El precio de la honradez

Hay ciertas palabras y expresiones que se pueden leer cien, mil veces, y siempre parecen nuevas y frescas como el agua de un manantial.
Eso es precisamente lo que ocurre con las que encontramos en el libro La educación, que en alguna ocasión anterior hemos citado. Se vuelve a ellas como quien vuelve a un lugar conocido, para descubrirle de pronto nuevos aspectos y relieves. El párrafo al que nos referimos dice así:
“La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se venden ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos” (pág. 54).
Amigo, amiga de La Voz, en medio de la tremenda decadencia moral que se sufre hoy en el mundo, en medio de los problemas, de las tentaciones y del pecado a que nos vemos sujetos constantemente, hacen falta hombres y mujeres que no teman pagar el precio de la honradez. Hoy parecen haberse olvidado por completo los principios cristianos. La Ley de Dios es como letra muerta. De hecho, para muchos lo es porque no le prestan la menor atención. Si hasta a los que se dicen creyentes y cristianos se les pidiera que repitieran los Diez Mandamientos del Decálogo divino, pocos, muy pocos serían capaces de hacerlo.
Con ideas tan borrosas de los principios de la Ley de Dios, se entiende que cada ser humano establezca su propia norma, su propia ley. Se entiende que cada uno trate de medir la mercancía humana con una medida que pocas veces es justa, y que se estira y se acorta, según convenga.
De esa forma, la vida se nos convierte en un mercado en el que cada uno trata de sacar ventaja de los demás. Y en ese mercado no faltan quienes afirman que todo hombre se vende, que todo ser humano puede comprarse, que, después de todo, es cuestión de precio. Quizás haya mucho de cinismo en esta afirmación, pero al mismo tiempo no puede negarse también que hay en ella mucho de verdad.
¡Cuántos hombres hay como aquel a quien se le ofrecía dinero por pasar contrabando de un país a otro!
–Le daré tanto –dijo el estaba solicitando los servicios.
–No –respondió el hombre–, de ninguna manera lo haré.
–Bien –dijo el otro–, aumentemos la cantidad. ¿Qué le parece el doble de lo que acabo de ofrecerle?
–No lo haré.
El tentador siguió aumentando la cantidad hasta que por fin, cuando le ofrecía una suma verdaderamente considerable, el otro exclamó:
–¡Basta! ¡Basta, por favor! ¡No siga! Se está usted acercando a mi precio.
En el ambiente en que todos nos movemos, cuesta ser honrados. Para serlo hay que pagar el precio. Debemos estar dispuestos a realizar cualquier sacrificio con tal de mantener intacta nuestra honestidad y nuestra conciencia.
Decía Luis Franco: “Tener carácter –es decir, saberse insobornable para la verdad y la libertad, varonía inmaculada–, es un lujo bastante más valioso que el tener talento, dinero o elegancia”.
Algunos tienen una idea muy vaga de lo que es la honradez. ¡Cuántos hay que sostienen y apoyan a hombres en los que no creen! Pero lo hacen por las ventajas que eso les proporciona. Sacrifican la conciencia en el altar de la conveniencia.
Son los que para crecer recurren a la moral turbia. Son los que cuando no pueden entrar a codazos tratan de hacerlo mediante lisonjas. Son los que buscan panes y peces, como aquel hombre que fue un día a Jesús para averiguar si eran muchos los que creían en su doctrina. Si eran muchos, era señal de que el movimiento de Cristo iba a triunfar arrolladoramente; entonces él quería estar con ellos, para lo cual se haría cristiano. Pero sin esa seguridad, se quedaría como estaba.
La honradez debe llevarnos a vivir de acuerdo con los elevados principios de la verdad aun cuando el hacerlo signifique desventajas materiales, pérdida de comodidad o de posición. Pero la conciencia, en cambio, mantendrá toda su integridad.
Hoy, el ser humano no se atreve a llamar al pecado por el nombre que le corresponde. En lugar de eliminarlo, lo adorna, lo disimula, le da otro nombre, o simplemente pretende que
no existe. La conciencia vive como aletargada a causa de la cantidad de tranquilizantes que se le administran.
Reconozcamos lealmente que no es fácil ser honrados. ¡Hay por doquier tanta falta de probidad!
El enfrentamiento entre los seres humanos hoy no se hace a base de confianza propia, de integridad y de honradez. En el terreno del espíritu y del carácter circula mucha moneda falsa. Por ejemplo, parecería como si de nuevo hubiésemos llegado al antiguo concepto según el cual el robo no es robo a menos que se descubra. Hoy no se es deshonesto a menos que uno quede en evidencia. Y luego siempre hay maneras de darle a lo malo una apariencia de bien. La corriente actual en ese sentido es tan arrolladora, que no respeta siquiera a un alto porcentaje de creyentes que pueden ser honrados hasta cierto punto en la iglesia, pero que fuera de ella son exactamente iguales a los no religiosos.
Y subrayemos que la falta de honradez no se revela solamente en lo material. También se falta a la honradez cuando se piensa mal de los demás o cuando se dicen cosas que están en desacuerdo con la realidad.
Hay falta de honradez en el hecho de no pensar positivamente en los que nos rodean. Hay falta de honradez cuando se simula una verdad que no se posee, cuando disimulamos nuestra indiferencia detrás de un aparente interés o de una fingida solicitud. Hay falta de honradez cuando se recorta la unidad moral que se usa para medir el carácter de los demás.
Amigo lector, seamos honrados para con nosotros mismos. Tal vez nos hemos formado una falsa imagen de nuestra personalidad. Vale más que nos veamos como de verdad somos. Vale más que nos veamos desde el punto de vista de Dios y de la eternidad.
Se ha dicho que el hombre tiene tres personalidades. Una se basa en lo que él cree ser. La otra, en lo que los demás creen que es. Y la tercera, en lo que de verdad es. Veamos a nosotros mismos realmente cómo somos.
Hay personas a quienes la honradez no les sale de adentro. Viven dentro de ciertos límites aceptados por la sociedad y por las leyes humanas, pero se mantienen dentro de esos límites por las exigencias del ambiente, por el temor al qué dirán, o por miedo a la justicia.
Aunque sacrifiquemos cualquier ventaja material, cualquier honor, aunque se nos juzgue mal, mantengamos nuestra probidad y cumplamos honradamente nuestras obligaciones para con Dios, para con nuestros semejantes y para con nosotros mismos. Sólo el Todopoderoso puede ayudarnos a ser verdaderamente honrados. Por eso debemos estar cerca de él. Debemos respetar sus leyes, que son la norma de la honradez, y debemos mantenernos unidos a él por medio de la oración. Si lo hacemos seremos leales al deber como la brújula al polo. Y estaremos de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.
Cineas fue un célebre orador y ministro de Pirro. Este afirmaba que la elocuencia de Cineas le había conquistado más ciudades que sus mismos ejércitos. Cierta vez Pirro le encargó a Cineas que sobornara al senador Fabricio. Cineas volvió diciendo:
–Majestad, es más fácil desviar de su órbita al sol, que hacer dar a Fabricio un solo paso fuera del camino del honor.
Amigo, amiga de La Voz, seamos íntegros y honrados. ¿Cómo llegar a eso?
San Pablo nos dice: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8).
Quien quiera ser honrado, piense en cosas honradas. Si el pensamiento se desvía hacia lo que no es honesto, las obras, inevitablemente, serán deshonestas. Pensemos en lo justo, en lo bueno, en lo verdadero, en fin, en todo aquello que ennoblezca el carácter y fortalezca la honradez, y seremos honrados para honor y gloria de Dios, y para felicidad y salvación nuestra.
Si al observarnos reconocemos que en algunas ocasiones nos hemos desviado del camino de la rectitud, digámosle al Señor con las palabras de Gonzalo Baéz Camargo:

