Sin duda que por todas partes hay muchos que estarían dispuestos a dar todo lo que poseen a cambio de saber de cierto si Dios los ha aceptado para ser salvos en su reino eterno. ¡Cuán grande es el peso que podría quitárseles del corazón si tan sólo pudieran saber!
¿Está limpio el título de mi casa? ¿Está seguro mi trabajo? ¿Es buena mi salud física, de modo que pueda gozar de mi jubilación? La gente sabia piensa en todas esas cosas importantes; pero la gente más sabia piensa en la pregunta que hiciera Jesús: “¿Qué aprovecha al hombre [o a la mujer] si gana todo el mundo, y pierde su alma?” (S. Marcos 8:36). Si el Espíritu Santo ha impresionado tu conciencia y te ha llevado a pensar en esto, puedes sentirte muy feliz. Esta es una evidencia más de que Dios te ama en forma personal, individual.
Amigo, amiga de La Voz, Dios nunca se ha propuesto ocultarte nada que tenga que ver con tu salvación eterna, porque todo eso es Buenas Nuevas. La verdad se reduce a una sencilla realidad: el Padre nos amó tanto que entregó a su Hijo para siempre, con el fin de que se convirtiera en uno de nosotros, y llegara a ser nuestro segundo Adán, de modo que la raza humana entera pudiera llegar a la unidad “en él”. Nuestro primer Adán nos pasó a todos su condenación, pero nuestro segundo Adán nos pasó a todos la redención. El salvó a toda la humanidad. Podemos rechazarlo individualmente, y muchos lo hacen; pero si le permitimos cumplir sus propósitos, nos salvará eternamente en su reino. Por esta razón, no necesitas preguntarle a Dios si tu salvación está segura; lo que debes hacer es preguntarte a ti mismo: “¿Estoy dejando que Dios me salve? ¿Estoy cooperando con él, o lo estoy estorbando y resistiendo?”
El Espíritu Santo puso en el corazón de su siervo, el apóstol Pablo, la responsabilidad de escribir algo especial que responde a nuestras preguntas. Fue la carta a los efesios, pero también se dirige en ella a nosotros. Empecemos por el principio.
Pablo se presenta como un “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios” (1:1). ¿Sabías tú que todos los profetas y apóstoles de la Biblia se presentan del mismo modo? Afirman que Dios mismo los escogió para declarar su mensaje. Ninguno decidió hablar por cuenta propia; todos esperaron hasta que Dios los llamara.
Pablo quiere que comprendamos especialmente que su llamamiento fue “no de los hombres o por hombre, sino por medio de Jesucristo” (Gálatas 1:1). Proclama públicamente que no recibió su mensaje en ninguna escuela, sino que Jesucristo y Dios el Padre fueron sus maestros: “Os hago saber hermanos, que el evangelio que ha sido anunciado por mí, no es de hombres; pues ni lo recibí, ni lo aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo” (Gálatas 1:11, 12).
El apóstol llega al punto de parecer como si se gloriara de que no fueron los otros apóstoles que habían conocido a Cristo en persona, los que le enseñaron. “No consulté con nadie –dice—, ni fui a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo” (vers. 16, 17). Admite, sin embargo, que en cierta ocasión visitó a Pedro, pero sólo por “quince días”, y eso después de tres largos años en el desierto, donde estudió y aprendió por la enseñanza del Espíritu Santo (vers. 15-18).
Dios no nos ha llamado a ser profetas, y no nos ha dado visiones y sueños como los que tuvieron los profetas; pero lo más importante es que nos ha dado su Palabra, la Biblia. En ella podemos conversar con los profetas y apóstoles mismos, en forma más íntima aún que si hubiéramos compartido con ellos los senderos de su vida, miles de años atrás. Dios se ha encargado de preservar su verdad, segura en las páginas de este Libro. Si el “Cristo” de tu imaginación o de tus sueños es diferente del Cristo de la Biblia, debes volver a lo que dicen las Páginas Sagradas. Ese es el único lugar seguro para ti.
