Quizás tú eres una de esas personas que siente que es tan poco importante, que Dios no se ocupa de escuchar sus oraciones. ¿Te gustaría que alguna persona buena, algún santo, orara por ti? Por ejemplo, si el Papa orara por ti, quizás pensarías que Dios se daría cuenta de que existes, y te ayudaría.
Si así es, tengo noticias muy buenas para ti: el apóstol Pablo dice que con frecuencia él oraba por ti. Lo dice de esta manera: “Desde que oí acerca de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor hacia todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones” (Efesios 1:15, 16).
De este pasaje podemos aprender varias verdades muy bellas:
(a) Dios te conoce por nombre, individualmente. Significas mucho para él.
(b) Sí, el apóstol Pablo oraba frecuentemente por ti, puesto que dice: “no ceso” de orar por ti.
Quizás digas: ¡“Pero Pablo vivió hace mucho tiempo, y las oraciones que ofrecía entonces no me pueden hacer ningún bien hoy!” Recuerda que Pablo está escribiendo su carta a todos; el nombre “Efesios” que le dan nuestras Biblias no limita su alcance, pues es en realidad para todos nosotros. Pablo se refiere a sus oraciones en un sentido corporativo, teniendo un significado especial por estar él tan cerca de Cristo. El apóstol comprendía el gran plan de Dios para la salvación del mundo, porque él mismo había salido de entre profundas tinieblas. Dios lo había escogido especialmente para ser el apóstol enviado a las naciones, porque sabía lo que es vivir en las tinieblas y la incredulidad. Cuando escuchas las palabras de Pablo o lees sus cartas, unes tu fe con sus ruegos por ti, y el resultado es una gran bendición personal para ti.
Pero, ¿qué pidió Pablo a Dios que hiciera por nosotros? El apóstol oró diciendo: “Y pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación para que lo conozcamos mejor” (Efesios 1:17). Si tan sólo recibiéramos aquello que Pablo ora pidiendo que tengamos, ese regalo valdría más que todo el dinero del mundo. Dios quiere que salgamos de nuestra condición de niños de jardín de infantes, creciendo “a la madurez de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13, 15). A Dios no le agrada que dejemos vagar nuestras mentes sin rumbo ni disciplina. En respuesta a la oración de Pablo, todo seguidor de Cristo recibe espíritu de “sabiduría”. Cuando te consagras a Cristo, consagras a él también tu mente.
Leemos en Isaías que el Padre celestial despertaba a Jesús en las mañanas para enseñarle sabiduría (no olvidemos que toda la sabiduría que Cristo haya desplegado alguna vez, la tuvo que aprender exactamente en la misma forma como tú y yo tenemos que aprenderla: estudiando las Sagradas Escrituras). “Dios, el Señor, me dio lengua de sabios, para saber hablar palabra de aliento al cansado. Mañana tras mañana me despierta el oído, para que oiga como los sabios. Dios, el Señor, me abrió el oído, y no fui rebelde, ni me volví atrás” (Isaías 50:4, 5).
¡El Señor está dispuesto a hacer lo mismo por ti! Cuando le entregas tu corazón a Cristo, entras en su escuela como un nuevo alumno o alumna; la vida se vuelve interesante y atractiva. Se despierta tu interés, y descubres que aprender la sabiduría de Dios en su Santa Palabra es lo mejor que podamos imaginar.
Pero recuerda una cosa: si deseas escuchar la voz del Espíritu cuando te llame cada mañana, como llamaba a Jesús en su juventud, no puedes quedarte hasta la madrugada mirando televisión. Necesitas ir temprano a la cama de modo que puedas despertar temprano a la mañana siguiente para que el Espíritu Santo te enseñe. Tienes una elección que hacer: ¿Estarás “hambriento y sediento” del conocimiento de Dios, o preferirás los placeres vacíos del mundo? Tu respuesta es clara: ¿Acaso no has sido “resucitado” de la muerte a una vida nueva en Cristo?
