¿Aguno de ustedes ha pasado la vergüenza de haber entrado a una fiesta por equivocación? ¡Qué incomodidad, hallarse en medio de un grupo de extraños que lo miran a uno como si fuera un mendigo que hubiera entrado a pedir limosna!
Jesús nos ha dicho que a su Padre nuestro Padre celestial le encanta hacer fiestas. Le complace que la gente vaya a su amplia mansión para ser atendida con gran generosidad. ¡De hecho, se deleita en tomar a la persona que está sentada en el último rincón y acomodarla a la cabecera de la mesa! Jesús aconseja: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya otro más distinguido que tú. Y cuando venga el que te convidó a ti y al otro, tenga que decirte: ‘Da tu lugar a éste’. Y entonces empieces con vergüenza a ocupar el último lugar” (S. Lucas 14:8-10).
Jesús contó muchas parábolas que describen cuánto le gusta a nuestro Dios celebrar reuniones sociales. Se complace en ver cómo se siente el invitado humilde cuando se lo ensalza, y la cara de asombro que ponen los demás invitados.
Pero, ¿cómo nos sentiríamos si no se nos invitara, y tuviéramos que quedarnos afuera, en la oscuridad, mirando por las ventanas la diversión y la alegría de quienes están adentro?
Hoy necesitamos descubrir quiénes son los invitados del Señor.
Es cierto que algunas personas son tan orgullosas y arrogantes que intentarían entrar a la fuerza, sin haber sido invitadas; pero no es menos cierto que hay multitudes de personas que se quedan atrás, indecisas, sin atreverse a imaginar que haya una invitación para ellas. O si se consideran incluidas, se preguntan cómo podrían conseguir la vestimenta apropiada para asistir.
Nuestro estudio del libro de Efesios nos ayudará a comprender quiénes son los invitados. Pero antes de ir a ese libro, debemos ver qué dijo Jesús acerca de este tema: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él, no perezca, sino tenga vida eterna” (S. Juan 3:16). Este pasaje nos enseña, con toda claridad, que todo el mundo ha sido invitado a la fiesta. “Todo el que crea” es cualquier persona que acepta la invitación. ¡Tú y yo estamos invitados!
Quizás pienses: “¡Pero yo no he hecho nada que merezca tal invitación!” Eso es cierto en el caso de todos nosotros, porque no hay en el mundo nadie que pueda merecer una invitación a la fiesta de Dios. Se nos convida sólo por misericordia: “La gracia de Dios, que trae salvación, se manifestó a todos los hombres” (Tito 2:11). “Porque por gracia habéis sido salvos por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios” (Efesios 2:8, 9). Por lo tanto aprendemos que cuando Dios hace fiesta, abre sus puertas a todos. Así que, no te preocupes pensando si te habrán invitado o no. Dios te ha extendido su invitación, aun cuando eres pecador y puedas sentir mucha vergüenza por lo que has hecho en tu vida.
El problema no es la invitación, puesto que ya la tienes. Lo difícil es conseguir el traje apropiado. Se compara nuestra vida pecaminosa con el acto de vestirnos de harapos sucios, que nos da vergüenza llevar. Necesitamos ropa nueva.
Pero el Señor conoce nuestro problema y ya ha provisto lo necesario (¡su amor es incomparable!). Ya tiene nuevas vestiduras de tu talla, y te las ofrece sin costo alguno. Dios te viste con el nuevo traje confeccionado especialmente para ti, que representa el carácter de Cristo que te “cubre” en el juicio. No es que lo merezcas; es siempre un don de la gracia divina.
Cuando Jesús murió por el mundo, ¿habrá de veras muerto por mí, en el sentido personal? Vayamos ahora a Efesios 1. Haremos una lista de todos los magníficos logros de Cristo en nuestro favor, sin que falte uno. La suma de ellos es una preciosa invitación a la fista de Dios.
A la cabeza de esta lista se halla la siguiente declaración: “Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos” (ver. 3). Estas palabras nos revelan que el Padre de nuestro Señor Jesucristo es también nuestro Padre. ¿Querrá esto decir que ahora hemos llegado a ser parte de su familia, no por haber hecho algo bueno, sino porque el Padre “de tal manera amó. . . al mundo, que dio” a Jesús para que llegara a ser nuestro Hermano Mayor? Eso nos transforma en familiares.
(1) “Dios nos eligió en él desde antes de la creación del mundo” (vers. 4). Cuando estamos organizando una fiesta, “escogemos” con anticipación a nuestros huéspedes. Dios, con su infinita presciencia, nos “vio” mucho antes de que naciéramos; hizo planes para que existiéramos.
Alguno dirá, en tono de queja: “¡Pero yo fui un accidente!” El Señor Jesús simpatiza contigo. ¿Recuerdas cómo sus vecinos de Nazaret lo ridiculizaban en su niñez, pensando que era ilegítimo? ¡La Biblia deja en claro que Jesús fue tentado con todos los sentimientos negativos que te haya tocado experimentar a ti!
(2) Dios “nos predestinó para ser sus hijos adoptados por Jesucristo” (vers. 5). Esto también sucedió antes que naciéramos. En otras palabras, cuando naciste, Dios ya se proponía que fueras salvo o salva en su reino. Fuiste “escogido” y “predestinado” para ser “adoptado” en su familia.
