La más terrible oscuridad

No hace mucho, las noticias mundiales enfocaron el gran apagón que afectó a Nueva York y buena parte del nordeste norteamericano. Sucedió al atardecer, por lo que millones de empleados y obreros de las grandes ciudades no pudieron llegar a casa esa noche. La región afectada incluía varias de las ciudades más prósperas de Estados Unidos. ¿Cómo podía ocurrir eso en un país tan altamente desarrollado tecnológicamente?
En las horas siguientes al suceso, al no saber la causa del problema, muchos temían que fuera obra de Osama Bin Laden y sus secuaces. Pero no fue el terrorismo. En algún lugar del vasto territorio, y debido a fuertes vientos, una rama de árbol había caído en una línea de alta tensión. El accidente originó en las centrales generadoras de esa amplia zona un efecto semejante al de una fila de fichas de dominó que, al empujar la primera, caen todas una tras otra.
Los millones de habitantes afectados se vieron transportados repentinamente al siglo XVII. Muchos no tenían agua corriente y todos carecían de luz, radios, televisores y computadoras. Aun muchos teléfonos celulares dejaron de funcionar. La más próspera maquinaria económica se halla impotente ante desastres como ése, que podrían suceder en cualquier parte.
Hoy, al mover un interruptor para encender la luz, o si abres una llave del agua, da gracias a Dios por lo que tienes. Si aún disfrutas de una vida relativamente normal, eso te demuestra que todavía el Espíritu de Dios actúa en nuestra sociedad moderna. Hay muchos que lo han rechazado, tal como los antiguos judíos rechazaron a Cristo; pero el rechazo todavía no ha llegado a ser universal.
El profeta Ezequiel describe el tiempo cuando el Espíritu de Dios se alzó del templo de Jerusalén, haciendo una breve pausa, y luego se fue de allí (Ezequiel 10:18). Los reyes y el pueblo de Judá lo habían insultado tantas veces sin arrepentirse que, cuando por fin se apartó de ellos, la situación por la que atravesaba el reino se tornó indescriptiblemente horrorosa (Jeremías 52). El hambre arreció a tal punto que algunas madres devoraron a sus propios hijos (Lamentaciones 2:20).
¿Qué sucede cuando el Espíritu Santo abandona en forma definitiva una nación malvada? La respuesta la podemos ver en la suerte que recayó sobre la nación judía y su capital, en ocasión de la destrucción final de Jerusalén, que tuvo lugar el año 70 de nuestra era. La segunda y definitiva destrucción del admirable templo y de la ciudad misma, fue una tragedia mayor que la suerte que haya sufrido cualquier otra nación en la historia.
Gracias a Dios, el espectacular apagón del año 2003 en Estados Unidos no fue el “gran apagón” que describe la Biblia, el cual se halla todavía en el futuro. Dios tiene Buenas Nuevas para nosotros; por todas partes hay gente sincera que trata de seguir al Señor conforme a su Palabra, guardando sus mandamientos y enseñando a sus hijos a obedecer. Puede ser que el mundo no lo reconozca, pero la verdad es que debe estarle agradecido a este humilde y prácticamente desconocido “remanente”. Por causa de él, Dios no permite que recaiga sobre las naciones malvadas la ruina que han acumulado en su propio camino.
Veamos algunas lecciones que el Espíritu Santo quiere enseñarnos por medio del gran apagón del año 2003.
Lo primero es que, tal como hay una “red” que une estados y ciudades con los cables que conducen la energía eléctrica, y tal como hay computadoras que dirigen el flujo de la energía de una parte a otra, así también Dios tiene una “red” mucho mayor, por cuyo medio el Espíritu Santo llega a cada ser humano.
Aun las personas que no reciben al Espíritu, reciben bendiciones, porque Jesús dijo que cuando se fuera, “yo rogaré al Padre, para que os dé otro Consolador, que esté con vosotros siempre, al Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve, ni lo conoce” (S. Juan 14:16, 17). El Señor añadió esta explicación: “Al irme, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado” (S. Juan 16:7, 8). Este pasaje nos enseña que el don del Espíritu Santo no se concede sólo a los pocos que creen en Jesús; en su obra reprobadora el Espíritu nos habla a todos. Dios nos ama y “desea que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Por eso la “red” de Dios es extensa de modo que todo ser humano reciba esta convicción de la verdad a través del Espíritu Santo.
Cuando Jesús murió, entregó su vida por todo el mundo. Lo que cumplió en la cruz lo hizo en favor de todos. Dice el libro de Hebreos que experimentó “la muerte en beneficio de todos” (Hebreos 2:9). De hecho, el Salvador soportó el castigo final del pecado en beneficio de cada uno de nosotros; pero el problema es que muchos desprecian lo que él les ha dado. Esta es la única razón de que alguien se pierda. No es porque Cristo no haya incluido a esa alma en su sacrificio. El Señor les ha concedido el don a todos, pero no todos lo quieren recibir. Es como la electricidad de la red que suple el área donde vives. Su fuerza fluye día y noche hasta tu hogar. Pero el circuito no estará completo hasta que tú acciones el interruptor para que brille la luz.