El apóstol Pablo dice que nuestro corazón tiene “ojos”, y ora para que Dios “alumbre los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis la esperanza a que fuisteis llamados, la riqueza de su gloriosa herencia en los santos” (Efesios 1:18). También ruega que podamos conocer “la incomparable grandeza de su poder hacia los que creemos, la fuerza eficaz de su potencia. Ese poder Dios lo ejerció en Cristo, cuando lo resucitó de los muertos” (Efesios 1:19, 20).
Quizás alguno de nuestros lectores esté empeñado en una fiera lucha contra el alcohol. Ha tratado una y otra vez de dejarlo, sin lograrlo. Pareciera que la botella lo atrae cada vez más, y se siente impotente en las garras de ese demonio. Hay muchos otros que se ven “muertos” por el dragón de la pornografía; algunos se entregan a esta compulsión a escondidas, para que su cónyuge no se dé cuenta de lo que sucede. Se entregan a su adicción efectuando encuentros secretos con su computadora, muy tarde en la noche, o mirando las revistas impuras.
A todos los tales llega la voz del apóstol Pablo, diciendo: “El mismo poder que el Padre usó cuando levantó a Cristo de entre los muertos te librará también de ese hábito mortífero que te esclaviza”. No hay psiquiatra ni médico en el mundo que tenga el poder que levantó a Cristo de entre los muertos. Temprano por la mañana ese domingo después de la crucifixión, el Padre envió un ángel con el mensaje: “¡Levántate! ¡Tu Padre te llama!”
Esa voz del cielo atravesó los oídos muertos del Hijo de Dios. El Salvador oyó y respondió, tal como había respondido tan a menudo en su juventud cuando el Padre lo despertaba temprano por la mañana para estudiar las Escrituras, para aprender, para escuchar. Nunca se había negado a obedecer. Y mientras yace frío y yerto en su tumba de piedra, el Hijo de Dios vuelve a escuchar y responde. ¡Y en seguida se levanta!
Cristo había ascendido de la tumba hasta las mismas alturas de los cielos. El Padre “lo sentó a su diestra en los cielos, sobre todo principado, autoridad, poder y señorío, y sobre todo cuanto tiene nombre no sólo en este siglo, sino aun en el venidero” (Efesios 1:20, 21). Cristo ha comenzado su obra como Sumo Sacerdote en el lugar santísimo del gran santuario celestial. Todo lo que Cristo logró al morir en la cruz, ahora lo pone a nuestro alcance por medio del Espíritu Santo. A través de él estamos más cerca de Jesús hoy, que los discípulos lo estuvieron hace dos mil años.
El profeta Daniel nos dice cuando debía comenzar esta fase final del ministerio de Cristo en el santuario celestial, y sabemos por sus profecías que ya ha comenzado. La prioridad de Cristo ahora es preparar un pueblo para encontrarse con él cuando vuelva en las nubes del cielo, tal como Pablo lo describe: “Creemos que Jesús murió y resucitó, y que Dios traerá con Jesús [de entre los muertos] a los que durmieron en él [esto es, los muertos de todas las épocas]. Por eso os decimos en Palabra del Señor, que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron [esto es, a los muertos que serán resucitados]. Porque el mismo Señor descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tesalonicenses 4:14-16).
Ahora, pongamos atención cuidadosa para ver cuál es la obra especial que Cristo está realizando en su santuario celestial. Aquí se describe el glorioso futuro, disponible hoy para todo habitante del mundo que le permita a Cristo quitarle sus malos hábitos. Nuestro Salvador está preparando un pueblo para este gran acontecimiento: “Luego nosotros, los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes, a recibir al Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor” (vers. 17).
Así es: “Dios sometió todas las cosas bajo sus pies” (Efesios 1:22), esto es, bajo los pies de Cristo. Deja de temblar en un rincón, como un esclavo amedrentado, permitiéndole a Satanás que te pisotee. Cristo ha realizado estas dos obras maravillosas: (1) Ha derrotado a Satanás en su gran controversia con él; el sacrificio de Cristo en su cruz logró esto. (2) Ahora, como segunda parte, Cristo está compartiendo personalmente esa victoria contigo por medio de su Santo Espíritu, con el fin de prepararte para ser trasladado en ocasión de su segunda venida.
