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Amable colaborador:
El ejemplo ya está dado.
Sin que lo mereciéramos, el Todopoderoso nos perdonó todas nuestras faltas, todas nuestras debilidades, y las perdonó amplia y completamente. Jesucristo, a su vez, cuando pendía ya en la cruz en la cual murió por salvarnos, no se tornó iracundo contra aquellos que lo crucificaban y se mofaban de él; no les dijo: "Reíd ahora, burláos de mí, malvados. Llegará el momento en que seré yo quien ría cuando haga caer sobre vosotros toda la fuerza de mi justicia y de mi poder". No, Jesús no les dijo semejante cosa, no sintió hacia ellos rencor, ni odio alguno. Lo que experimentó fue una profunda misericordia hasta el punto de exclamar: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (S. Lucas 23:34).
En el cuarto capítulo del Evangelio según San Mateo, se relata que Jesús fue sometido por Lucifer a tres tentaciones. Pero alguien ha imaginado una cuarta tentación con la cual, según él, el diablo provocó a Jesús cuando ya estaba en la cruz del Calvario, con palabras como éstas: "¿Por qué haces este sacrificio? ¡No vale la pena! Tú sabes que no lo merecen. Te han negado, se han apartado de ti, han actuado de manera contraria a tus enseñanzas, y lo que han hecho no admite perdón entre los hombres. Y, aún si los perdonaras, volverían a hacer lo mismo. Lo cierto es que si estuvieran en tu lugar, ellos no te perdonarían a ti. Van a pensar que eres débil, que eres pusilánime".
Es de esperar que el enemigo empeñara todo el caudal de su poder en esta cuarta tentación conque procuraba vetar la eficacia y el poder perdonador que emana de las entrañas amorosas del Cristo crucificado. Pero no, no hubo dudas ni titubeos en el Mesías. Por eso en el Evangelio según San Juan, se nos dice que amó a los suyos "hasta el fin". Y los amó a pesar de cómo eran y de cómo actuaban y de que estaban clavándolo en la cruz.
Y eso es lo que también debemos hacer nosotros: aprender a perdonar a aquellos que nos rodean. Si lo hiciéramos, ganaríamos la tranquilidad y ganaría nuestra salud.
Perdonemos y seremos felices, viviremos más tranquilos y hasta disfrutaremos de mejor salud (los rencores y recriminaciones vienen a parar al corazón del cerebro, el hipotálamo, el mismísimo centro que controla nuestros órganos internos). Recordemos el proverbio árabe que afirma que "el perdón es la flor más selecta de la victoria". Por oportunos, mencionemos los versos de Amado Nervo, que dicen:
¡Si una espina me hiere, me aparto de la
espina... pero no la aborrezco!
Cuando la mezquindad envidiosa en mí clava
los dardos de una inquina
esquívase en silencio mi planta, y se encamina
hacia más puro ambiente de amor y caridad.
¡Rencores! ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores!
Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.
Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores
y no prodiga savias en pinchos punzadores:
si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,
se llevará las rosas de más sutil esencia,
y si notara en ellas algún rojo vivaz,
¡será el de aquella sangre que su malevolencia
de ayer vertió al herirme con encono y violencia
y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!
-"Si una espina me hiere"
Me despido, pero no sin antes expresar gratitud anticipada por sus oraciones y ofrendas que permiten a La Voz de la Esperanza llevar las Buenas Nuevas del anchísimo perdón de Cristo a lo largo y lo ancho del planeta.
Con todo mi afecto en Jesús,
Frank González
Director y Orador