En segundo lugar, Jesús es la “red” de todo el mundo, porque dice: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (S. Juan 8:12). En el sentido espiritual, que a fin de cuentas es más importante que nuestra vida física, nunca vas a tener que caminar a casa en tinieblas espirituales, o subir por las escaleras de algún problema tan alto como un rascacielos, sólo porque los “ascensores” que siempre usabas han dejado de funcionar. La luz que Jesús dice que él es, no consiste solo en iluminación, sino también en poder. Dice el apóstol Pablo: “No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). La luz de Cristo provee el poder que da energía a todos los aspectos de nuestra vida.
En tercer lugar, cuando te sientas tentado a dudar si puede realmente ser verdad que el Hijo de Dios es la luz de tu vida y veas tanta perplejidad y tinieblas en tu camino que no estés seguro dónde está la luz, recuerda las palabras del Evangelio: “En él estaba la vida, y esa vida era la luz de los hombres” (S. Juan 1:4). Si te despiertas a las dos de la mañana y está tan oscuro que no puedes ver cómo llegar al baño, quizás te preguntes si volverás o no a ver la luz. Pero si al pasar tu mano por la pared, tus dedos palpan el interruptor y lo accionas, de pronto la luz resplandece a tu alrededor. Siempre estuvo allí, pero tú no habías conectado la energía con la bombilla.
Así Jesús es “la luz de los hombres”, la energía que llega a todo corazón, la luz que alumbra a todo ser humano. Muchos prefieren caminar en la oscuridad, porque aman las tinieblas del pecado. Pero cuando Dios los creó y les dio “vida”, también los preparó de modo que recibieran la “luz de los hombres”. Lo que necesitan es hacer la elección de creer, que es el equivalente a activar el interruptor.
Quizás a las dos de la mañana es tanta la oscuridad, que la luz repentina te ciega, y rápidamente apagas la luz. Pero tu Creador ha diseñado los nervios de tus ojos de modo que las retinas se ajusten rápidamente a la luz. Cuando vuelves a encenderla, ya no te molesta.
¿Qué nos enseña esto? Que cuando se manifiesta en ti el Espíritu Santo, su primera obra es siempre “convencer de pecado”. Ese impulso que te quiere hacer gritar, tirarte al suelo o portarte en forma ridícula es una falsificación. El verdadero Espíritu Santo es el de Aquel que te ama demasiado como para permitir que te sigas destruyendo a ti mismo por tu indulgencia con el pecado. Por eso pone en ti la convicción de que lo que haces es pecado y debes abandonarlo. Pronto te regocijarás en esa luz que te ha revelado el pecado, que no sabías que acechaba en tu corazón. De ahí en adelante, andarás en ella.
Un cuarto punto: El apóstol Juan dice: “La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (S. Juan 1:5). Piensa por un momento, qué es más fuerte: ¿la luz o la oscuridad? En la gran red de Dios, Jesús es la luz del mundo. Entonces, puedes tener la seguridad de que la luz es siempre más fuerte que las tinieblas. ¿Lo dudas? Entra a medianoche en algún lugar a oscuras; ¡no puedes ver nada! Toma un fósforo y enciende una pequeña vela. Verás entonces cómo huye la oscuridad.
Quién es más fuerte, ¿Cristo o Satanás? Pregunta importante. Y la respuesta es también de suma importancia. Tu salvación eterna depende de que respondas en la forma correcta.
Qué es más fuerte, ¿el amor o el odio? Aquí también tu felicidad eterna depende de TU PROPIA respuesta. No es tarea mía responder en tu lugar.
Qué es más fuerte, ¿la verdad o el error? Para responder esta pregunta, debes ejercitar tu mente. Las Buenas Nuevas son que “conoceréis la verdad, y la verdad os libertará” (S. Juan 8:32). Sabrás la respuesta a cualquier pregunta que tengas acerca del santo día de reposo. ¿Es el verdadero día del Señor aquel que viene del paganismo, y que millones guardan ciegamente, o es el verdadero día de reposo el que Jesús guardó, al cual llamó “mi día santo”? (Isaías 58:13).
Quizás te hayas preguntado, ¿qué pasa en la muerte? Millones creen que uno nunca muere, sino que va al cielo, al purgatorio o al infierno. ¿Qué dice la Biblia? “Conoceréis la verdad, y la verdad os libertará”. También dice la Biblia que la muerte es un sueño, el cual se terminará en la resurrección de los muertos. La verdad siempre vence al error.
Finalmente, debemos agradecer a Dios por la promesa que registra S. Juan 1:5, según la cual “la luz resplandece en las tinieblas”. Día y noche, 24 horas al día, 7 días por semana, la luz de la vida en Cristo brilla en este oscuro mundo. Da gracias a Dios, personalmente, por esa luz que brilla sobre ti. Quizás no le has hecho caso, o no la has apreciado. Dale gracias ahora por su perdón.
Amigo, amiga de La Voz, que estas palabras reflejen tu elección: “Señor, gracias por brillar en mi corazón; gracias por este mensaje que ha tocado mi corazón; gracias porque no me pasaste por alto, sino que me enviaste tu Santo Espíritu para que señalara el pecado que hay en mi corazón y que yo no sabía que estaba allí. ¡Gracias por salvar mi alma!

