¿Te gustaría, amigo lector, que alguien escribiera una biografía de tu vida? ¡Piensa! Un tomo elegantemente encuadernado, ocupando un lugar destacado en las librerías, dedicado exclusivamente a narrar tu vida. En serio, ¿te gustaría que allí se dijera todo, absolutamente todo?
Yo sé que si alguien escribiera una biografía exacta de mi vida, tendría que incluir algunos capítulos muy tristes. Tendría que hablar de los años que vagaba “sin esperanza y sin Dios en el mundo”, “sin Cristo, como extraño” a la iglesia, “ajeno” a los pactos de la promesa que Dios le concedió a su pueblo. Al recordar esos años de vagar sin rumbo, sólo puedo lamentar el no haber visto antes la luz de las Buenas Nuevas. Pero no vale la pena sufrir por la vanidad y vergüenza del pasado.
Todos tenemos en nuestras biografías esos tristes capítulos. El apóstol Pablo, escribiendo a los efesios, pero dirigiéndose a todos nosotros, se refiere a nuestra común biografía: “Acordaos”. . . que (1) tenéis un pasado que no es bueno. ¿Por qué? (2) “En otro tiempo, vosotros [erais] los gentiles en la carne. . . (3) En aquel tiempo estabais sin Cristo, (4) excluidos de la ciudadanía de Israel, (5) ajenos a los pactos de la promesa, (6) sin esperanza y (7) sin Dios en el mundo” (Efesios 2:11, 12).
En numerosas ocasiones Dios nos exhorta a “recordar” nuestro pasado. La expresión “gentiles en la carne” se aplica a nosotros para indicar que nacimos fuera de la casa o familia de Dios. ¿Por qué es útil que nosotros recordemos este hecho?
(1) Es un ejercicio saludable recordar de dónde hemos venido. Por ejemplo, Dios le recordó a David en toda su gloria, dónde lo había encontrado. De este modo, su origen humilde podría haber ayudado al rey a mantenerse en el buen camino. Desgraciadamente, David lo olvidó y tuvo que cosechar las consecuencias. ¡Que ni tú ni yo lo olvidemos!
(2) La expresión “gentiles en la carne” significa que nacimos separados de Dios. Ni una sola gota de justicia ha llegado hasta nosotros genéticamente, a través de nuestro ADN; todo lo tenemos que recibir de Cristo, “por fe”.
(3) Hemos nacido “sin Cristo” porque “la inclinación de la carne es contraria a Dios” (Romanos 8:7). Es cierto que Cristo ya había muerto por nosotros, y ya nos había redimido por su sacrificio, pero nosotros no lo sabíamos. Por eso vivíamos separados, sumidos en la ignorancia.
(4) Eramos “extraños” a la casa de Dios porque no sabíamos que “le pertenecemos” por virtud del sacrificio que Cristo hizo por nosotros. Nuestra situación era como la de un individuo con mucha hambre, que se pasea frente a una casa llena de alimentos en abundancia, sin saber que ha sido invitado a entrar.
(5) ¿Qué significa ser “ajenos a los pactos de la promesa”? Quiere decir que vivimos encima de una mina de oro y no sabemos nada de lo que hay bajo nuestros pies. La “promesa” del pacto es la promesa que Dios le hizo a Abrahán por nuestra causa. Siempre ha estado en la Biblia; pero para nosotros ha sido un libro sellado, y nunca supimos nada de las maravillosas Buenas Nuevas que contiene. Sentíamos que no pertenecíamos a la casa de Dios; la gente que estaba adentro nos parecía demasiado buena como para asociarnos con ella. No sabíamos que habíamos sido invitados; que en la mesa del banquete había un lugar con nuestro nombre escrito, porque Dios nos ha “predestinado” a todos para ser salvos. ¡Pero nadie nos lo había dicho en un lenguaje que pudiéramos comprender!
(6) Es por esta razón que estábamos “sin esperanza”. Y por supuesto, ¿qué hicimos entonces? Pues, nos lanzamos a experimentar todos los placeres y vicios que llenan el mundo. Nos pusimos a usar licor y drogas, y a experimentar placeres muchas veces ilícitos. Esto es lo que la gente hace cuando se halla “sin esperanza”. No es que sean más malvados que los demás; el problema básico es que no tienen esperanza. Y cuando uno está desesperanzado, entonces no halla otra cosa que hacer, sino vivir la vida igual que los antiguos paganos de Roma, que decían: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
(7) Todo esto viene a destacar la sencilla verdad de que estábamos “sin Dios en el mundo”. El único hogar que conocíamos era este malvado mundo. Sentíamos que pertenecíamos a él, y que la muerte. . . bueno, la muerte era simplemente el infierno que todos merecíamos, y a él nos encaminábamos.
En esta situación desesperada, el Hijo de Dios hizo acto de presencia.
El Salvador vino con la misión de salvarnos para siempre. El siguiente pasaje nos reanima: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo” (Efesios 2:13). Algunas tribus de Africa, cuando quieren adoptarte como “hermano” te pinchan el dedo y mezclan su sangre con la tuya. Hoy consideraríamos que el procedimiento es peligroso desde el punto médico; pero esta costumbre ilustra cómo el Hijo de Dios llegó a ser el “hijo del hombre”, uno con nosotros por vínculo de sangre. Al morir en la condición de ser humano, derramando así “nuestra” sangre, se unió para siempre con la raza humana, es decir con todos nosotros. Nosotros, los “ajenos” nos hemos transformado en “cercanos”. Pero no nos sentimos orgullosos, porque “recordamos” de dónde salimos, “el hueco de la cantera de donde fuimos arrancados”.