Pero, ¡un momento! Esto no significa que Dios va a apretarte el cuello y obligarte a entrar a la Nueva Jerusalén contra tu voluntad. Por lo que a él respecta, tu invitación está perfectamente segura; tu nombre está colocado en un lugar de su mesa de banquetes. Pero tu vida entera es el período cuando debes elegir si quieres aceptar su invitación, de ser “adoptado” como miembro de su familia.
(3) Dios nos ha concedido su gracia “generosamente en el Amado” (ver. 6). Cuando Juan el Bautista bautizó a Jesús en el río Jordán, el Padre declaró haber aceptado a su Hijo, al decir: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (S. Mateo 3:17). Al mismo tiempo que Dios “aceptó” a Jesús como su Hijo, ¡abrazó también a toda la raza humana! Lo cual quiere decir que te rodeó igualmente a ti con sus brazos. Tu deber es creer esta gran verdad.
(4) El Padre “nos prodigó [su gracia] con abundancia en toda sabiduría e inteligencia. Y nos dio a conocer el misterio de su voluntad” (vers. 8 y 9). ¿Cuánto cuesta asistir durante años a la universidad para obtener un doctorado? ¡El costo de adquirir conocimiento es enorme! Pero aquí hay una “educación” más valiosa que la que ofrece cualquier institución educativa y nos es dada con el acto de recibir a Cristo en nuestro corazón.
Creer en el evangelio es más que simplemente levantar la mano en alguna reunión. Es un grado de aprecio que enternece el corazón e inspira asombro ante “la anchura y la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo. . . ese amor que supera a todo conocimiento” (Efesios 3:18, 19). El humilde hijo de Dios tiene el privilegio de meditar aun en las profundidades de misterios que durante milenios han confundido a los así llamados “sabios”.
(5) Pero todavía hay más en los versículos del 9 al 11. Allí leemos que nuestro Padre celestial “nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad. . . para que, llegado el tiempo, reuniera en él, bajo una sola cabeza, todo lo que está en el cielo y lo que está en la tierra. En él hemos obtenido también una herencia”. Lo que “reúne” es “todo lo que está en el cielo y lo que está en la tierra”. Si le entregas tu corazón a Jesucristo que murió por ti, llegas a ser uno con el gran universo de Dios. ¡Eres miembro de su familia! Y tal como si fueras el hijo de un millonario, con derecho a una parte considerable de la fortuna familiar, “en Cristo” eres heredero de las fortunas del universo mismo.
Desde luego, esta esperanza de recibir recompensa no es la verdadera motivación que te guía a entregarte a Jesús en cuerpo, alma y corazón. Es su amor que te “constriñe” a hacerlo. No eres un animal de trabajo que se mueve motivado por la zanahoria que cuelga ante él. Por ser miembro de la “familia” de Jesús y su Padre, ahora tienes un nuevo espíritu dentro de ti que te capacita para olvidarte de ti mismo, y te lleva a ejercer la misma devoción que Cristo demostró cuando vino a vivir y a morir por ti.
En esta obra de reunir todas las cosas “en Cristo”, y salvar a los perdidos como tú y yo, Dios el Padre halla su deleite. Cuando el libro de Efesios habla del “afecto de su voluntad” que nos adoptó mientras éramos “extraños” para transformarnos en “familiares”, en nuestro idioma significa que esto es lo que Dios se complace en realizar.
Y si eres una persona llena de salud y aficionada a la multitud de “cosas divertidas” que la gente moderna se complace en practicar, detente por un momento y piensa: todo esto terminará aburriéndote, por no tener a Cristo. El único y verdadero “placer” que conocerás es compartir “el afecto” de la “voluntad” del Padre. Acompañar a Jesús en sus visitas a los enfermos hospitalizados, los presos solitarios, los ancianos aislados, las víctimas del desaliento, los adolescentes que están “perdidos”. . . ¡ah, esto sí que es verdaderamente agradable! No es otra cosa que compañerismo con Dios; es una nueva calidad de vida; es la “vida eterna”, que comienza ahora mismo.
Tal como Jesús en su papel de Hijo de Dios caminó por las calles polvorientas de Nazaret, así también tú caminas con él, compartiendo su ministerio en favor de los demás. Respondes a su Santo Espíritu, que te motiva y te guía. Le permites despertarte en la mañana para tener unos momentos de oración y estudio de la Biblia, como leemos en Isaías 50:4: “Dios, el Señor, me dio lengua de sabios [aquí aparece nuevamente esa abundancia de “sabiduría e inteligencia”], para saber hablar palabra de aliento al cansado. Mañana tras mañana me despierta el oído, para que oiga como los sabios”.
Caminar con el Hijo de Dios, trabajar con él, gozarte para siempre con él; es la vida que Dios te invita a recibir. Como miembro de la raza humana, esta es tu “herencia” en él. Cuando el Salvador murió por todos, también murió por ti. Te compró con su sacrificio. ¡Ahora, deja que tome posesión de lo que compró! Es justo que hagas eso. No le quites lo que le pertenece. No estarás de ningún modo invadiendo la fiesta de Dios sin haber sido invitado. Dios te ha extendido una invitación personal. “En Cristo”, y con el corazón humillado sabiendo que no mereces nada, de todos modos te gozas al poseer todas las cosas, porque sabes que has sido escogido, adoptado y redimido “en Cristo”. ¡Te sientas en un puesto aun más elevado que el de cualquier ángel, porque te has unido en carne y sangre con el Hijo de Dios!
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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