos, debiéramos “doblar nuestras rodillas”. En la presencia de Dios, la reverencia es la actitud apropiada.
(2) Que debemos orar “ante el Padre”, a nadie más. Jesús nos enseñó a orar diciendo: “Padre nuestro que estás en el cielo” (S. Mateo 6:9). Nadie, absolutamente nadie, puede interponerse entre nosotros y nuestro Padre celestial.
(3) Que hay una “familia” en el cielo y en este mundo; una familia, unida. Nunca estamos solos.
(4) Que ora fervientemente al Padre por nosotros para “que os dé, conforme a la riqueza de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (vers. 16).
(5) “Que Cristo habite por la fe en vuestro corazón” (vers. 17). ¡Dale la bienvenida, y él estará allí! Así se demuestra que estamos vinculados con “su familia en los cielos y en la tierra”.
(6) “. . . para que, arraigados y fundados en amor (vers. 16), podáis comprender con todos los santos cual sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor (ágape) de Cristo, y conocer ese amor que supera todo entendimiento” (vers. 18, 19).
Ese amor tiene cuatro grandes dimensiones:
“Anchura”. Abarca a todo ser humano, al este y al oeste, al norte y al sur. Ricos y pobres; educados o ignorantes, buenos y malos”.
“Longitud”. Pablo menciona esta dimensión para beneficio especial de quienes han pasado toda su vida huyendo de Cristo. Corre a Timbuctú o Siberia, y el amor de Cristo te encontrará allí. “¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiera a los cielos, allí estás tú; si en el sepulcro hiciera mi lecho, también estás allí” (Salmos 139:7, 8).
“Profundidad”. Hay almas que se atrincheran en las mazmorras de la desesperación, en las profundidades de la tierra. Quizás haya caído sobre ellos una montaña de culpabilidad que los ha sepultado en esas profundidades. Pero el ágape de Cristo entra y los encuentra.
¿Cómo puede el amor alcanzar esos lugares inaccesibles? Es que Cristo, en su sacrificio, bajó personalmente al sepulcro [otras versiones dicen “infierno”], sufriendo terrible angustia. No hay lugar cuya ubicación él no conozca, porque “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).
“Altura”. Hay quienes pilotean el avión de su alma por encima de las nubes, perdidos en los vericuetos de la teosofía, la filosofía, o los sueños de la Nueva Era. Quizás su esposo o esposa, su padre o su madre, oran para que se conviertan, pero ellos navegan en las alturas de su “educación superior”, y desprecian a los que viajan en lo que les parece ser una carreta de bueyes aquí abajo. Pero las Buenas Nuevas son que este ágape de Cristo los puede perseguir aun allá, hasta alcanzarlos.
¿Por qué es tan grande el amor designado como “ágape”? La respuesta es que el mismo “Dios es amor [es decir, ágape]” (1 S. Juan 4:8). Y tal como dice Pablo “supera a todo conocimiento”. Pero no vayas ahora a desanimarte y decir: “¡Es imposible! ¡Nunca podré comprenderlo! Mejor me pongo a mirar televisión”. ¡No! Pablo dice que ha orado al Padre pidiéndole que nos despierte de modo que lo comprendamos. Si Pablo no hubiera orado por nosotros, quizás estaríamos justificados si optáramos por ponernos a mirar algún partido de pelota, o una telenovela. ¡Pero la oración de Pablo fue escuchada, y la respuesta llega ahora mismo a tu vida por medio de este mensaje!
Pablo no quiso decir que no podríamos comprender el amor de Dios. Lo que quiso decir es que se trata de una verdad tan maravillosa, que para “comprenderla” vale la pena ejercitar nuestras mentes y corazones más allá de sus límites. Inclina ahora tu cabeza y ora conmigo: “Padre nuestro, el mismo Padre a quien Pablo oraba, concédeme el don de tu perdón. ¡He escogido decidir que la mente de Cristo llegue a ser la mía!”
Por último, el apóstol Pablo, en Efesios, nos asegura algo aún mayor: “Para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (3:19). Esto significa cumplir la preparación necesaria para encontrarnos con el Hijo de Dios cuando venga en las nubes del cielo en su segunda venida. Significa más que graduarse de las grandes universidades del mundo tras muchos años de estudio. Es “comprender” esas cuatro grandes dimensiones del amor [ágape] de Cristo. Significa recibir un nuevo corazón, en el cual esa vieja enemistad contra Dios que ha envenenado tu vida entera, ha sido reemplazada por “la reconciliación” con Dios (Romanos 8:7; 5:11). Con la Biblia abierta en tu mano, recibes la “educación superior” que te marca como un “príncipe” o “princesa” ante los ojos de Dios. ¡Y sus ojos son lo único que vale!
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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