Si puedes imaginar un pozo de petróleo que lanza llamaradas hacia el cielo porque se le saltó la tapa o se quebró su válvula reguladora, podrás apreciar lo que significa la verdad que brota a torrentes de la Biblia. El apóstol Pablo dice que Cristo ha redimido a todo el mundo, con estas palabras: “Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos. Dios nos eligió en él desde antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos y sin culpa ante él, en amor. Y nos predestinó para ser sus hijos adoptados por Jesucristo, conforme al afecto de su voluntad, para alabar su gloriosa gracia, que nos dio generosamente en el Amado” (Efesios 1:36).
Alguien preguntará: “Pero ¿cómo podemos estar seguros de que la palabra “nos” no se refiere a otras personas que no tienen nada que ver con nosotros?” El mismo apóstol responde claramente a esta pregunta: “En él tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados según las riquezas de su gracia, que nos prodigó con abundancia en toda sabiduría e inteligencia” (vers. 7, 8). Notemos que esta redención ha llegado a ser nuestra por su sangre.
Ahora, permíteme hacerte una pregunta: ¿Dónde y cuándo fue derramada su sangre? Ciertamente fue cuando murió por nosotros en la cruz. Él mismo les había dicho a los discípulos: “Cuando yo sea levantado de la tierra, a todos atraeré hacia mí. Esto dijo para dar a entender de qué muerte había de morir” (S. Juan 12:32, 33). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único” (3:16). ¡Todo lo que Jesús hizo en esa cruz, lo hizo por el mundo entero! La Biblia no enseña que Cristo haya muerto sólo por algunos, dejando que el resto perezca. En el último capítulo de la Biblia (Apocalipsis 22:17), dice nuestro Redentor: “El que tenga sed y quiera, venga y reciba el agua de la vida gratuitamente”.
El apóstol Pablo explica el tema en forma minuciosa, paso a paso de modo que nadie se equivoque: “El don gratuito no es como el delito. Porque si por el delito de uno, murieron los muchos, mucho más copiosamente se derramó sobre los muchos la gracia y el don, por la gracia de un solo hombre, Jesucristo. Ni el don gratuito es como con el pecado de aquel hombre [Adán]. Porque a la verdad el juicio vino por un pecado para condenación, pero la gracia vino de muchos delitos para justificación. . . Así, como por el delito de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno solo, vino a todos los hombres la justificación que da vida” (Romanos 5:15-18).
Al decir del libro de Efesios que “tenemos redención por su sangre”, y que “nos dio generosamente” su gracia “en el Amado”, nos está diciendo que cuando Jesús murió, lo hizo por ti y por mí. En simples términos, significa que ha escogido a cada uno de nosotros “en él”, ha redimido a cada uno, adoptado a cada uno, justificado a cada uno, perdonado a cada uno. . . , nos ha predestinado a cada uno para ser salvos “conforme al afecto de su voluntad”.
En ninguna parte enseña la Biblia que Dios predestina a algunos para ser salvos y a otros para que se pierdan. ¡Hacer eso sería sumamente injusto! ¡Nadie podría ser feliz viviendo para siempre con un Dios que demuestra esta clase de favoritismo! Lo que dicen estas maravillosas Buenas Nuevas es que antes que el mundo fuera, Dios te escogió para ser uno de sus hijos, decidió adoptarte “en Cristo”, su propio Hijo, y te preparó el camino a través de todas las pruebas de la vida en este mundo hasta su segunda venida y la manifestación de su reino eterno. Esto es lo que siempre quiso cumplir en tu caso.
Tu nombre se halla escrito en su lista de huéspedes. Te ama tanto como ama a todos los demás. Pero ¿quiere esto decir que todo el mundo entrará por las puertas de la Nueva Jerusalén aunque no quiera? De ninguna manera. El libro de Efesios no enseña el universalismo, que es un peligroso error. La muerte de Cristo por nosotros significa que a cada uno nos es devuelto el libre albedrío “en Cristo”, es decir, nuestra capacidad de elegir. Podemos elegir ser salvos o podemos escoger perdernos. Es como si un rico comprara boletos para que todo el mundo viajara a Disneylandia y reservara los asientos, pero no todos aceptaran viajar. Algunos, incluso, destruyen sus boletos porque no quieren ir. Igualmente, todos entrarán en el cielo, excepto los que rechacen los “boletos” que Cristo ha comprado para todo habitante del mundo. Por supuesto que si escogemos ir a Disneylandia, nos presentaremos al aeropuerto a la hora debida. La persona que escoge aceptar el don que Cristo le ha concedido se somete gustosamente al Salvador, tal como el que quiere viajar se somete y entra al avión que se prepara a despegar.