Esta obra final de Cristo como nuestro Sumo Pontífice, limpia el santuario de todo pecado. Pero para que se cumpla ese gran suceso, es necesario en primer lugar que su pueblo aprenda a vencer todo pecado. El santuario celestial no puede ser purificado mientras no sean purificados los corazones de su pueblo aquí en la tierra. Y esa es la obra que Cristo está realizando ahora mismo.
Esta gran obra fue prefigurada en el santuario que Moisés construyó en el desierto. Cada año, el día diez del séptimo mes, el pueblo de Israel observaba el “día de la expiación”. En esa ocasión, el santuario terrenal era “purificado” en forma simbólica, como un tipo o sombra de la gran realidad celestial, una especie de lección ilustrada para nuestro beneficio. Pero la sangre de los animales no podía lavar ni un solo pecado humano; todo el programa no era más que una lección objetiva.
Debemos notar que el pueblo nunca limpiaba su propio santuario. Sólo el sumo sacerdote hacía esa obra. Lo mismo sucede hoy, en el gran día cósmico de la expiación: No somos nosotros, sino Cristo, quien hace la purificación. Lo que nos toca a nosotros hacer es cooperar con él, dejarlo hacer, dejar ya de resistir.
Es como si el Salvador te tomara de la mano para guiarte. De hecho, lo ha prometido hacer, como el profeta lo dice: “Porque yo, el Señor, soy tu Dios, que te sostiene de tu mano derecha, y te dice: ‘No temas. Yo te ayudo’” (Isaías 41:13). Sabemos cómo un niño rebelde, que cruza una calle de mucho tránsito sujeto de la mano de su papá o su mamá, puede soltarse si está decidido a hacerlo, y luego correr en medio de los vehículos y morir atropellado. Cristo nunca obligará a ninguno de sus hijos adoptivos a ser salvo en contra de su propia voluntad. ¡No le resistamos!
Cualquiera que sea tu adicción a lo que es pecaminoso, el mensaje que Pablo ha escrito para nosotros en su carta a los efesios, contiene el secreto de la liberación. “En Cristo”, te ha adoptado en su familia. Ahora, momento a momento, día tras día y hora tras hora, responde tú a su Santo Espíritu.
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados
Son sus consejos el timón seguro
que dirige la nave de mi vida;
entre sus labios la verdad anida
y en sus palabras se refleja el bien.
Nunca en la lucha perennal se abate
ni arroja su bordón de peregrino,
y cruza siempre el celestial camino
que conduce a las puertas del Edén.
Alma del alma que a tu amparo vive,
faro que alumbra el horizonte obscuro,
hábil piloto que el bajel seguro
conduces en las ondas de la mar.
Tú, en el desierto misterioso oasis,
tu, en la derrota la polar estrella,
astro luciente que la luz destella
en el cielo bendito de mi hogar.
Si alguna vez con torpe desvarío
aumenté de tu pecho la amargura,
si alguna vez en criminal locura
con mis ciegos desmanes te ofendí;
perdona, padre, al que llorando viene
para implorarte perdón de hinojos,
al que besando tus serenos ojos
quiere pedirte perdón así.
–En el hogar (fragmento)
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados
Entra a la sencillez de mi morada
para encender la luz de un fuego nuevo;
déjala de fulgores traspasada
con el limpio claror de tu mirada.
Santifica mi rústica pobreza
reposando, Señor, bajo mi techo;
rompe el pan con tus manos en mi mesa
y en mi hogar pon tu toque de belleza.
Si tú quieres, Señor entrar conmigo,
la mañana entrará por mi ventana;
no te pases de largo, dulce amigo
quiero morar contigo.
Ven, Señor, a mi mesa,
bendice el pan moreno;
y torna mi pobreza
en vaso siempre lleno
de amor y de belleza...
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