En agosto del año 2003, los habitantes de los Estados Unidos de Norteamérica sufrieron la más desastrosa interrupción de los servicios eléctricos en toda su historia. En cosa de minutos, el sector nordeste del continente se vio transportado, repentinamente, a la vida del siglo XVII, sin preparación alguna. ¡Los que vivieron en esa época estaban más preparados y lo pasaban mejor!
Por ejemplo, en los grandes aeropuertos modernos, los cansados viajeros entraban a los baños, pero no se podían lavar las manos, porque los sensores electrónicos no funcionaban. En los rascacielos, millares de personas no podían beber un vaso de agua, porque no había presión suficiente en las cañerías. Si el apagón se hubiera prolongado por algunas horas más, hasta los inodoros hubieran dejado de funcionar. . . ¡Imagínese el problema!
El periódico Wall Street Journal dijo: “A la era electrónica se le quemó un fusible. Estando desenchufados, hasta las tareas más sencillas se vuelven imposibles”. Muchos no pudieron entrar a sus cuartos en los hoteles, porque sus cerraduras eran electrónicas. Los inconvenientes se multiplicaron a tal punto que dejaron de ser algo divertido. Un ama de casa halló un almacén que tenía una vieja caja registradora manual, pero no pudo comprar las papas que necesitaba, porque la balanza era electrónica. Las redes de telefonía celular se vieron tan saturadas por la cantidad de llamadas, que muchas dejaron de funcionar. No se podía comprar gasolina para los vehículos, porque las bombas de las gasolineras eran eléctricas.
Afortunadamente, el gran apagón se terminó en uno o dos días, a medida que los operadores de la red se las arreglaban para reconstituir las conexiones necesarias para hacer que los grandes generadores comenzaran de nuevo a funcionar.
Pero la gente empezó a pensar, qué sucedería si un apagón como ése durara largo tiempo. ¿Y qué sucedería si una organización terrorista como la de Osama Bin Laden descubriera alguna forma de paralizar la vida en los Estados Unidos? En el siglo XVII hubiera sido imposible provocar una tragedia así, porque en ese tiempo la mayor parte de la gente vivía con gran sencillez, en el campo. Carecían de nuestras conveniencias modernas, pero por lo menos tenían agua y comida. . . y baños.
La Biblia nos dice que se avecina el mayor de los desastres. No podemos leer muchas páginas de la Biblia sin encontrar advertencias acerca de un “tiempo de angustia” que vendrá sobre este mundo, como nunca antes ha sucedido en toda la historia. Por ejemplo, en el Evangelio según San Mateo se nos habla de los días más felices de todos los tiempos, cuando el Hijo de Dios Emanuel, “Dios con nosotros” recorría los senderos de este mundo, sanando a los enfermos, consolando a los dolientes, alimentando a los hambrientos, quitando las pesadas cargas del corazón con sus Buenas Nuevas. Hasta resucitó a los muertos. Los niños lo amaban, y se reunían a su alrededor para escuchar sus relatos. ¡Era un cielo en la tierra!
De pronto, como una explosión repentina en un tranquilo día soleado, surge de la boca de Jesús esta solemne advertencia “Porque habrá entonces una gran tribulación, como nunca hubo desde el principio del mundo, ni habrá después” (S. Mateo 24:21). Dijo además: “Porque esos son días de castigo, para que se cumpla todo lo que está escrito. . . Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra las naciones estarán en angustia, perplejas. . . Los hombres desfallecerán por el temor y la ansiedad de lo que vendrá sobre la tierra, porque las virtudes de los cielos serán conmovidas” (S. Lucas 21:22-26).
Si queremos estar preparados para un apagón de la energía eléctrica, necesitamos fósforos, velas y botellas de agua. Pero nuestra preparación para el tiempo de angustia que se acerca, requerirá algo más que eso.