LA VOZ DE LA ESPERANZA
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Son sus consejos el timón seguro
que dirige la nave de mi vida;
entre sus labios la verdad anida
y en sus palabras se refleja el bien.
Nunca en la lucha perennal se abate
ni arroja su bordón de peregrino,
y cruza siempre el celestial camino
que conduce a las puertas del Edén.

Alma del alma que a tu amparo vive,
faro que alumbra el horizonte obscuro,
hábil piloto que el bajel seguro
conduces en las ondas de la mar.
Tú, en el desierto misterioso oasis,
tu, en la derrota la polar estrella,
astro luciente que la luz destella
en el cielo bendito de mi hogar.

Si alguna vez con torpe desvarío
aumenté de tu pecho la amargura,
si alguna vez en criminal locura
con mis ciegos desmanes te ofendí;
perdona, padre, al que llorando viene
para implorarte perdón de hinojos,
al que besando tus serenos ojos
quiere pedirte perdón así.

–En el hogar (fragmento)

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Entra a la sencillez de mi morada
para encender la luz de un fuego nuevo;
déjala de fulgores traspasada
con el limpio claror de tu mirada.

Santifica mi rústica pobreza
reposando, Señor, bajo mi techo;
rompe el pan con tus manos en mi mesa
y en mi hogar pon tu toque de belleza.

Si tú quieres, Señor entrar conmigo,
la mañana entrará por mi ventana;
no te pases de largo, dulce amigo
quiero morar contigo.

Ven, Señor, a mi mesa,
bendice el pan moreno;
y torna mi pobreza
en vaso siempre lleno
de amor y de belleza...

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