En nuestro periódico local se publicó un incidente muy triste. Cierta dama de 63 años de edad, que se había jubilado hacía poco de una posición responsable en una gran firma comercial, fue hallada culpable de haber cometido un desfalco por valor de 910.422 dólares, a través de sus últimos 11 años de trabajo en esa compañía. ¿Quieres conocer a una mujer presa de la más profunda tristeza? Aquí la tienes.
Ha olvidado sonreír. Se ha declarado culpable ante la corte, y espera su sentencia. Por supuesto, la corte le ordenará devolver todo lo robado, pero ella no podrá hacerlo. Ya no lo tiene. Se le ha escurrido de las manos para siempre.
¿Cómo es que esta mujer, por otra parte honesta y cumplidora (no hay registro de ninguna ofensa anterior), llegó al punto de arruinar sus cómodos años de retiro de tal forma? El abogado que la defiende dice: “Se trata de una mujer que no tiene historia criminal; sólo es esclava de su adicción”. ¿Y cuál es esa adicción? Nada menos que el juego. Gastó lo robado en los casinos de California y Nevada, los cuales, desde luego, se niegan a devolverle nada. La jugadora mantenía la esperanza de ganar lo suficiente como para devolver lo que debía, antes que la sorprendieran; pero seguía perdiendo y perdiendo, vez tras vez. Deprimente, ¿verdad?
Su vida ha quedado en ruinas a los 63 años, excepto por el consuelo que el Señor le pueda conceder a través de su larga vida en la pobreza, por causa de su enorme deuda. Ahora tendrá que seguir trabajando siempre, por el resto de sus días.
Hay muchas otras personas cuyas vidas se han visto arruinadas por el juego, el alcohol, las drogas, la prostitución o la esclavitud a la pornografía. Tal como en el caso de la mujer mencionada, a quien se describió como “esclava de su adicción”, así también hay multitudes de seres humanos atrapados en sus adicciones. A nuestro alrededor abundan ejemplos. Tal vez tú seas uno de ellos.
La maravillosa carta de Pablo a los Efesios describe este horrendo foso de compulsión al mal en el cual caemos constantemente los seres humanos: “Vosotros estabais muertos en vuestros delitos y pecados. En ellos anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire [otro nombre de Satanás], el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Entre ellos todos nosotros también vivimos en otro tiempo al impulso de los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, igual que los demás” (Efesios 2:13).
La mujer del relato que fue sorprendida cometiendo ese desfalco por casi un millón de dólares, comprende lo que es esa “ira”. No necesita que Dios se enoje con ella; ¡ya se odia ella misma! Y Pablo deja en claro el hecho de que ninguno de nosotros podemos sustraernos de esta lista de gente culpable; por eso dice: “Todos nosotros también vivimos en otro tiempo al impulso de los deseos de nuestra carne”, es decir, a la merced de nuestras diversas adicciones. Dice David que en cuanto nacimos, comenzamos a descarriarnos. (Salmos 58:3). Por naturaleza tenemos lástima de los esclavos, gente cautiva que no tiene posibilidades de libertarse por sí sola. Pero el pecado ha esclavizado a la raza humana entera, haciendo que, según asevera Pablo, cada uno esté “vendido al poder del pecado”. “No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco”, confiesa el apóstol (Romanos 7:14, 15).
Esa es precisamente la condición de todos nosotros mientras estamos separados de un Salvador. Así de fuerte es el pecado en nosotros, no importa la forma que tome nuestra adicción. Si Cristo no hubiera venido del cielo para salvarnos, todos nosotros –es decir, toda la raza humana— estaríamos completamente perdidos.
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó” –dice el apóstol, hizo lo necesario para ayudarnos. El rasgo fundamental del carácter de Dios es el amor. “Aun cuando estábamos muertos en pecados, nos dio vida junto con Cristo” (Efesios 2:4, 5). El Padre nos amó a tal punto que dio a su Hijo único, el cual dejó de lado todas las ventajas y prerrogativas de su exaltada posición como Dios, y se humilló a sí mismo más allá de nuestra comprensión, hasta el extremo de tomar sobre sí nuestra condición de “muertos”. Jesús murió por nosotros y como uno de nosotros.
“Cuando estábamos muertos en pecados”, Cristo nos salvó. No esperó a que nosotros diéramos el primer paso y le pidiéramos que nos salvara. ¡No! En cambio, entró a nuestra condición sin ser invitado! Y lo hizo porque así es “su gran amor”. No retrocedió, vacilante, esperando que nosotros demostráramos algún valor que lo motivara a hacer algo por nosotros. No, “por su gran amor con que nos amó”, aunque no teníamos mérito alguno, por ese gran amor, vino a rescatarnos.
En el lenguaje original, la palabra que se traduce por “su gran amor” es ágape, una palabra cuyo significado más profundo se halla fuera de nuestra capacidad para apreciarlo. La muerte que Cristo sufrió por nosotros y en nuestro lugar era la muerte que implica absoluta y eterna oscuridad porque, en ella, el Padre escondió de él su rostro. Tal muerte implicaba experimentar el abandono de su Padre. Cristo clamó desde las profundidades de su quebrantado corazón: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” No hay términos para describir “la anchura y la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo. . . ese amor que supera a todo conocimiento” (Efesios 3:17, 19).