La Biblia dice que “Dios es amor” (1 S. Juan 4:8). Y en el “tiempo de angustia” venidero, Dios no habrá olvidado su carácter amante. Seguirá amando a la gente que esté experimentando gran tribulación El profeta Amós dice que “irán errantes de mar a mar, desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando Palabra del Señor, y no la hallarán. En aquel tiempo las doncellas hermosas y los jóvenes desmayarán de sed” (Amós 8:12, 13). Dios no habrá dejado de amar a toda esa gente que andará de un lado a otro presa de la angustia; muchos serán gente que haya escuchado su Palabra, pero que habrá dejado pasar demasiado tiempo antes de responder. La enorme y maciza “puerta” de acceso al arca de salvación habrá sido cerrada por manos angélicas.
Una vez más, “como en los días de Noé”, así volverá a ocurrir.
Las molestias de los repentinos apagones de la electricidad, la escasez de gasolina, la falta de protección policial, los horrores de la violencia, serán problemas menores comparados con la verdadera razón de la angustia que se sentirá. El problema fundamental será que “la Palabra del Señor”, por tanto tiempo descuidada y despreciada, ya no estará disponible.
Esto no quiere decir necesariamente que no habrá Biblias para leer. Es que una persona puede leer la Biblia 24 horas por día sin obtener ningún provecho de su lectura, a menos que el Espíritu Santo esté presente para hacer que su mensaje tenga significado personal. La presencia del Espíritu Santo es para el alma humana lo que el tocadiscos digital es para un disco compacto (CD). De nada sirve tener una torre de discos tan alta como una casa, si no se tiene el aparato adecuado para tocarlos.
El propósito de estas advertencias provenientes de Jesús y del profeta Amós es recordarnos que el Espíritu Santo es un don de Dios. Es una Persona que puede ser contristada; y si se lo entristece, puede apartarse de nosotros para no volver nunca más. Eso es lo que sucedió cuando Jesús, ese último día que pasó en Jerusalén, echó una última mirada al bello templo de los judíos, y luego dijo con profunda tristeza: “Vuestra casa os queda desierta” (S. Mateo 23:38). El Salvador nunca volvió a entrar allí.
En los días finales, justo antes del “tiempo de angustia” que se acerca, una vez más el Espíritu Santo se verá obligado a realizar algo que no le gusta hacer: partir. Pero no tendrá otra alternativa, tal como Jesús no tuvo otra cuando el pueblo gritó: “¡Crucifícalo!” El mundo rechazó a Cristo entonces; y ahora, en estos últimos días estamos acercándonos al momento cuando por última vez y para siempre, el mundo rechazará una vez más a su Santo Espíritu. No es que él quiera irse, sino que habrá sido rechazado.
Ni los fósforos ni las linternas son preparación suficiente para el gran apagón final que sufrirá el mundo. Necesitamos acumular una buena provisión del Espíritu. Esto es lo que la Biblia dice que podemos hacer:
(1) Escuchemos hoy su voz. El libro de los Proverbios es uno de los lugares donde podemos obtener el conocimiento que necesitamos. Allí se usa con frecuencia la palabra “sabiduría”. Es un nombre que designa al Espíritu Santo: “La sabiduría clama en las calles, da su voz en las plazas, clama en los principales lugares de reunión, en las puertas de la ciudad da sus razones. ‘¿Hasta cuándo los simples amarán la simpleza, los burladores se complacerán en burlarse, y los insensatos aborrecerán la ciencia? Si respondéis a mi reprensión, derramaré mi Espíritu sobre vosotros, y os haré saber mis palabras’” (Proverbios 1:20-23).
El uso de palabras como “ciudad”, “calles” y “plazas” comprueba que el Espíritu Santo “clama” hoy tratando de llamar nuestra atención, en las ciudades y grandes rascacielos atestados de pobladores. Mientras viajas en el autobús, o manejas tu automóvil en medio del tránsito, o quizás mientras haces las compras en el supermercado, el Espíritu Santo hace llegar un “clamor” a tus oídos: “¡Este mundo no es tu hogar! ¡Deja de esforzarte por hallar tu felicidad en las cosas materiales! Ruégale a Dios que te salve del egoísmo que abunda por todas partes. Prepárate para el retorno de Jesús, que él ha prometido”.