Esto significa que ante los ojos de Dios somos muy importantes. Él nos ama como sus hijos. Nos respeta. Ve los dones naturales que él mismo nos ha concedido y que esperan ser desarrollados. Sabe que si eliges creer a estas extraordinarias Buenas Nuevas, crecerás y te desarrollarás como nunca soñaste que podrías hacerlo, por cuanto tu propia dignidad ha sido redimida junto con tu alma. Todas esas maravillosas promesas que Dios le hiciera a Abrahán llegan a ser tuyas “en Cristo”.
Haber sido “escogidos”, “predestinados”, “redimidos”, “adoptados”, “perdonados”, y todo esto “en él”, significa que ahora somos príncipes y princesas en el reino de Dios. “Pero –dirás tú—, todavía soy la misma persona sin educación, pobre y necesitada que era cuando comencé a leer este mensaje. ¡No soy digno de nada de todo esto!”
Amigo, amiga de La Voz, tú compartes algo en común con ese Bebé que yacía en la paja que alimentaba a los animales en el establo de Belén. Era el divino Hijo de Dios, pero no parecía serlo, y nadie reconoció quién era. Vivió la vida en santo incógnito. Ahora tú eres miembro de su familia, y vives en un mundo de pecado que no sabe lo que Cristo hizo por él. Este es un feliz “secreto” que compartes con el Señor; tú también caminas de incógnito por los senderos de la vida, pero el Espíritu Santo que mora en tu interior impresionará a la gente tal como impresionó a los que veían a Jesús.
Y no olvides que el apóstol Pablo dice en Efesios que Dios ha hecho todo esto “conforme al afecto de su voluntad”. ¡Es lo que a Dios le gusta hacer! Mientras los seres humanos vagan de un lado a otro buscando vanos placeres, el Padre se complace en hallar gente cuyos corazones se vuelven a él. Y cuando esto ocurre, cuando la persona es transformada por las Buenas Nuevas, ante los ojos de Dios se transforma en un individuo ¡cuyo valor es semejante al valor de su propio Hijo amado!
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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Son sus consejos el timón seguro
que dirige la nave de mi vida;
entre sus labios la verdad anida
y en sus palabras se refleja el bien.
Nunca en la lucha perennal se abate
ni arroja su bordón de peregrino,
y cruza siempre el celestial camino
que conduce a las puertas del Edén.
Alma del alma que a tu amparo vive,
faro que alumbra el horizonte obscuro,
hábil piloto que el bajel seguro
conduces en las ondas de la mar.
Tú, en el desierto misterioso oasis,
tu, en la derrota la polar estrella,
astro luciente que la luz destella
en el cielo bendito de mi hogar.
Si alguna vez con torpe desvarío
aumenté de tu pecho la amargura,
si alguna vez en criminal locura
con mis ciegos desmanes te ofendí;
perdona, padre, al que llorando viene
para implorarte perdón de hinojos,
al que besando tus serenos ojos
quiere pedirte perdón así.
–En el hogar (fragmento)
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados
Entra a la sencillez de mi morada
para encender la luz de un fuego nuevo;
déjala de fulgores traspasada
con el limpio claror de tu mirada.
Santifica mi rústica pobreza
reposando, Señor, bajo mi techo;
rompe el pan con tus manos en mi mesa
y en mi hogar pon tu toque de belleza.
Si tú quieres, Señor entrar conmigo,
la mañana entrará por mi ventana;
no te pases de largo, dulce amigo
quiero morar contigo.
Ven, Señor, a mi mesa,
bendice el pan moreno;
y torna mi pobreza
en vaso siempre lleno
de amor y de belleza...
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