PARA QUE OIGA. . . COMO LOS SABIOSCorreo electrónico | Imprimir |

Fecha: Feb 22, 2012   Anterior | Siguiente
Por Frank González

Jehová el Señor. . . despertará mi oído para que oiga como los sabios (Isaías 50:4). 

      Para la mayoría de nosotros poder oír es algo normal, natural.  Pocas veces, y quizá ninguna, se nos ocurriría preguntarnos cómo se produce este milagro en nuestro cuerpo. ¿Cómo afecta la mente? ¿Cómo influye en el resto del organismo? ¿Qué importancia tiene, no sólo la intensidad del sonido, sino la de la intención que lo provoca?

      Hace años que Octavio Jelambi –científico venezolano– realizaba investigaciones para determinar la intensidad del ruido de Caracas y comprobó que los empleados de las discotecas normalmente soportaban estridencias de hasta 110 decibeles, lo cual es considerado como muy alto.  “El ruido es físicamente doloroso a los 120 decibeles, y se vuelve insoportable a los 140", afirmó.  El sistema de nuestro organismo es como una red telefónica constantemente en uso.  Percibe y transmite al cerebro todo cuanto acontece alrededor, y a su vez capta y comunica las órdenes que el cerebro da como respuesta a aquellos estímulos.  Es tan compleja y completa esta red transmisora, está tan ligada entre sí, que cuando una de sus partes es dañada, las demás también lo sienten.  Según Jelambi, los estudios demuestran que el ruido no sólo lesiona el centro auditivo del organismo, sino que ataca el sistema nervioso y causa disturbios en la digestión, en la respiración, y en el sistema circulatorio.

      Hay también otros sonidos que, aunque no lleguen a ser estridentes, tienen sobre nosotros igual o peor efecto que el descrito.  Nos referimos a los que produce la voz queda, solapada y murmuradora del que pasa de oído en oído el sonido extraño del chisme, de la calumnia, de la broma obscena, o del comentario mal intencionado que hunde y que destruye.

      La Escritura declara específicamente que entrará en el reino de los cielos el que haya aprendido a controlar lo que oye.  Dice que “habitaráen las alturas. . . el que tapa sus oídos para no oír propuestas sanguinarias” (Isaías 33:15,16).  Y esto no sólo incluye el cerrarse a la insinuación al crimen, sino también el oponerse decididamente a aceptar cualquier comentario que de alguna manera lastime a un ser humano.

      Consideremos, pues, cuál será nuestra actitud.  Si aun nuestros oídos consagramos a Dios, él cuidará de ellos, porque lo que dijo el profeta vale también para cada uno de nosotros: “Jehová el Señor. . . despertará mi oído para que oiga como los sabios” (Isaías 50:4).