(2) Estudia la Palabra de Dios, la Biblia. Acabamos de leer la promesa divina según la cual Dios dice: “Os haré saber mis palabras”. Tienes en tus manos la Biblia; digamos que la Palabra de Dios es el disco. Ahora, el Espíritu Santo ha prometido que él nos dará a conocer su mensaje. El Espíritu equivale, entonces, al tocadiscos. Pero la única forma en que podemos “oír” es leyendo y estudiando la Palabra. Antes, eso sí, debemos confesar que necesitamos que él sea nuestro Maestro. Antes de abrir las sagradas páginas de la Biblia, debemos hacer una pausa para orar con sencillez y fervor: “Señor, no sé cómo leer este Libro. Mi mente divaga; se me vienen constantemente al pensamiento imágenes de cosas que he visto en la televisión, o me acuerdo de problemas de mis negocios que me tienen preocupado, o alguna necia melodía comienza a sonar en mis recuerdos. Sé que no aprovecha leer en forma mecánica, aunque pase toda la noche haciéndolo. Te ruego que me salves de mí mismo ahora, al abrir este Libro. ¡Enséñame, Señor! Desfallezco por falta del Pan de Vida, y ni siquiera me doy cuenta de mi necesidad. ¡Sálvame, te ruego, antes que sea demasiado tarde!” Y Dios oirá tu ruego.
(3) Responde a las convicciones que Dios ponga en tu corazón acerca de cuál sea tu deber. La madre de Jesús dijo algo muy sabio en el único y breve sermón que la Biblia registra como proveniente de ella. En la fiesta de bodas celebrada en Caná de Galilea, dio instrucciones a los siervos en cuanto a qué hacer para obtener vino: “Haced todo lo que os diga” (S. Juan 2:5).
Puedes estar seguro, amigo, amiga de La Voz, que el Señor Jesús, a través del Espíritu, quiere prepararte para lo que vendrá sobre este mundo. Él no se propone retirar a su pueblo del mundo antes del tiempo de angustia, sino que se compromete a estar con ellos en la tribulación, para salvarlos. “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Todopoderoso. . . Él te librará del lazo del cazador, de la plaga destructora. Con sus plumas te cubrirá, debajo de sus alas estarás seguro. Escudo y defensa es su verdad. No temerás el espanto nocturno, ni saeta que vuele de día, ni plaga que ande en oscuridad, ni peste que al mediodía destruya” (Salmos 91:16).
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados
Son sus consejos el timón seguro
que dirige la nave de mi vida;
entre sus labios la verdad anida
y en sus palabras se refleja el bien.
Nunca en la lucha perennal se abate
ni arroja su bordón de peregrino,
y cruza siempre el celestial camino
que conduce a las puertas del Edén.
Alma del alma que a tu amparo vive,
faro que alumbra el horizonte obscuro,
hábil piloto que el bajel seguro
conduces en las ondas de la mar.
Tú, en el desierto misterioso oasis,
tu, en la derrota la polar estrella,
astro luciente que la luz destella
en el cielo bendito de mi hogar.
Si alguna vez con torpe desvarío
aumenté de tu pecho la amargura,
si alguna vez en criminal locura
con mis ciegos desmanes te ofendí;
perdona, padre, al que llorando viene
para implorarte perdón de hinojos,
al que besando tus serenos ojos
quiere pedirte perdón así.
–En el hogar (fragmento)
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados
Entra a la sencillez de mi morada
para encender la luz de un fuego nuevo;
déjala de fulgores traspasada
con el limpio claror de tu mirada.
Santifica mi rústica pobreza
reposando, Señor, bajo mi techo;
rompe el pan con tus manos en mi mesa
y en mi hogar pon tu toque de belleza.
Si tú quieres, Señor entrar conmigo,
la mañana entrará por mi ventana;
no te pases de largo, dulce amigo
quiero morar contigo.
Ven, Señor, a mi mesa,
bendice el pan moreno;
y torna mi pobreza
en vaso siempre lleno
de amor y de belleza...
LA VOZ DE LA ESPERANZA
Derechos reservados