¡Ese es “su gran amor con que nos amó”! Amigo, amiga de La Voz, cuando comienzas a darte cuenta de lo que sucedió, cuando tu pueril intelecto comienza a crecer y empiezas a comprender (1) que Cristo es tu Salvador íntimo, más cercano a ti que cualquier otra persona en el mundo, (2) que tomó sobre sí en su totalidad la carga de tu culpabilidad y tu desesperanza, y (3) que todo estaba hecho con tal exactitud a la medida de tu necesidad, que es como si tú hubieras sido la única otra persona en todo el anchuroso universo, entonces sientes que la vida eterna vibra en cada célula de tu ser. Esto es lo que quiere decir Pablo con la expresión “nos dio vida junto con Cristo”. (No necesitamos esperar hasta morir para recibir la vida eterna. Ahora mismo se manifiesta como una nueva calidad de existencia.)
Veamos ahora cómo el evangelio se despliega paso a paso ante nosotros, a la manera del capullo de una rosa que se abre poco a poco:
(1) “Por gracia habéis sido salvos” (Efesios 2:5). La gracia es la bondad que Cristo manifiesta hacia los malvados, aun los que lo insultaron y escupieron, que lo golpearon hasta que le brotó la sangre de sus heridas, y por fin lo crucificaron. Entonces, el Salvador oró: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. ¿Te preguntas qué significa la expresión bíblica: “Por gracia habéis sido salvos”? ¡Esta es una pequeña parte del total!
(2) “Por gracia habéis sido salvos por la fe” (vers. 8). Seamos cuidadosos de no decir que somos “salvados por fe”. La forma correcta de expresar esta gloriosa realidad es diciendo: “Hemos sido salvos por gracia, por medio de la fe”. Si no elegimos tener fe, esto es, creer, “su gran amor con que nos amó” habrá sido en vano. Yo digo así, “en vano”, pero la Biblia nunca dice eso; aun si eliges no creer, su amor por ti no ha sido en vano, porque te ha traído todo lo que alguna vez hayas conocido. Los malvados que no muestran ningún interés en él comen de todos modos su pan cotidiano sólo porque Cristo es “el pan de vida” que él dio “por la vida del mundo” (S. Juan 6:32, 33, 51, etc.) ¡Pensemos en esto! La vasta multitud de los perdidos se darán por fin cuenta de que cada vez que llenaban sus pulmones de aire fresco, era por la gracia de Cristo!
(3) “Y esto no proviene de vosotros” (Efesios 2:8), “sino que es el don de Dios”. ¿Sabías tú que Dios le ha concedido a cada ser humano un don de fe como “equipo original” que es tuyo aunque no lo aprecies? Te ha concedido suficiente fe como para que respondas para salvación eterna de tu alma. Ningún ser humano le dirá a Dios en el día del juicio final: “Me privaste de la fe que necesitaba para responder a tu gracia”. ¡Imposible! Si crees, simplemente estás guardando la fe que Dios te concedió. El cuadro que aquí se presenta es el de un Salvador que nos ama en forma tan absoluta e infinita que no ha dejado de lado nada necesario para salvarnos hasta lo sumo, eternamente.
(4) El apóstol continúa diciendo que todo esto es “no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:9). O, como dice 2 Corintios 5:18: “Y todo esto proviene de Dios”. Dios es el gran Orfebre, dedicado a crear una maravillosa obra de arte; estamos en sus hábiles manos.
(5) “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).
(6) Cuando sumamos todas estas Buenas Nuevas, nos damos cuenta de una verdad asombrosa: Es fácil ser salvos y difícil perdernos, si comprendemos y creemos cuán buenas son estas Buenas Nuevas. Como hemos visto antes, el Padre ya nos ha adoptado “en Cristo”. A cada uno de nosotros nos predestinó para ser salvos, nos escogió “en él”, creó en el cielo un lugar eterno para nosotros, puso nuestro nombre en un lugar de su mesa del banquete, y nos dio todo esto como “herencia”, tan seguramente como un hijo hereda la propiedad de su padre. Es tuyo y mío para siempre, dado ya a nosotros “en Cristo”.
Así pues, ha llegado el momento de hacer lo que Pablo nos urge hacer, es decir, regocijarnos porque “ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo” (Efesios 2:13). Somos acercados, no por nada que nosotros hagamos. Fue su sangre lo que nos acercó. ¿Qué significa eso? Significa que todo lo que sucedió en la cruz cuando Jesús dio su sangre, se aplica a cada ser humano por igual. Olvida tus preocupaciones acerca de si Dios te ha aceptado o no; cuando el Salvador derramó su sangre en su cruz, te aceptó a ti, te adoptó, te dio la bienvenida, te escogió como suyo.
Es por esta razón que desde ahora en adelante puedes vivir gozosamente guardando todos sus mandamientos. De ahora en adelante, toda tu vida dice: “¡Gracias, Señor, por salvar mi alma!” ¡De ahora en adelante nunca tendrás temor de testificar solo por el Dios que murió tu segunda muerte! Ningún sacrificio es demasiado grande para hacerlo por él. Nadie te podrá atemorizar.
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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