Voy a seguir tus huellas,
Jesús, definitivamente.
Sólo beberé el agua de tu fuente,
sólo amaré el fulgor de tus estrellas
y hacia tu paz afirmaré la frente.

¡Cuán pavorosa la ventura
de mi triste desvío!
Mis flores eran cardos, la amargura
de las aguas de Mara mi dulzura,
mi luz la sombra y mi calor el frío. . .

Mas torno a ti, Jesús, hermano mío,
y hoy sí tendrá mi ruta nuevamente
olor de nardos y brillar de estrellas,
porque definitivamente
voy a seguir tus huellas.

–Retorno

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Son sus consejos el timón seguro
que dirige la nave de mi vida;
entre sus labios la verdad anida
y en sus palabras se refleja el bien.
Nunca en la lucha perennal se abate
ni arroja su bordón de peregrino,
y cruza siempre el celestial camino
que conduce a las puertas del Edén.

Alma del alma que a tu amparo vive,
faro que alumbra el horizonte obscuro,
hábil piloto que el bajel seguro
conduces en las ondas de la mar.
Tú, en el desierto misterioso oasis,
tu, en la derrota la polar estrella,
astro luciente que la luz destella
en el cielo bendito de mi hogar.

Si alguna vez con torpe desvarío
aumenté de tu pecho la amargura,
si alguna vez en criminal locura
con mis ciegos desmanes te ofendí;
perdona, padre, al que llorando viene
para implorarte perdón de hinojos,
al que besando tus serenos ojos
quiere pedirte perdón así.

–En el hogar (fragmento)

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Entra a la sencillez de mi morada
para encender la luz de un fuego nuevo;
déjala de fulgores traspasada
con el limpio claror de tu mirada.

Santifica mi rústica pobreza
reposando, Señor, bajo mi techo;
rompe el pan con tus manos en mi mesa
y en mi hogar pon tu toque de belleza.

Si tú quieres, Señor entrar conmigo,
la mañana entrará por mi ventana;
no te pases de largo, dulce amigo
quiero morar contigo.

Ven, Señor, a mi mesa,
bendice el pan moreno;
y torna mi pobreza
en vaso siempre lleno
de amor y de belleza...

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