En vez de experimentar el conflicto que rugía en nuestros corazones, ahora “Cristo es nuestra paz”. “De los dos pueblos hizo uno, y derribó el muro divisorio”, “matando en ella [la cruz] la enemistad” que siempre tuvimos contra la Ley de Dios (Efesios 2:16). El Salvador logró esta gran victoria “en su carne” que tomó de nosotros haciéndola suya. ¿Es pecaminosa nuestra “carne” o naturaleza? Así fue la naturaleza, la “carne” que Jesús “tomó” como suya; pero esto no significa que él haya pecado. Nunca, en pensamiento, palabra, ni acción, cedió a las tentaciones que han inundado nuestra mente. Su carne era la nuestra, pero su mente era la suya, y siempre rechazó las tentaciones de la carne. Así “la gracia de Dios que trae salvación, se manifestó a todos los hombres, y nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos” (Tito 2:11).
Cristo hizo todo esto “para reconciliar[nos] con Dios en un solo cuerpo mediante la cruz. . . y vino, y anunció la paz a vosotros que estabais lejos y a los que estaban cerca” (Efesios 2:16, 17). Los que pensaban estar “cerca” eran los judíos, que terminaron crucificando al Hijo de Dios. Notemos que Jesús hizo todo esto con el fin de “reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo”.
Ahora, debido a esta “paz” que se nos ha concedido, amamos al pueblo que antes considerábamos enemigo. No hemos trabajado por obtenerla, ni la hemos ganado; es un don gratuito que se nos concede. ¡Es un milagro! ¡Te ha hecho sentir amor por los que tú creías eran tus enemigos!
No importa cuán pecaminoso o degradado haya sido alguien, cuando dicha persona contempla la maravillosa cruz y abre su corazón para creer, es transformada de modo que su carácter se asemeja al de Cristo. El Padre le da la bienvenida a “la familia de Dios”, y queda unida al “cuerpo de Cristo, tal como nuestros miembros físicos se hallan unios al resto del cuerpo. Por todos ellos circula la misma sangre, y en todos ellos actúa el mismo sistema nervioso. No sólo llegamos a ser “uno con Cristo”, sino que ahora también somos “uno” con todos los demás creyentes que con gozo obedecen sus mandamientos.
Amigo lector, si todavía no te has entregado a Cristo para hacerte miembro de su iglesia en este mundo, la cual se distingue por “guardar los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”, esa iglesia que ha obedecido su llamado: “Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados y no recibáis de sus plagas” (Apocalipsis 14:12; 18:4), entonces, por lo que más quieras, hazlo ahora.
Pablo no puede dejar de enumerar todas las bendiciones que llegan a ser nuestras “en Cristo”. Por él. . . tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu” (Efesios 2:18). “Acceso” es lo que permite que el hijo único de un rey entre a la sala del trono; “acceso” es sentarse en las rodillas del soberano ante la vista maravillada de todos los cortesanos y embajadores ante la corte. “Acceso” es la íntima comunión que se nos ha concedido de modo que nuestro primer clamor es siempre “Abba, Padre” (Romanos 8:15). Ese grito que surge de las profundidades de tu corazón solitario es la prueba de que (1) has recibido verdaderamente la adopción a la familia real y (2) que ahora crees eso de todo corazón. Tu fe ha consolidado la adopción.
¡El apóstol casi no puede contenerse al describir la riqueza que ahora poseemos! “Así, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos con los santos, miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:18-22). Ahora, según la Biblia, por fe has llegado a ser uno de los santos verdaderos.
“Así, ya. . . sois. . . edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular” (Efesios 2:19, 20). Esto significa no sólo que hemos sido adoptados, sino también que la obra de unificarnos es como construir un edificio que no puede caer jamás. La arquitectura es perfecta; la piedra fundamental es la gran Roca de los siglos, Cristo mismo. ¡Él nunca te dejará caer! Ha prometido sujetarte de la mano para que no caigas (Isaías 41:13).
Y no creamos que esta es la herejía según la cual “una vez salvos, somos siempre salvos”. Es la verdad acerca de su amor invariable, su eterna fidelidad que le permite sujetar nuestras manos para que no caigamos. Pero no nos obliga. Si queremos, podemos soltarnos de su mano protectora. ¡No lo hagas! ¡Deja que te sujete de la mano!
En Cristo, “todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efesios 2:21). ¡Mi corazón se estremece de emoción al sólo leer estas palabras! ¡Nunca se escribió otro libro tan poderoso como la Biblia!
En Cristo “vosotros también sois edificados juntos, para la morada de Dios en el Espíritu” (vers. 22). La “casa” ha sido construida, y está terminada; pero nunca fue el propósito que quedara vacía. Nosotros llegamos a ser los “templos” en donde mora el Señor, cuando el Espíritu Santo entra en nuestros corazones. Por nuestra elección le decimos “sí”. Por fe él entra allí a morar. ¿Quieres decir, “entra, Señor”? ¿Le darás la bienvenida?
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados