Cuando alguien se encuentra en la cárcel, sin esperanza de salir, por lo general está tan desanimado que no es capaz de escribirle a nadie una carta cortés y llena de simpatía. El apóstol Pablo se hallaba preso en esas circunstancias, en la Roma pagana bajo el poder de un emperador desquiciado (Nerón). Pablo, sin embargo, era un hombre diferente de la mayoría. Conocía la verdad acerca de Jesucristo, que era el Hijo de Dios a quien el Padre había enviado a este oscuro mundo con una misión especial e instrucciones específicas: Jesús debía salvar a este mundo de la ruina. Y Pablo sabía que Jesús había hecho lo que su Padre le había encargado hacer.
Además, Pablo sabía que Cristo lo había salvado a él y que le había perdonado sus pecados. También sabía Pablo que si le tocaba morir, no tenía nada que temer pues su vida y su futuro eterno estaban en las manos del Salvador del mundo. Cristo lo habia salvado de lo que la Biblia llama “la segunda muerte” (Apocalipsis 2:11).
Por eso, al encontrarse Pablo en prisión, no perdió tiempo en compadecerse de sí mismo. En cambio, pensaba en sus “hijos” espirituales, la gente a quienes había guiado a salir del mundo sin esperanza del paganismo, y entrar en la comunión de la iglesia que es “el cuerpo” de Cristo.
Debido a que se sentía tan feliz en el Señor aunque estaba en prisión, escribió en Efesios 3:1 y 2: “Por esto os escribo, yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por amor a vosotros los gentiles. Sin duda habéis oído la misión de la gracia de Dios que me ha sido dada para vuestro beneficio”.
Pablo dice que el Dios del cielo había sido especialmente bueno con él, porque le había revelado un misterio, ciertas Buenas Nuevas especiales que por centenares de años el pueblo de Israel había mantenido escondidas del mundo de los gentiles, es decir, de los paganos. Pablo las llama “el misterio de Cristo, que en las generaciones pasadas no se dio a conocer a los hombres, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas” (Efesios 3:4, 5).
¿Cuál es ese gran misterio que por centenares de años se había mantenido oculto a las miradas del mundo? “Ese misterio consiste en que los gentiles sean coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la promesa en Cristo” (vers. 5, 6). Este misterio es como un regalo de Navidad bien envuelto; desatemos las cintas y veamos qué hay adentro:
(1) El “evangelio” de las Buenas Nuevas se extiende al mundo entero, no sólo a un pueblo especial. La palabra “gentiles” se aplica a ti y a mí, es decir, a todos. Es como el cántico que los ángeles entonaron cuando Jesús nació: “Os traigo una buena noticia, que será de gran gozo para todo el pueblo” (S. Lucas 2:10, 11).
Quizás te halles ahora mismo en prisión –física o espiritual, y pienses: “¡He vivido una vida de pecado; no hay “buenas noticias. . . de gran gozo para mí!” Este momento es de crítica importancia para ti. Satanás está tratando de decirte: “¡No escuches las Buenas Nuevas de Dios!” Tienes que rechazarlo y aferrarte en el acto a estas Buenas Nuevas, mientras puedes hacerlo.
(2) Somos todos “coherederos” con el pueblo de Dios. Si el Padre nos ha adoptado “en Cristo”, eso significa que como miembros de su familia, estamos destinados a “heredar todas las cosas”, como dice la Escritura: “El que venza heredará todas estas cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Apocalipsis 21:7).
Tengo un amigo que se especializa en buscar gente que ha heredado grandes cantidades de dinero y que, por alguna razón, no lo sabe. A veces le toca viajar largas distancias, aun al extranjero, para encontrarlos. (Desde luego, recibe una comisión en compensación por su tiempo y esfuerzos.) Pero me cuenta que ocasionalmente, después de haber viajado a lugares lejanos y haber encontrado por fin al heredero tras una búsqueda larga y cansadora, éste le dice: “¡No quiero ese dinero! Siempre odié a mi abuelo, y no quiero su dinero”. En esos casos, la fortuna pasa al Estado.
Algo parecido dice mucha gente: “No quiero nada con Dios. No me ha tratado bien; he tenido demasiados problemas en la vida. ¡No quiero nada que venga de él!” Algunos delincuentes hasta están enojados con Dios porque cuando cometieron su crimen, no les ayudó a esconderlo para poder librarse del castigo. Hay personas que se enferman de cáncer de los pulmones y se enojan con Dios, diciendo: “Yo sabía que no debía fumar esos paquetes de cigarrillos al día; ¡pero Dios cometió una crueldad al dejarme enfermar!” La gente que piensa así está completamente equivocada.
Pero esa es, precisamente, la manera como nosotros pensábamos acerca de Dios, antes de haber escuchado y creído en el evangelio de Cristo. Romanos 8:7 dice que “la inclinación de la carne es contraria a Dios”. Pablo nos ruega que dejemos esa ira innata que sentimos hacia Dios. ¡Los problemas que has sufrido en la vida NO SON culpa de él! ¡Estás culpando a un inocente! Te estás privando a sabiendas de la “fortuna” que hay en esta herencia, la cual Pablo nos avisa que Cristo ha obtenido para nosotros.
Quizás el “abuelo” del relato de mi amigo no era en realidad tan malo. Es posible que su único propósito hubiera sido ayudarle a su nieto a desarrollarse hasta llegar a ser un individuo bueno y disciplinado. ¡Qué lástima que el nieto se aferró a esa animosidad, perdiendo así la herencia que lo habría dejado en cómoda situación durante el resto de su vida! Ahora bien, ¡te ruego que tú no vayas a cometer ese mismo necio error en tu relación con Dios! Digo esto porque, en realidad, toda esta “contrariedad”, o “enemistad” para con él es una “necedad”. ¡He escogido cuidadosamente esta palabra! Es que el pecado es la mayor necedad que se haya inventado alguna vez en todo el universo de Dios. No dejes que te engañe a ti.
A propósito, ¿cuál es la función de La Voz de la Esperanza? ¡Estamos realizando la misma obra que hace mi amigo cuando se pone a buscar gente a quien le corresponde una herencia! ¡Los mensajes de La Voz de la Esperanza son una forma de echar la red para atrapar a la gente llamada a recibir una herencia celestial, pero que no ha oído hablar de ella! ¿Eres tú una de esas personas?
(3) Todos los que creen en estas Buenas Nuevas acerca de nuestra herencia, llegan a ser “miembros del mismo cuerpo”. Por eso, el Señor toma a todo aquel que cree en el Evangelio y se arrepiente, y lo coloca en su iglesia, tal como lo hiciera con el apóstol Pablo. Cuando éste se convirtió en el camino a Damasco, el Señor lo puso en contacto con Ananías y los miembros de la iglesia que había en esa ciudad (Hechos 9:10-17). El Señor quiere que tú seas un miembro de su “cuerpo” terrenal, esa iglesia especial que “guarda los mandamientos de Dios, y tiene la fe de Jesús”, la iglesia verdadera que guarda el santo día sábado, y que cree todas las verdades liberadoras que enseña la Biblia. Cuando la halles, tal vez sea una congregación pequeña, pero no dejes que eso te desanime. El Señor Jesús les dice a sus verdaderos seguidores: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (S. Lucas 12:32).
(4) Todos somos “partícipes de la promesa en Cristo”. Cuando alguien nos da un pagaré, no gozamos de ese dinero sino hasta cuando la persona nos hace el pago. Pero cuando Dios nos hace una promesa, recibimos en seguida la felicidad. La promesa ya tiene vida en sí misma. Desde luego, lo que se nos promete es la vida eterna en el glorioso reino de Dios. Pero si aprecias la promesa en todo lo que vale y la crees, aunque estés en prisión como lo estaba el apóstol, puedes gozar ahora mismo de la realidad que contiene esta promesa. Serás feliz en cualquier circunstancia que te encuentres (preso, enfermo, etc.); repito, serás tan feliz ahora al creer en la promesa, como lo serás cuando ésta se cumpla en toda su plenitud.
(5) Esto es lo que hace que las promesas de Dios sean algo tan especial. “La fe es estar seguros de lo que esperamos, y ciertos de lo que no vemos” (Hebreos 11:1). La fe que Dios te ha concedido, y que enriquece tu alma, es la cuota inicial que garantiza la realidad que te traerá la eternidad. Puedes así comenzar ahora mismo a gozar del cielo. Esto es lo que quiso decir el apóstol Pablo en Efesios 1:3, al asegurar que Dios “en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos”.
Pero alguien puede decir: “Usted no me comprende. ¡El hecho es que no tengo ni una pizca de fe!”
Permíteme, mi amigo, mi amiga, desenvolver un poco más este “paquete navideño” que Pablo nos ha hecho llegar en Efesios, contándote un secreto que mucha gente no sabe que se encuentra allí. Tan seguro como que Dios te ha dado el aliento para respirar, así también te ha dado una “medida de fe”. En Romanos 12:3 el apóstol se refiere a “la medida de fe que Dios repartió a cada uno”.
La palabra usada en el idioma original es metron, que significa una realidad definida de fe, de tamaño suficiente como para usarla efectivamente si tan sólo reconocemos este don y lo apreciamos. (Si alguien te trae un regalo de Navidad, ¿no le dices: ¡Gracias!, por habértelo dado?)
En conclusión, la gran pregunta es: ¿Has elegido usar, es decir, ejercitar la fe que Dios te ha dado? No importa cuantas sogas el diablo haya usado para mantenerte en su cautividad, en este mismo momento tienes la facultad de escoger. Josué dijo, hace mucho tiempo: “Yo y mi casa serviremos al Señor” (Josué 24:15).
Y junto con este valioso don, llega a nosotros uno aún más precioso. Para que lo comprendas tengo que contarte una breve historia. En los evangelios leemos que había un hombre cuyo hijito sufría un grave caso de posesión demoníaca. Pareciera como si Jesús hubiera querido provocar a ese padre desesperado al decirle: “Si puedes creer, al que cree todo es posible” (S. Marcos 9:23). El pobre hombre estaba llorando. Se sentía culpable, pecaminoso. ¿Cómo podría creer con la intensidad suficiente como para que su hijito fuera librado?
Entonces, presa de la desesperación, clamó diciendo: “¡Creo! ¡Ayuda mi poca fe!” (vers. 24). Alguien que conocía al Señor y era una persona muy sabia, nos dijo en cierta ocasión que si elevamos esa plegaria, nunca nos iremos a la perdición.
Ahora, inclina ante Dios tu corazón, y deja que tus lágrimas se expresen en esa misma oración, que se eleva directamente hasta el trono de la gracia.
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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